Capítulo 29
De nuevo en Denali.
Esta vez para Anna no sería por motivos de bodas de amigos o compromisos obligatorios impuestos por otros, sino que fue llamada para que su corazón solitario se encontrara con el de su amado.
Aún no se lo creía, pese a que sonreía y lloraba a la vez de felicidad. ¿Cómo él, se salvó, si ella presenció a los tiburones disputarse su carne? La sangre fluyó en la superficie de las aguas; no volviendo Anna a ver emerger a Jevrem.
La mano de Langdon, la ayudó a descender del helicóptero, para no tropezar, por tener al lobezno en brazos.
Este hacía ratos que estaba despierto y molesto por el ruido del rotor y las turbulencias durante el vuelo desde el aeropuerto de Kenai; subieron y bajaron, y volvieron a repetir el proceso en otra aeronave; desde Montana el viaje en jet se mantuvo apaciguado, sin náuseas, pero en el helicóptero –tal vez por la ansiedad del encuentro– el pecho de Anna se contrajo como si le costara respirar.
¡Pronto lo vería!, quería gritarle a Langdon, de que acelerara, pero se contenía por su lobezno.
Los dos equipajes que representaban el peso de una tercera persona, los acomodaron en la cabina abierta de un 4X4 verde oscuro; fue como la última vez en la que ella estuvo allí, siendo recibida por Elijah, quien no paró de hablar durante el trayecto a la cabaña, y en compañía de Camila y el señor Spencer. Sus dos protectores.
Suspiró entristecida.
¿Qué será de ellos, por ese tratado del señor Spencer con el vampiro?
¿Por cuánto tiempo permanecerán prisioneros?
¿Podrán ser felices? ¿Los respetarán por sus anteriores nexos metamorfos?
El señor Spencer fue un humano de noble comportamiento, pero su desespero no tenía perdón de ningún dios; Camila no mereció ser convertida en vampira.
Los lloraría cada vez que se acordara de ellos.
—Isa… ¿La… la reina está allá junto con sus hijos menores? —Anna consultó al chofer, que manejaba en silencio como si estuviese solo.
—Sí —respondió, y esa fue toda la información que obtuvo de este.
La conexión con el bosque fue inmediata.
¿Quién más estaría en la cabaña? Lo más probable, el señor Damir, la señora Radojka, la abuela y sus medias hermanas, sus amigos, sus exnovias… Un millar de personas que lo extrañaban.
Jevremcito se removió inquieto para que Anna lo acomodara en posición vertical, pegado al hombro que colinda con la ventanilla, de modo que el pequeño apreciara el paso de las copas de los árboles; la tonalidad naranja del cielo del atardecer, el vuelo migratorio de las aves y el aroma a pino húmedo y vida silvestre que su naricita captaba.
La camioneta pasó por encima de una roca saliente en medio de la carretera, provocando que Anna y el chofer se sobresaltaran en sus asientos.
El lobezno emitió un gruñidito por el jamaqueo, que hizo sonreír a Anna, era la primera vez que se quejaba de esa manera.
Ya daba señales del carácter que tendría en adelante.
—Discúlpeme, no podía esquivarla, la carretera por esta parte es angosta —Langdon le explicó como si necesitara hacerlo con la amiga de la reina—. Avisaré a los muchachos para que la remuevan; no vaya a ser que, de vuelta, estropee el tren delantero de la camioneta.
Y volvió a su acostumbrado mutismo.
Dicho silencio en la cabina del jeep le permitía a Anna recordar el padecimiento que sufrió al tener a Elijah como el conductor designado para trasladarla hasta la antigua morada del señor Everett.
Al menos, Langdon, no la acosaba con la mirada ni le formulaba preguntas personales; el chofer particular de Jevrem era de los que mantenían la distancia sin ser odioso.
Los cedros y los abetos enanos que demarcan la propiedad del Soberano, le indicaban que estaban por llegar. Las tripas se le contrajeron a Anna, el corazón comenzó a dar fuertes palpitaciones, las manos le temblaban, las lágrimas anegando sus ojos, la sonrisa estirada. Ansiosa, feliz…
Hasta su pequeño sentía los cambios hormonales en la progenitora.
Se apretujó a ella, como si no quisiera que se la arrebataran.
Tal como lo presagió, al rodar el 4X4, cuesta arriba por la colina, Anna observó las decenas de hombres que rodeaban la cabaña. Varios todoterrenos aparcaban por la parte que conduce al riachuelo, y un auto con un cilindraje no apto para esos terrenos captaba de manera inquietante su atención.
Procuró calmar sus nervios mientras aferraba a su lobezno, preparada para las malas caras de los familiares de Jevrem.
El señor Damir sería el primero en protestar, por estar ella allí; el odio que este le profesaba parecía crecer cada día que pasaba, que, la sola idea de verlo otra vez, le causaba retortijones.
¿Querrá hacerle daño a pesar de estar presente Isabel?
Se bajaron de la camioneta de grandes cauchos.
La mirada de los demás se posaron sobre la joven morena.
—¡Eh, Anna, supe que te fuiste de vacaciones a la Gran Manzana! ¿Cómo está el clima por allá? —Esdras le preguntó a modo de bienvenida mientras que Ryder lo codeó para que no dijera estupideces; esa era la tipa que condujo a la muerte de sus amigos.
