Capítulo 26
Lo peor que le podría suceder a una empleada como ella es que la removieran de su puesto, por negligencia.
Zafira lloraba de rabia, en su dormitorio; hasta que lo dispusieran sus majestades, tendría que mantenerse confinada por unos días hasta que su partida fuese oportuna.
Pasó por tres interrogatorios riguroso que apenas sería capaz de recuperarse: el del vampiro que la capturó junto con Erik, el del Soberano y el del señor Ospina, quien fue el más severo con ella, por ser él, el responsable de haberla recomendado.
—Solo lo protegía… —musitó, entristecida, como si desde algún punto de su dormitorio la escuchaban sus amos. ¿Acaso habría sido capaz de detener a esa masa de músculos que es el primogénito de los reyes, si ella hubiese saltado sobre él?
Un golpe certero en el rostro y la deja tendida en el valle hacia las montañas.
Lo más sensato fue fingir ser su «aliada», secundar su idea con un plan que no repercutiese en que perdiera la cabeza.
Y los atraparon como a dos idiotas.
«Si por la imprudencia de ustedes dos…, mi hijo muere, les arranco la cabeza», la amenaza del Soberano, aún le erizaba la piel, porque ¿hasta dónde serían capaces esos seres de la noche con manipular a todos los que le diesen la gana?
Erik en manos de los vampiros. Ella castigada por su propia gente.
El Soberano a disposición de sus enemigos.
«Confiamos en ti, y nos fallaste», las duras palabras este la lastimaron profundamente; ella habría dado su vida a cambio por la de Erik, se habría dejado atrapar mientras este huía para ponerse a salvo; sin embargo, fue él que en la celda la protegió a pesar de la desventaja en la que se hallaban.
«Deberíamos de colgarlas mientras una hoguera les quema las patas», era factible de que el senescal ya había imaginado cómo ella y Anna Morris debían morir.
Más bien, la que debería sufrir semejante castigo era la alasqueña.
—Por ti, Erik perdió la cordura y nuestro amo tuvo que besar los pies a esas ratas. —La torpe de Anna se abstuvo en alertar a los guardias para que ese humano no se llevara a la señora Camila, pero siendo la idiota sirvienta que esta siempre ha sido, prefirió buscar ayuda donde no debió haber ido.
Se sobresaltó cuando la puerta de su dormitorio, de repente se abrió.
Su pecho se oprimió.
Atribulada, Zafira se levantó en el acto de la cama, preparada a tomar las maletas para marcharse. El primer en darle la despedida hizo acto de presencia. Vaya deshonra: echada por proteger a un tonto enamorado de una hembra pendeja.
—¿Cómo lograste entrar si nadie tiene permitido verme? —inquirió atónita al que la visitaba como si ella no hubiese cometido ningún delito ni tuviese guardias apostados en la puerta y en las ventanas de su dormitorio.
Ángel se encogió de hombros.
Su sonrisa denotaba picardía.
—Solo entré y ya… —respondió de manera relajada y con una fluidez al hablar que aún sorprendía a la exasistente de Isabel Brankovic.
—Te vas a ganar una jalada de orejas y a mí me van a poner más rápido de patitas a la calle.
—No lo harán —aseguró, y enseguida saltó sobre la cama de Zafira, para jugar como si esta fuese un trampolín.
—¡Eh, bájate de ahí! —le ordenó, apabullada y a la vez enojada por la confianza desmesurada del cachorro.
Claro, como ahora ella ya no tenía autoridad de ningún tipo, pues que se jodiera—.
Esto no es campo de juegos, Ángel, ve a quemar tus energías en los jardines, pero mi habitación la respetas. Bájate de ahí.
Ángel obedeció.
Sentado al borde del colchón.
—Estoy feliz —expresó mientras sus pies se balanceaban como péndulos en el espacio entre los laterales de la cama y el piso.
Ella hizo un mohín.
—Nunca me porté mal contigo, para que me restriegues tu felicidad en la cara.
Qué feo, Ángel, qué feo… Te creí mejor que los demás.
—Como para darle un par de nalgadas bien sonadas a ese malcriado híbrido.
Causó mucha sorpresa que retornara un cachorro, de aquel ritual extraño, en vez de un lobato de panza generosa. Hasta ella aún lo miraba raro.
Ángel sacudió la cabeza.
Labios estirados en una sonrisa diáfana.
—Papá no te va a echar.
Eso es lo que él piensa, porque ya ella tenía fijo su destino.
—Está enojado porque…
—Él sabe que protegiste a Erik —la interrumpió—; hasta mamá lo sabe, pero no te lo dirán, porque aún están enojados contigo. —La manera en cómo él se expresaba parecía un adulto. Era pequeño de cuerpo, pero había en él una madurez más alta a la de su hermano mayor.
Zafira se sentó en el suelo, y Ángel la imitó.
—Tendrás que sacar la ropa, se va arrugar.
—Me marcho hoy.
Sacudió la cabeza una vez más.
—Todos esperamos por Erik. Luego saldrás.
Y después su estadía en la villa sería más incómoda. Zafira había demostrado que su entrenamiento de nada sirvió, permitiendo que uno de los descendientes del Soberano se pusiera en peligro.
—¿A qué viniste, Ángel?
—¿Quieres? —Alargó un paquete de gomitas azucaradas.
—No como dulces.
—Bueno… —se las zampó.
—Ángel…
—Vine a degcite gue eoy feli.
