El Despertar del Lobo Capítulo 27
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Capítulo 27

El auto robado se quedó sin gasolina.

A Édgar no le apetecía correr miles de kilómetros hasta sangrar sus patas; aún le faltaban por cruzar varios estados donde las manadas de las zonas rastreaban a los foráneos.

Se recostó contra la puerta del piloto, y elevó el pulgar, para que algún conductor le diese un aventón. Rogaba que no le tomara toda la noche, porque daba la impresión de que iba a llover.

Su brazo comenzó a acalambrarse, una hora después de estar sonriendo como un querubín, pero nadie se detenía a auxiliar a un extraño enorme con pinta de psicópata.

—Tendrá que ser a las malas…

Durante un rato estudió lo que debía hacer; sopesó las probabilidades de fallar y lo que a él le podría pasar. Aun así, se despojó de los zapatos y la camisa, para que no se estropearan, lanzándolos al matorral cercano al auto varado.

—Uno lento… —los camiones pasaban como misiles, los autos llevaban una velocidad que a él se le hacía difícil saltar sobre el capó; correría el riesgo de provocar que el humano se volcase y él se partiera los huesos.

Sonrió al vislumbrar un auto pequeño en la lejanía, cuya velocidad el conductor no pasaba de los ochenta kilómetros por hora; en este tendría la posibilidad de apoderárselo, esperaba que tuviese el tanque lleno, para que lo llevara al menos hasta Wisconsin, y, de allí, hurtaría otro medio de transporte. Así sea una moto.

—Y… ¡volando vamos! —En cuanto el auto, un Chevrolet blanco, cuyo modelo reciente lo hacía lucir apto para enanos, pasó por su lado, Édgar corrió lo más rápido que pudo, y logró saltar sobre la cajuela.

El auto vadeó, y él tuvo que sujetarse de los bordes de la ventanilla posterior.

Se trepó al techo y quebró el cristal de la ventanilla del conductor.

Una anciana gritó.

—Lo siento, abuelita. —De un puñetazo, la noqueó, ella cayó de costado hacia el asiento del copiloto.

Sin perder tiempo, Édgar logró introducir sus largas piernas y luego el torso, por la ventanilla rota, sufriendo algunas cortaduras durante el proceso. El Chevrolet casi choca contra otro, pero dio un volantazo y lo encarriló hacia el lado correcto.

Frenó.

—A ver, muévete —empujó a la humana hacia el asiento del copiloto.

Los cornetazos de los otros vehículos que pasaban veloces, le avisaban que, si no arrancaba de inmediato, lo iban a estrellar—.

¡Uf, qué esfuerzo! —Y que pequeño era el condenado auto; sus piernas no se estiraban lo suficiente; la silla muy pegada al volante.