El Despertar del Lobo Capítulo 26 #2
32%

Capítulo 26 #2

—¿Sabes que me condenaron a seis meses? —Qué grandioso era ser defendido por un alfa de su estirpe, la hacía sentir hasta acalorada, pero tocando la realidad, el castigo no sería el mismo: ella tendría que cumplir la condena completa y después le cerrarían las puertas de la villa, tras su despido, mientras él permanecería en su hogar, sin pagar un solo día en las mazmorras, aún con sus privilegios aristocráticos intactos.

—Si no quieres salir, entonces me aguanto los seis meses…

—No seas tonto —lo increpó—, así me quieras ayudar, yo ya perdí la confianza de mis amos.

—La volverás a ganar, me encargaré de eso. Vamos… —Su mano extendida hacia ella—. Vamos, Zafira, aquí no debes estar. ¿Ah no? Bueno… —Al parecer, su amiga necesitaba entender de que él hablaba en serio.

Ella jadeó.

—¡¿Estás fumado?! —Agrandó los ojos cuando Erik levantó la puerta derribada y la acomodó para tapar el umbral.

—Aquí permanezco hasta convencerte.

—Mi decisión no es la que debas tomar en cuenta, sino la de tu padre.

—La mía es más importante. —La negativa de la joven se mantenía recia—. Bien…

Se dirigió hacia el catre.

—¿Qué haces? —Zafira preguntó cuando él se acostó como si estuviese en su propio dormitorio.

—Tengo sueño.

—No es cierto. ¡Párate de ese catre! —Los gemelos eran igual de fastidiosos: Ángel, en sus sueños, y Erik allí en la vida real.

Él fingió bostezar.

—Estoy agotado. Despiértame cuando traigan la comida.

—¡Carajo, Erik, ¿por qué eres tan necio?!

—Mira quién lo dice: doña necia.

Los gruñidos y palabrotas en el pasillo, preocuparon a Zafira. Los carceleros habían recobrado el sentido, tras los golpes de Erik.

—¡Saquen a este tonto de aquí! —les gritó para que se lo llevaran antes de que el Soberano o el señor Ospina se enterasen, y le sumaran más condena a ella. Y esta vez no serían meses sino años.

Los dedos de los carceleros, cuyas garras demostraban una inminente confrontación, se deslizaron por los bordes de la puerta metálica a medio acomodar.

—Si entran, les parto de nuevo la jeta —Erik les advirtió, sin moverse del catre—. Esta será mi habitación hasta nuevo aviso.

—Erik… —A Zafira se le aceleró el corazón—. ¿Qué van a pensar ellos? Son seis meses…

—Que piensen lo que les dé la gana —la miró, muy decidido a hacer que se arrepienta de llevarle la contraria—; aquí permaneceré hasta que salgas.

—No me encerré porque quise.

—En estos momentos sí.

—¡Estoy castigada!

—Por mí —recordó—. Así que, ambos sufriremos el mismo castigo. ¿Qué te parece? —Sonrió ladino—, compartiremos el catre. Aunque nos la ingeniaremos cuando usemos el inodoro —al menos contaban con uno—, te advierto de que mis heces son olorosas… —Todo sea por espantarla de allí.

Ella gruñó.

—Esto no es para tomárselo como un reto, de a ver quién aguanta más la precariedad en las mazmorras; si desobedezco a mis superiores, me imponen otro castigo peor. Me azotarán…

—Mataré al que lo haga. —Abrió los ojos y afirmó con tal severidad que ha Zafira se le erizó la piel.

—¡¿Matarías a tu padre, si fuese él, quien me azotara?

—Él no es de esos…

—Pero sí, Ospina.

—Tampoco —manifestó—. Es gruñón, pero más considerado con las hembras.

A Zafira no le parecía; el señor Luis Gilberto estuvo muy cabreado.

—A tu tío Damir le gusta un látigo.

A Erik s ele revolvió el estómago de que ella lo mencionara.

Se levantó del catre y lentamente se acercó a Zafira, con una amenaza fluyendo en sus ojos marrones.

—A ese le tengo una cuenta pendiente —siseó con los dientes apretados—; si es llamado para que se divierta contigo, dejaré a Alaska sin Alfa Regional.

—¿Tanto te importo?

Él no lo había pensado; desde que Anna se marchó a Nueva York, él estuvo angustiado por esta, que ni se preocupó por su propia vida.

Pero al estar frente a Zafira se daba cuenta que, por ella, él hubiese hecho lo mismo. Era su mejor amiga.

—Sí, mucho. Me importas más de lo que crees. Y si no quieres salir de aquí, nos la pasaremos bien en la celda. —Zafira arqueó las cejas y Erik se percató de sus palabras—. No eso…

—Estaremos encerrados: espacio reducido, poca ventilación, un solo catre… —y ella sintiéndose atraída por él. Menos mal que faltaba unas semanas para el celo.

Erik volvió a recostarse a sus anchas en el catre. Sus palmas detrás de la cabeza, para mayor comodidad.

—Soy un caballero. —Y un macho que aún no ha estado con una hembra.

Apretó el ceño, levemente inquieto por la terquedad que lo movía; debía estar montado en una aeronave y estar en Denali, protegiendo lo que consideraba, se lo había ganado desde hacía tiempo, pero estaba ahí, aferrado a la celda donde tenían confinada a Zafira, luchando por el honor y la amistad.

La imaginó desnuda.

Y su pito palpitó.

¡Amistad!

¡Amistad!, lo repetía para que no se olvidara de que sus afectos románticos no eran para Zafira, sino para Anna.

La que voló a los brazos de Jevrem.

*****

Laínez dio la voz de alerta al vigilante del sótano, y este a su vez lo comunicó al señor Ospina.

El senescal se sobó el puente de su nariz; esos jóvenes no hacían más que dar problemas.

Sopesó sacar de las greñas al primogénito del Soberano, pero esto ocasionaría que el lobato se enfrentara a los hombres que intentaran sacarlo.

Debía informarle al amo, para que fuese el que pusiera en cintura a su propio hijo.

—Señor —llamó al Soberano justo en el instante en que este se marchaba del despacho, para subir a su dormitorio—.

Es su hijo, Erik. —La mirada interrogante del Soberano, de qué era lo que pasaba con él—.

Está en las mazmorras. Golpeó a los carceleros y derribó la puerta, para luego encerrarse con la asistente de la reina.

—¿Encerrarse? ¿La hembra está en celo? —A él no le pareció.

—No, mi señor. Pero su hijo debió enterarse de que Zafira Washington está en una celda.

—¿Y para qué se encerró con ella si no es para follar?

El hombre se encogió de hombros.

—La camaradería que los une debe ser más estrecha… ¿Qué debemos hacer señor?

Everett lo pensó. ¿Hasta dónde era conveniente de que Erik se entretuviera con otra hembra?

—¿Ella ha gritado, ha pedido ayuda?

—No, señor. ¿Insinúa que él la está…?

—Erik será un idiota, pero no un abusador. —Él había visto en los ojos de la hembra el cariño que albergaba por Erik—. Más bien, dejémoslo allí unos días. —O hasta que se olvide de lo que siente por Anna Morris.

Sí… Era muy conveniente que se fijara en otra hembra. Jevrem no sería clemente con los rivales que le disputaran la suya.