Capítulo 30
—No me «hablaste» —le reprochó, ella, entristecida—; si estuviste en alguna parte, todo este tiempo, pudiste…
—Lo intenté, pero no pude.
—Debe ser por la distancia, atrapado en aquella isla… —Él asintió, creyendo también se debió a eso.
«Mi amor, cuánto te he extrañado. Tus besos, tu cuerpo…».
Anna se apurruñó en el pecho de Jevrem, y sintió cada costilla y hueso bajo esas finas capas de piel descolorida.
Fue como abrazar a otra persona, del cual ha estado enferma durante mucho tiempo.
Sus brazos eran palillos que a ella la envolvían, no había músculo que le diera esa forma masculina que causa estragos en las entrañas de cualquier hembra que lo deseaba; todo en él se había suavizado, como el de un lobato de poco apetito; incluso, su temperatura corporal era fría.
No obstante, Anna era feliz abrazándolo.
—Aún me parece mentira que estés aquí, es como un sueño del que me hará llorar si despierto —comentó desde lo más profundo de su corazón; más de una vez soñaba que él regresaba, y, cuando pretendía abrazarlo, se esfumaba.
Jevrem se removió en la cama.
«Quiero hacerte el amor toda la noche o hasta que caigamos agotados».
—Camila me expresaba que, las almas de los difuntos buscan el modo de comunicarse con los seres vivos —agregó ella—, y que los sueños son ese puente que une los dos planos existentes: el de los vivos y el de los muertos.
«Quiero lamerte la vagina».
Anna medio sonrió.
—No había forma de comunicarme contigo, porque estás vivo. ¿Qué sucede? —Se preocupó por la tristeza que se reflejó en los ojos negros de Jevrem.
—El lazo telepático está roto entre los dos —dijo—. He tratado de comunicarme, pero no me «escuchas».
¡Oh, qué mal! Eso sí que lamentó Anna, pues fue algo mágico que hubo entre los dos. Pero prefería comunicarse normal a jamás volver a hablar con él.
—¿Lo hiciste ahora? —Levantó la mirada, para observarlo, y él asintió—. Bueno, es porque estás agotado —trató de no darle importancia, tal vez se debía a que necesitaba desconectarse de todos—. No te esfuerces, ya tendremos nuestra «conversación». ¿Deseas acostarte? —Cabeceó—. ¿Has comido?
—Aún no. —Se saboreó, con una mirada intensa que erizó a Anna.
—Le diré a Nashua que…
La mano del joven, la sujetó del brazo, para evitar que se marchara de la habitación.
—No es la carne de búfalo ni la de ningún animal, la que me apetece, sino la jugosa carnosidad de una hembra hermosa.
—La jaló, dejando que su preciosa novia se montara sobre él.
Jevrem frunció leve las cejas en lo que Anna interpretó como si tuviese alguna dolencia—.
Eres todo lo que necesito para satisfacerme. ¿Me complacerás?
—Haré lo que desees…
—Siéntate en mi cara. —Ella arqueó las cejas. Vaya pedido le acaba de hacer.
Jevrem se recostó sobre su almohada, con el alivio de no tener que soportar el peso de Anna sobre sus rodillas, cuando esta se levantó de la cama. Esperó a que su hada se desvistiera, algo apabullada de lo que pronto le harían.
No fue capaz de contonearse sensual mientras se bajaba el pantalón ni mirarlo como si ella fuese una trabajadora sexual; en cierta forma había fantaseado el encuentro más romántico, besándose delicados y acariciándose con devoción. No cabalgar la boca de su amante.
Jevrem deslizó la almohada unos centímetros, más separado del cabecero de la cama, y luego se acomodó. Animó a Anna a que se acercara, y, ella, ruborizada, echó un vistazo a los ventanales del dormitorio.
—Nadie verá.
—Pero oirán…
—Entonces, tendrás que contener tus gemidos.
—¿Y los tuyos?
—Estaré ocupado «comiendo». —Y su sonrisa fue malévola.
Anna, rio, sintiéndose más relajada; ni que fuese la primera vez en la que estaría con él. Aunque sí desde que Édgar la secuestró.
Sus senos erectos y sus vellos púbicos a la vista del macho.
