El Despertar del Lobo Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Posiciones erguidas.

Pasos dirigidos hacia la puerta.

Ni un adiós ni un «nos vemos después». Los progenitores y Roxanne Chandler se marcharon enfilados hacia la salida.

—Eres un milagro, Jevrem —Anna expresó en cuanto estuvieron a solas—. Las aguas no te tragaron…

—El «milagro» eres tú: me has salvado de tantas maneras… Te amo tanto…

—Oh, Jevrem... —Lo besó, y ese beso fue tan desesperado que a ambos les dolieron los labios—. Te amo en la misma medida. Eres mi único amor. El verdadero.

Recordaron que había una cuarta persona.

La rubia.

—Mañana continuamos con los preparativos, Jevrem —lo tuteó, y esto le chocó a Anna, por la confianza que también había, quién sabe desde cuándo, entre los dos.

—Está bien, Elysa. Mañana entonces.

—Descansa, no te agotes, requerirás de tu fortaleza física. —Le lanzó una mirada de advertencia a Anna, y, esta, casi le gruñe. Entrometida.

La hembra se marchó, sin haberse presentado, consideraba que esa mocosa solo estaba de paso, que hasta dejó la puerta abierta del dormitorio.

Anna se levantó de volada y por poco azota la puerta en la cara de esa desubicada.

Rodeó la cama, y, mientras lo hacía, fue consciente de la extrema delgadez de Jevrem.

¿Qué tanto padeció para estar así? ¿Dónde estuvo esos meses?

—¿Cómo te salvaste? —A pesar de su semblante famélico, la alegraba verlo con vida.

—No lo sé.

—¿Los tiburones…?

—Me mordieron.

—¿Y cómo te libraste de ellos? —El escualo que atrapa no suelta hasta desprender un brazo o una pierna de su presa. Y según lo que notaba bajo la frazada, Jevrem tenía sus dos piernas completas.

—No lo sé.

—Entonces, es un milagro. —Se sentó a su lado y le acarició las mejillas enjutas y pobladas de barba desaliñada.

—No creo que lo haya sido, Anna. Tuvo que haber sucedido algo para que no me devoraran.

—¿Como qué?

—No lo sé —su respuesta constante.

—¿Dónde estuviste todo este tiempo? ¿Alguien te rescató y perdiste la memoria?

Él no supo qué responder. ¿Fue rescatado o la marejada lo arrastró hasta aquella isla deshabitada y misteriosa?

No.

Él fue rescatado por dos tarántulas humanoides que se lo quisieron follar.

Su memoria, le jugaba sucio, con recuerdos desagradables que se mezclaron con temores.

Fue una alucinación causada por la inanición; lo del sueño en la que él se aventaba los peces, debió suceder y estos fueron insuficientes para calmar el hambre y fortalecerlo.

Aún se negaba a alimentarse ante lo sugerido por su padre.

Él aguantaría como aguantó su tío Everett, en su momento, por el incidente con los murciélagos de Kerenor.

No podía probar las carnes blandas de los humanos; había jurado no volver a cometer ese error.

Su mente no lo soportaría. Esta vez podría convertirse en un asesino en serie.

Anna comprendió que a él le costaba responder.

—He llorado por ti —le dijo—, no tienes idea por las que pasé.

—Lo sé, Isabel me contó. Lamento que los pobladores y mis padres te culparan por mi muerte. Te quedaste hasta sin casa.

—No la hemos pasado tan mal; Camila e Isa… Ellas fueron mis ángeles: protegieron a mis padres, a mí y a mi lobezno.

El olfato de Jevrem captó que Anna olía a leche.

Su rostro se ensombreció, siendo consciente de que, durante su ausencia, Anna pasó por el proceso del embarazo, y ya debía de haber parido a la cría de aquel malnacido.

—Eres madre… —forzó sus palabras, doliéndole profundamente ese hecho. Él no era el padre, nunca pudo preñarla.

Ella le sonrió.

En su fuero interno estaba nerviosa.

—Sí, ya lo soy… Es un macho precioso y lo he traído conmigo —explicó sin poder evitar que su voz sonara trémula—; no hubiese soportado dejarlo en la villa. Verás, yo… —Se mordió el labio inferior. ¿La odiará por contarle lo de Nueva York?

Jevrem aguardaba paciente a que ella se animara a comentarle, lo que sea que le costaba hablar con soltura, mientras él estudiaba fascinado cada minúscula parte del rostro de su dulce Anna. Cielos…, ¡que hermosa lucía!, la maternidad le ha asentado bien.

Frunció el ceño ante su hermetismo.

¿Qué no le quería revelar?

—¿Algo más pasó, cierto? —indagó, aprensivo—. Siento que así fue, Isabel solo me contó lo que pasó en Kenai, y que tiempo después te graduaste de la universidad. Pero, al parecer, dejó fuera mucha información sobre ti.

Anna, asintió sin mirarlo, no le pasaba por alto de que él no se alegró por el nacimiento de su pequeño ni le pidió emocionado de verlo. En cambio, tomó la noticia con tanta apatía que a ella le dolió.

—Eh… —vaciló. Si Isabel no lo actualizó con todo lo acontecido hasta la fecha, ella no sería la que causaría un quiebre emocional en Jevrem. Lucía tan frágil—. Poco a poco te iré contando, es muy pronto para saturarte con cotillas.

Jevrem se esforzó por estirar las comisuras de sus labios, por la «socarronería» de Anna.

¿Por cuáles otros padecimientos, atravesó ella, que los demás y hasta la misma Anna, necesitaban él tuviese su lucidez mental y resistencia física?

Si alguno o varios de esos aldeanos que quemaron el hogar y el sustento de sus progenitores, abusó de ella, no quedará nadie vivo en aquella comunidad de mierda. Vaya vecinos.