—Sí, eso ya lo dijiste, pero ¿por qué?, ya que no es por mí.
—Él volvió.
Zafira lo observó un rato, aguardando a que se terminara de tragar las gomitas, y, como este estaba, mastique que mastique, lo afanó a que respondiera.
—¿Quién: Erik?
—Mi primo.
—¿El que desapareció? —¿Quién más, sino este? Tenía entendido que fue el único sobrino varón que tuvo el Soberano, ya que sus dos hermanos mayores engendraron con sus mujeres puras hembras.
—¡Ay, me marcho! —Ángel se puso en pie, preocupado de que allí lo pillasen sin haber pedido permiso—. Erik viene para acá y me va a regañar a sus padres.
Corrió hacia la ventana y la abrió, pese a que abajo en el jardín central había varios centinelas. Se acurrucó en el alfeizar, midió la distancia a donde iba a saltar, y, antes de hacerlo, se volvió hacia Zafira.
—Son tres los que volvieron: dos traen felicidad y uno tristeza.
—¡No vayas a…!
Y la dejó con la exclamación en la boca.
A Ángel le gustaba el misterio, jugaba con las emociones de los demás; soltaba un «vaticinio» y luego estudiaba sus reacciones. Hasta Erik lo increpaba por esto, nunca era directo al responder. Todo era un juego para él.
*****
—¡Apártese o lo aparto! ¡QUE SE APARTE!
Y un golpe y unos gruñidos se escucharon el acto.
¡Pom!
Y la puerta se abrió de una patada.
—¡Carajo! —Zafira tuvo un mal despertar ante la violenta entrada de un macho.
Ella no estaba en su dormitorio; no tenía las maletas hechas, sino que se hallaba postrada en el catre de la celda, pagando una condena de seis meses de encierro. Lo de Ángel fue un sueño.
Por su cabeza pasaron mil pensamientos al ver allí a Erik, aún sucio, con la mirada furiosa y los puños apretados. Lo habían rescatado.
—Erik… —Se levantó de un salto. Por un instante temió por ella misma, él lucía agitado y furioso, sin saber si era a causa de su reciente enfrentamiento con los carceleros, o el enojo lo iba a descargar contra ella. ¿La habrá pasado mal cuando los separaron de aquella otra celda?—. ¿Te lasti…?
La abrazó.
Los brazos de Zafira quedaron laxos a sus costados; los de Erik los rodeaban como si no quisiera que de su pecho la montanesa escapara.
Fue un encuentro de amistad y alivio por ambas partes; la preocupación por el otro cada vez era más intensa: se decían lo que pensaban, se gruñían, se señalaban, incordiaban, pero contaban entre sí.
Sin embargo, un bonito sentimiento, más por parte de Zafira, que del joven que no le correspondía, se alojaba en su corazón.
Pero ella lo aceptaba, muy a su pesar, la nobleza solo se fija en la nobleza; la realeza en la realeza, o en amistades cercanas como la alasqueña, quien gozaba del aprecio de la reina María Isabel.
Por extensión, la del primogénito también.
—¿Estás bien? —Erik inspeccionaba su rostro y brazos, a ver qué señales quedaron de los maltratos recibidos por aquellos vampiros. La pregunta se convirtió en una constante desde que él no pensó bien las cosas.
—Sí, solo estoy aburrida acá… —Ni quería pensar en lo que ella y Anna Morris vivieron—. Pero no era para que derrumbaras la puerta, mira cómo dejaste a los carceleros… —los había noqueado para él poder acceder a la loba confinada—. Esto te va a costar una buena increpada de tu padre.
—No me dejaban verte —se excusó, aún sus manos posadas sobre los brazos de la asistente—. Tenía que abrirme paso.
—Eso no son los modos…
—Aquí no debes estar; fui yo el que propició todo esto, no tú.
—Pero te secundé.
Él esbozó una sutil sonrisa por el aprecio que esta le inspiraba, era una buena chica con un sentido de lealtad superior a muchos de los que tratan de ganar la amistad del integrante más irreverente de la familia real.
—Zafira… —le tocó la mejilla, y el calor subió por las entrañas de la hembra—, por ti estoy vivo. No pagarás por mí. Vamos…
Ella vaciló.
¿Y desobedecer al Soberano y al señor Ospina?
De ninguna manera. ¡La ahorcarían y luego la quemarían!
—De aquí salgo por orden de tu padre, no porque a su hijo le gusta llevarle la contraria.
—Él me escucha, lo convenceré.
—Lo que quiere decir, que aún no lo has conseguido. Déjame aquí, asumiendo mi castigo; unos días encerrada me serán de utilidad para meditar.
—¡Te despidieron!
La revelación angustiada de Erik, entristeció a Zafira. Todo lo que ella ha hecho por esa familia, lo que arriesgó y cuidó, y la expulsarán de la villa por un error.
—Me lo busqué.
—Por mí, Zafira. ¡Por mí! Escucha… —Acunó de nuevo su rostro, y esto hizo pensar a la joven de que a él le gustaba atrapar su atención de esa manera—, no pasarás un instante más aquí, porque tendrán que encadenarme para que yo lo permita.
Soy responsable de mis actos; tú fuiste…
—su mirada apabulló a Zafira, quien ni luchaba por alejarse de Erik— mi más grande apoyo.
En esto no estás sola. Salimos de aquí o nos encierran a los dos.
Tu castigo será el mismo que yo afronte.
Los dedos de la joven se posaron sobre los de Erik, para que librara su rostro.