Jevrem la contemplaba como un escultor que admira su obra de arte. Anna era suya; lo que concibiera con ella, le traería dicha, convirtiendo el hogar que formarían juntos en el paraíso.
En una pose, por demás, candente, el centro más íntimo de la joven loba se acomodó sobre la boca de su amante.
La lengua de Jevrem se abrió paso entre los labios vaginales, tocando con la punta carnosa que hizo estremecer a Anna.
Ella gimió, su cabeza echada hacia atrás y sus manos sosteniéndose del cabecero de la cama, mientras las manos de Jevrem masajeaban suave sus nalgas.
Al músculo bucal masculino le faltaba poco para introducirse más en las profundidades de su amada, recorría el interior de la vagina y lo hacía con una delicadeza que descontrolaría el pudor de la más recatada de las hembras.
Anna gemía en voz alta, por completo entregada al disfrute; por Licaón, lo que le hacía…
Estaba por sufrir un colapso sobre el rostro de Jevrem.
Tan solo hacía unos minutos ella se preocupó de que le reprochara, del que, por su culpa, él casi fue comida para tiburones.
No obstante, que rico se lo pasaba… Sus labios entreabiertos apenas consumían oxígeno, porque su respiración acelerada le complicaba el flujo normal por la nariz.
Jevrem gruñía bajo ella, acalorándola mucho más de lo que Anna se hallaba; qué buena forma de humedecerla para luego recibir su miembro. Jevrem no tenía problemas para respirar; la capacidad de aguante de sus pulmones era admirable, la lamía sin afanes, hambriento de su hada.
El calor bullía en sus entrañas, queriendo que la penetración fuese ruda; se quemaba por dentro, desesperada por desbordar su pasión; la punta de la lengua de Jevrem comenzó a golpearla como si fuese un taladro que rompía las paredes internas de su vientre.
Él lo sabía, la saboreaba y la sentía estremecerse sobre su boca.
En un rápido movimiento, la tumbó a su lado para complacer el deseo por el coito que ambos apremiaban, y la arropó de inmediato, cuidando él de que ella lo viese desnudo.
Bajo la frazada, le abrió las piernas, y se hizo entre estas a la vez en que contenía el dolor en su rodilla derecha.
Trató de ignorarlo y redirigió el peso de su frágil cuerpo sobre la izquierda; por esa maldita herida que tardaba en sanar no lo iba a limitar de follar.
Una mano lo ayudaba a sostenerse sobre el colchón, la otra acomodando su pene entre los labios vaginales de Anna.
Empujó. Empujó. Empujó. Tosco y hambriento por poseerla.
Anna jadeó apabullada por esa brusquedad de macho cazador.
La atrapó y enseguida la sometió a sus deseos carnales.
La cama era todo ruidos: las patas que la sostenían rechinaban en el piso de madera y el cabecero daba de porrazos contra la pared que la limitaba.
Jevrem la embestía; no la miraba, su cara enterrada en su cuello mientras su pelvis se afanaba por alcanzar su clímax.
Gruñó a su oído y sus garras se aferraron en las sábanas. Todo iba tan bien encaminado hacia el orgasmo, que, de forma imprevista, se detuvo.
Salió de ella y se echó a su costado, como si se hubiese dado por vencido tras una dura batalla.
Anna abrió los ojos.
Ladeó la cabeza hacia él.
—Lo siento, estoy… estoy agotado. —La vergüenza era tan grande y demoledora para él que ni se atrevía a mirarla.
La mano de la joven buscó su rostro e hizo que se volviese hacia ella.
—No te excuses, está bien, hiciste más de lo que tu cuerpo soportaba.
—No te cumplí…
Ella le sonrió.
—¿Acaso fue una exigencia de mi parte, por el tiempo separados?
Amor…, así me ames con tu lengua, por mí encantada.
—Le guiñó el ojo y él agradeció su comprensión, a pesar de su fracaso en la cama—.
Que estos días en la cabaña sean para descansar y fortalecerte.
No te angusties por el sexo, lo tendremos más adelante; mientras tanto, besémonos, acariciémonos, hablemos y sonriamos en la simplicidad de la vida.