—Hace frío —contestó, sin darles a entender de que ella se había dado cuenta del compañero que la miraba avinagrado.
De hecho, no hubo un caluroso recibimiento por parte de ellos, ni nadie en la cabaña que saliera a recibirla.
A excepción de Sakari.
—Pasa —la invitó sin demostrar ningún tipo de animosidad que la hiciera sentir mal—.
El joven alfa está arriba si desea saludarlo.
¿O prefiere alimentarse primero? Luce como si no hubiese comido en semanas.
—No usaba delantal para proteger su vestido floral del tizne de la cocina. Pero no estaba tan sucia.
—Hola, Sakari —le sonrió, tímida—. Luego ceno, gracias, prefiero ir arriba… ¿Él está en condiciones de verlo? —También de apretujarlo entre sus brazos, llorar juntos, besarse, expresarse cuánto se aman.
—Sí, joven, puede subir.
—¿Y los demás están con él, en el dormitorio? ¿Isabel, Ángel, las princesas…?
—Partieron hace unas horas a Montana. Algo sobre Erik…
¡Lo liberaron!, pensó Anna, mientras agrandaba los ojos por la noticia recibida. Aunque se preocupó de si lo hayan entregado intacto o por partes…
—Subo, entonces. —Señaló hacia las escaleras que conducen a los pisos superiores.
—Bien pueda. ¿Desea que le cuide al lobato? Necesitará los brazos libres… —para consolar al que escapó de la muerte.
Anna vaciló, insegura de separarse de nuevo de su cría. La nativa era buena nodriza, pero ella deseaba pasar más tiempo con él.
Emmett la siguió por las escaleras, llevando las maletas; Anna le sonrió, más tímida y apabullada que de costumbre. Las piernas le temblaban, el dormitorio de Jevrem cada vez más cerca. ¿Qué le diría?, ¿el que le diría a ella? Esos meses en la que Anna lo creyó muerto fue como estar en el infierno.
—Yo no la culpo —Emmett le comentó casi en susurros—, son situaciones que nadie puede presagiar y controlar.
Tú fuiste por una amiga que se moría, y el primogénito del Soberano se desesperó porque aún está en esa etapa que debe transitar hacia la madurez.
Los demás pronto se darán cuenta de ello y te perdonarán.
»Pásalo bien —le guiñó el ojo mientras dejaba las maletas fuera del dormitorio principal.
Anna permaneció un minuto en el pasillo; consideró que aún no debía presentar su lobezno a Jevrem; el parecido con Édgar Ruíz lo pondría de malhumor.
Al pretender volver sobre sus pasos, para pedirle el favor a Sakari, de cuidar por unos minutos a su hijo, la nativa ya estaba detrás de ella, sonriendo afable. Su intuición fue acertada, la joven iba a necesitar sus brazos…
—Hazlo feliz. —Y a pisadas gráciles, Sakari se marchó a la planta baja.
Para sorpresa de Anna, su pequeño no lloró al cambio de abrigo materno. Sus ojitos miraban a la progenitora, con una calma que no había sentido desde que partieron de la villa. La nativa era de buena vibra.
Para lo que sufrieron y el tiempo en que estuvieron separados, Anna abrió la puerta del dormitorio, con una precaución como si temiera lo que encontraría dentro.
Pero no esperó lo que vería a continuación.
Cuatro personas se hallaban allí: una pareja de mediana edad, que estaba de pie, junto a una joven castaña, del cual Anna sí reconocía y que estaba sentada al borde de la cama de Jevrem, con un grado de confianza que a ella se le revolvieron las tripas.
Y otra más –una rubia voluptuosa, un tanto separada de los otros tres– que ignoraba de dónde su novio la conocía.
Los ojos verdes, de Roxanne Chandler, se fijaron feroces en la recién llegada.
—¿Y tú qué…? ¡¿Qué haces aquí?!
Jevrem –estando antes concentrado en sus visitantes– giró rápido la cabeza hacia el que estaba siendo increpado por su inoportuna presencia.
Su boca se desencajó por la sorpresa,
—Anna… —la miró como si ella fuese una alucinación, que hasta dudaba de si era cierto.
La joven rompió en llanto y saltó a la cama, para abrazarlo fuerte; importándole un carajo si la exprometida de este se enojaba.
Enseguida los brazos de Jevrem, la rodearon, igual de lloroso que ella. Isabel no le mintió, para mantenerlo calmado, Anna estaba bien, luciendo hermosa.
La intensidad del encuentro no les permitía deshacer el abrazo en el que se fusionaron ni besarse ni preguntarse nada, ni ser conscientes de que estaban siendo observados por los integrantes de una de las familias más adineradas de Alaska, y que estos ni la rubia de tetas grandes se molestaban en abandonar el dormitorio, para darles a los dos esa privacidad que tanto ellos necesitaban.
—¡Esto es una ofensa al compromiso pactado! —Rudolf Chandler se ofuscó por la osadía de esa hembra de mal aspecto, que restregaba a la pobre de su hija, el romance ilícito que sostenía con el alfa.
Jevrem y Anna seguían abrazados, sollozando.
—¡Lárgate, ramera, yo soy…!
—Márchense —la orden fue tajante e hipnótica por parte de Jevrem, quien elevó sus ojos negros por encima de Anna, hacia los Chandler, obligándolos en abandonar el dormitorio, sin protestar.