El Despertar del Lobo Capítulo 31
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Capítulo 31

—Esto es ridículo.

—No me parece.

—¡Claro que sí! —Zafira le exclamó airada a Erik, mientras los guardias ajustaban la puerta derribada al marco dañado. No la repararon, sino que «taparon» el «hueco» de la celda como si dichos confinados fuesen parte de un juego impuesto por el Soberano.

Ni siquiera los trasladaron a otra celda más segura para que los dos jóvenes no escaparan. Los dejaron allí, con su «discusión de enamorados», hasta que el tedio les ganara.

Erik abrió un ojo y lo enfocó hacia Zafira, sentada ella en la pared lateral al catre donde este se hallaba acostado a sus anchas como si estuviese pasando unas merecidas vacaciones, y sonrió por lo que observaba.

—¿Por qué tan inquieta? —Zafira movía un pie de manera compulsiva, y su vista fija en el inodoro—. Si tienes ganas: ve y hazlo.

—No voy a orinar delante tuyo —su vejiga a punto de reventar. Ni un muro bajo contaban para dividir ambientes.

—Entonces, hazlo en tu dormitorio. Allá tienes todas las comodidades.

Un «¡buf!», bastante indignado, la asistente resopló.

—Me impusieron un castigo, ¿te lo recuerdo? —graznó, contrariada—. De aquí salgo hasta que el senescal o tu señor padre me lo ordene.

—Yo te lo ordeno.

Por estar haciéndose el dormido, Erik no se percató de que Zafira le puso los ojos en blanco por las estupideces que decía.

—Perdona, pero no eres mi alfa ni mi rey. Debo permanecer los meses que ellos consideraron hasta que…

—Te despidan.

Hubo silencio por parte de Zafira. ¿Qué más vendría con ese dictamen penoso? ¿Latigazos? ¿Expulsión? Su historial laboral quedó manchado para siempre.

Erik giró el rostro hacia ella.

—Te garantizo que no permitiré que te corran por mi culpa —reafirmó sus palabras—, porque, si lo hacen, me marcho contigo.

Rio con desgana.

Qué es divertido…

—Eso sí que sería un castigo…

La miró enojado.

—Claro, porque tú eres fácil de tratar, ¿no? —Le repateaba que Zafira lo subestimara—. Eres tan gruñona que ni las ratas se acercan a la celda. ¿Qué te tiene tan amargada? Estás así desde mucho antes de partir a Alaska. ¿Es algún novio que te fue infiel?

—Idiota.

Él entrecerró los ojos, y de inmediato se sentó a un costado del catre.

—Por cierto, nunca te he conocido uno…

—Como si tuviésemos mucho tiempo conociéndonos. ¿Cuánto sería eso: cinco años desde tu nacimiento?

—¿Y sí tienes? —Ignoró la pregunta sarcástica y se enfocó en la suya, con la curiosidad aguijoneándole.

—Qué te importa.

—O sea que no tienes.

—¿Y…? ¿Es malo que no tenga macho que me truene el…? No, no tengo.

—¿Por qué?

—Porque no —trataba de zanjar la incómoda conversación—.

¿Para qué coños te importa mi vida personal?

¿Acaso te pregunto por la tuya? A ver… ¿Por qué no tienes novia?

, hay muchas que te hacen «ojitos» cuando te ven pasar.

—La molestia de Erik era evidente—. ¿Ves que es desagradable fisgonear en la vida de los demás?

—le devolvió la bofetada—. Yo no pregunto. Tú no preguntas.

La expresión de Erik fue de, «qué genio el tuyo».

Volvió a recostarse en el catre, de cara a la pared, y con la frustración bullendo en su ser. Él ansiaba ennoviarse con Anna, la deseaba, soñaba con hacerle el amor cada noche, besarla, pasear juntos por el valle y escalar las rocosas, sin ninguna ropa de por medio.

—Por la forma grosera en cómo me respondiste, asumo que te montaron los cuernos. —Escuchó un bajo gruñido a su espalda. Se volvió y la retó con la mirada—. ¿Me quieres golpear porque dije la verdad? —Rio entre dientes.

—¡Lárgate, ya no te soporto! —Y tenía unas severas ganas de orinar.

El trasero lo tenía adolorido de tanto estar sentada en el suelo, tratando de no pensar en descargar su vejiga. ¡La tenía muy llena!

—Me largo, pero contigo.

Ella estaba considerando seriamente en propinarle un par de puñetazos por estar minándole la tranquilidad que le ha costado mantener allí encerrada.

—¿Qué temes, Erik? —le inquirió mientras lo atravesaba con la mirada como si con esa acción fuese capaz de lastimarlo—. ¿Qué me violen los guardias o que tu padre ordene algo peor?

—Ni lo uno ni lo otro —sus ojos fijos en ella, no había vuelto a darle la espalda, porque intuía le iba a partir la frente contra la pared donde él se había acomodado de costado—.

«El que toque a una hembra en contra de su voluntad será ejecutado» —citó una de las leyes proclamadas del nuevo reino Brankovic—.

Y papá no es un sádico, es justo con sus reos —le hizo ver—.

Eres asesina: recibes el mismo trato. Eres ladrón: te cortan las manos.

Eres violador: te cortan los huevos y la cabeza.

Pero si eres desobediente, te encierran una buena temporada.

¿Cuánto crees que podrás soportar estar aquí?

¡Ni un día! Zafira ya estaba harta.