Gocemos también de esos placeres. Disfrutemos de la puesta del sol, de la lluvia, de las nevadas, de los días y las noches, del aroma de las flores; seamos testigo de un pequeñín que crece precioso cada día.
—Quiero muchos cachorros contigo.
—Lo tendremos. Las muchachas en Kenai se volverán locas con las travesuras de nuestros hijos.
Jevrem se tornó pensativo.
—La casona ya no es mi hogar —dijo—. La perdí tras lo de… Dejé de ser alfa, ahora soy un omega insignificante.
—Eso no es cierto.
—¿Te parece que no? —Descorrió la frazada y expuso su desnudez.
Anna se tensó; su mandíbula por poco se desencaja, aunque Jevrem notó la mortificación reflejada en sus ojos.
—Me he alimentado de cardúmenes, he comido media res; búfalos, venados, menjunjes traídos por las tribus cercanas. Nada ha sanado mis cicatrices.
—Porque quieres.
—¿Qué?
—Te castigas. ¿Por qué lo haces, si sabes que hay un remedio eficaz para esto?
—Alimentarme de un humano. —Su paladar aún saboreaba las víctimas que el depredador atacó por su sed de venganza. Jevrem no fue, el que lo propició, pero no ha faltado un día en el que dejase de pensar en ello. Si comía su apetito sería incontrolable.
—Todo lo que se mueva por ahí es comida.
—No los humanos. La abstinencia que los Ancianos han implementado hacia estos nos ha diferenciado de los animales salvajes.
—Hacemos nuestras excepciones en momentos críticos, Jevrem. Tu pierna lo requiere, tu debilidad… No solo consumimos las proteínas de sus carnes, también su vitalidad.
—Me siento incapaz… [mm2] —las ganas por clavarle los dientes a un humano lo estaban consumiendo cada minuto que pasaba en esa cabaña encerrado como si fuese un rehén—. No podría parar.
—Pídele a uno de los muchachos a que cacen un aldeano.
—No.
—Al menos, un cazador.
—No, Anna. Siempre he tenido inclinaciones por los excesos, mi voluntad es como la de un drogadicto. Enfermaría. —La mente, su conciencia.
Anna intentó posar sus dedos en la herida, pero Jevrem movió la pierna, para alejar el contacto de ella.
—El Soberano comió…
El recordatorio de Anna, sobre los meses en el que su tío Everett, rengueaba por la fractura de su pierna derecha, a causa de «accidente en el jet», pero que en realidad fue que los hombres de Kerenor lo lanzaron por el décimo piso de aquel hotel de chupasangres…
, lo hizo meditar en que él sí debió consumir carnes blandas para poder recuperarse. Nunca lo admitió, pero era evidente.
—Mi tío tuvo motivos para hacerlo: lo nombraron Alfa de Kenai en aquel entonces y también conoció a Isabel.
—Y tú ahora ostentas ese rango. Ahí tienes tu motivo: tu manada.
—Lo pensaré.
Para Anna era un alivio que él tomara en cuenta su sugerencia, porque pronto se levantaría de esa cama.
Se inclinó para besar sus labios, untados con sus efluvios vaginales, pero Jevrem aún mortificado por sus propios pensamientos, la esquivó. Anna se afligió, aún no debían estar juntos.
Se levantó de la cama y fue al baño a ducharse.
Jevrem no la acompañó, aprovechó ese tiempo para él sobarse las cicatrices que le punzaban como si alguien lo estuviese apuñalando.
Sudó frío y contrajo su rostro en una mueca adolorida, ¿cómo pensaba cumplirle a su amada si él apenas soportaba respirar? Todo le dolía, vivir era un suplicio.
Al salir, Anna enseguida se vistió, y esto a él lo preocupó.
—¿Por qué te marchas?
—Es hora de amamantar a Jevremcito —medio le sonrió—.
Descansa, te amo. —Dicho esto, Anna cruzó el umbral del dormitorio hacia la planta baja.
No quiso ser ruda ni lanzarle el comentario con frialdad; de hecho, ni se dio cuenta de que le había revelado el bonito honor de haber llamado a su hijo con el nombre del macho que ama.
Jevrem aún lo procesaba.