—Los seis meses que me impusieron por idiota.

—No lo eres, Zafira. Arriesgaste tu vida por mí. Ninguno de mis amigos me siguió, ellos temieron a la reacción de su rey. Eres una hembra valiente y firme. Estoy en deuda contigo.

—No me comporté tan «valiente» ni tan «firme» en aquella celda. —Erik tuvo que sermonearla para que se calmara—. Estaba muerta de miedo.

—¿Te cuento un secreto? —Erik se sentó en el acto, su torso alineado en dirección hacia su compañera de celda—.

También lo estuve. Temí por todos nosotros, y lamento haberte metido en problemas.

Zafira… —Ahí se levantó del catre y se acercó para sentarse a su lado—, ni mi propio padre hizo lo que tú hiciste por mí. Gracias, mi querida amiga.

La otra hizo un gesto de, «ay, qué flojera, no te pongas cursi».

—Solo te acompañé.

—Fuiste mi apoyo.

—Me acobardé.

—Te estresaste.

—Te quería golpear —por enamorarse de la otra y no de ella.

—Me lo merecía.

No hubo más contradicciones del uno al otro. Erik y Zafira comprendían que lo de Nueva York demostró que su amistad podría resistir un poco más; la prueba de fuego fue superada, y lo que estaban pasando en ese instante era para confirmar dicho lazo afectivo.

Ante el silencio, las miradas se mantuvieron entre los dos. Erik sentía una atracción inexplicable hacia su amiga; tal vez sea porque ella era genuina y despertaba admiración, era de las que daban una trompada al que le sacara de las casillas, y un abrazo tierno a un cachorro desconocido.

¿Por qué me mira tanto?, Zafira quiso preguntarle, pero fue incapaz de hablar para no romper el hechizo. Era la segunda vez… O ¿cuántas veces esto se ha repetido? Erik tendía a perderse en su mirada, o era Zafira, y este solo se limitaba a soportar a que ella se alejara primero de él.

—Estoy que me orino… —logró expresar, aunque le hubiese encantado que fuese un «muero por besarte». No quería confundir el momento como la vez en el estudio de ballet, donde ella creyó, él la iba a besar, y resultó que solo se acercó a apagar el estéreo que estaba a sus pies.

Erik parpadeó como si lo hubiesen librado de una hipnosis momentánea.

Medio sonrió y se levantó, señalando de manera elegante hacia el inodoro.

—Prometo que no veré. —Se giró a la pared del cabecero del catre, y permaneció así, de brazos cruzados.

La urgente necesidad fisiológica de la muchacha, la obligó a sentarse en el maloliente trono de porcelana blanca manchada por anteriores residuos. La descarga de su vejiga la hizo estremecer tan bien que ella gimió aliviada.

Erik sonrió mientras le daba la espalda. Escuchando cada gota derramada en la taza.

No pretendió que esa fuese su intención, pero de repente la imaginó con los calzones abajo y su expresión sonriente.

El agua del tanque no corrió.

Más orines amacerados.

Más pestilencia.

—Ay, carajo…

—Es una celda, no una suite de lujo.

—No es por la falta de agua. Es…

—¿Qué sucede? —Erik esperaba a que ella le indicara que podía voltearse.

—Nada, es solo que… ¡Argh! Aquí no hay ni papel higiénico...

Él rio.

—La solución es rápida.

La camiseta fue removida del torso del muchacho, y, sin ver, se la alargó a Zafira que seguía sentada en el inodoro.

—¡No puedo, Erik! —Las mejillas le ardían por la incómoda escena entre los dos.

—Anda, límpiate… —la sacudía para que la recibiera.

—Huich, qué vergonzoso... —Sin otra alternativa tuvo que aceptar la prenda. —Tardó unos segundos de limpieza efectiva—. Ya puedes mirar.

Erik se volvió y la observó ahora sentada a los pies del catre.

La camiseta enrollada en una esquina de la celda.

—Te la entrego lavada antes de que me marche. Gracias.

La manera en cómo Zafira aceptaba fácil su destino, a él le desagradó, porque no hacía nada para luchar por su permanencia en la villa.

—Tengo hambre —cambió lo que iba a decir, para evitar una nueva discusión—. ¡Eh! —En una exhalación se acercó a la puerta y la deslizó un poco a un lado. Zafira se tensó. Los guardias se prepararon para otro enfrentamiento—. Tenemos hambre. ¿A qué hora van a traer la cena?

*****

—Esto es insoportable… —Zafira tamborileaba sus dedos en la pierna convulsa que resonaba a su vez en las baldosas, donde, desde hacía horas ella se hallaba sentada, con el desespero del encierro y el tiempo corriendo lento.

Las ganas por aporrear la puerta, para que la dejaran salir, se la hubiera adjudicado al hambre, pero los guardias obedecieron a la orden de Erik.

Dos bandejas cargadas de pollo horneado calmaron el apetito y los mantuvieron callados hasta que ni los huesos dejaron.

Lo que Erik pedía, se lo traían: agua embotellada que estuviese helada, valdes de agua para bajar los orines amacerados y los futuros por descargar en el inodoro; ambientador en spray con aroma a rosas para mitigar los malos olores en la celda; papel higiénico, un par de almohadas, una frazada para Zafira y un ventilador de batería recargable para espantar los mosquitos que no perdonaban.

Pero el condenado no pidió otra camiseta para cubrirse el torso.