El Despertar del Lobo Capítulo 25
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Capítulo 25

El corazón le palpitó en la garganta a Anna.

A su celda entró la secretaria del senescal, con su cara torcida en una mueca desdeñosa por los olores apestosos que provenían del inodoro.

La joven se preparó a ser llevada a hacia donde habrán planeado ejecutarla, Adela, en compañía de dos guardias, habían ido por ella.

—Debes haber rezado mucho —profirió, esta, en una visible ojeriza a la muchacha—, porque los dioses te han escuchado. Mira que te has salvado…

Anna deseó espetarle «ojalá no pases por una situación parecida a la mía, porque después hablamos»; en cambio, mordió su lengua y asintió, sin esbozar una nimia sonrisa de agradecimiento.

Las horas en la que estuvo allí encerrada fueron como décadas para ella, pensando en su lobezno que debía extrañarla, en Jevrem que estaba vivo y del cual Anna se preguntaba cómo se salvó de aquellos tiburones; en la angustia de sus padres; en Erik siendo prisionero de los vampiros, y hasta en Zafira que también purgaría el mismo castigo.

Pero las liberaron.

—La reina ya está en Villa Dorada? —preguntó a Adela; al estar presente la consorte, se acataría su mandato.

—La razón, por la cual, estoy aquí, es para informarle que en una hora viajarás a Denali. Aproveche el tiempo que te queda para que te duches y empaques algunas mudas de ropa. La reina María Isabel te ha solicitado.

Anna no pudo evitar sonreír, y Adela la increpó con la mirada, sin comprender qué era lo especial que tenía esa loba para que los reyes y los alfas le tuvieran cariño y muchas concesiones.

El ascenso hacia el exterior de la zona acuartelada, fue encabezado por la estricta secretaria, a través de los angostos pasillos que parecían conductos de desagüe.

Los pies descalzos de Anna procuraban mantenerse a poca distancia de Adela Mulder, mientras que los guardias cerraban el paso detrás de la excarcelada.

Pocas celdas mantenían las puertas de titanio cerradas; la mayoría, al estar vacías, permanecían abiertas; igual de malolientes y sucias en la que estuvo la joven.

Supo que, los que cumplían también alguna pena impuesta, solían ser guardias sublevados ante una orden superior o los que estuvieron involucrados en riñas entre ellos; pero ni uno de estos fue sentenciado por un delito grave.

Salvo Anna y Zafira que fueron tildadas de traidoras.

De repente se detuvieron frente a una celda custodiada, y, en esta, Anna capó con su olfato que allí tenían encerrada a la amiga de Erik.

Adela ordenó a uno de los guardias a que abriera la ventanilla de la puerta de dicha celda.

Los nudillos de este resonaron en el titanio.

De adentro apareció el rostro malencarado y sudado de la asistente de Isabel.

Su mirada interrogante hacia la secretaria del senescal.

—Nuestros amos tomaron una decisión —Adela le informó—: permanecerás aquí, confinada, durante seis meses, sin derecho a visitas, cartas o llamadas telefónicas.

»No se preocupé, no la azotarán ni quemarán o colgarán.

Ni tampoco a su amiga que, por cierto, hoy sale libre por benevolencia de la reina…

—señaló con el mentón por encima de su hombro hacia a Anna Morris, motivando a que Zafira rodara los ojos hacia la morena que se hallaba detrás de la maldita secretaria del señor Ospina—. Disfrute de sus meses de encierro.

Anna fue incapaz de mirar a Zafira; era injusto que ella saliera y la otra no, solo por su relación con Jevrem y la amistad con Isabel.

Se prometió que hablaría con Isa, para que a Zafira le anularan la condena o se la redujeran; si ella misma casi enloquece por estar allí unas horas, ¿cómo sería estar arrestada en una lugar reducido y hediondo, sin nada más que mirar las paredes manchadas de popó y sangre durante seis largos meses?

Las celdas de la villa eran igual de torturantes a las celdas de aquellos vampiros de trajes costosos y uniformes negros.

Tendría que marcharse a otro estado cuando Zafira cumpliese el período de encierro impuesto.

Aunque, si presumía que Jevrem estaba en Denali, de allá dudaba que ella retronara a Montana.

Y esto la emocionaba.

*****

La felicidad de Erik se había rasgado en dos.

Caminaba hacia la casona, sin percatarse por dónde él se dirigía ni saludaba a los que lo recibían con emoción.

Solo aceleraba sus pasos, sin ser consciente de si saludó o dio las gracias por la bienvenida o el «me alegro de que esté bien», que los empleados le expresaban.

Everett no lo detuvo, dejó que se marchara a su dormitorio, mientras él iba a su despacho; aún sin preocuparse por su propio aseo personal.

Necesitaba que Ospina lo pusiera al tanto de lo que acontecía en la villa y en Alaska, de cuestiones que Isabel no le contaría para evitar conflictos en su entorno laboral y familiar.

El tramo de la escalera fue corta por la velocidad de los pies descalzos del muchacho.

¿Ella lo sabe? Se preguntaba, aprensivo, como si él mismo fuese a desaparecer a cambio de su primo. Debería alegrarse: lo admiró y quiso como a un hermano mayor, pero en su pecho había una opresión que cada vez le dificultaba la respiración.

Pese a esto, tenía que ver a Anna, asegurarse de que lo dicho por su padre fuese cierto: de si ella estaba bien, y además de él expresarle que había intentado rescatarla.

Cruzó por el área de los huéspedes y se dirigió casi a las carreras hacia la suite de los Morris.

Al alzar la mano, para tocar a la puerta…

—No está —la señora Emilia le informó, habiendo estado ella hacía un rato en los jardines internos, meditando sobre su estadía en la villa—.

Anna no está —repitió mientras se acercaba al joven desaliñado, que puso cara de decepción.

Aunque a la señora le parecía más de angustia—.

La reina le ordenó viajar a Denali. —No se quejó de que su hija estuvo encerrada en una celda, por cumplir la última voluntad de una moribunda.

Él palideció.

—¿Mamá sigue allá o está en la villa?

—En la cabaña de su señor padre.

—¿Para qué solicitó a Anna? —El motivo le explotaba en la cabeza, pero no quería aceptarlo, esperando que le dijera otra excusa.

—Es por su primo Jevrem. ¿Ya se enteró? —Erik asintió sin mirar a la señora Emilia. Su mandíbula apretada. Tensa—. Anna fue trasladada en una aeronave. Nosotros no pudimos acompañarla, aunque se llevó al lobezno… Nos alegramos de que el joven amo esté vivo. Realmente es un milagro, por lo que pasó…

—¿Mis hermanos aún están con mamá?

—Supongo que sí.

—Ah, bueno…, entonces iré a darme una ducha. Partiré hoy a Denali, a saludar al primo… ¿Usted y su esposo desean acompañarme?

A Emilia esto la tomó por sorpresa.

—Nos encantaría —dijo—, pero será mucha gente la que estará por allá. Luego lo saludamos. ¡Joven amo! —lo llamó cuando este se proponía a marcharse a su dormitorio—. Gracias. Fue muy valiente de su parte querer rescatar a Anna. Ha demostrado ser tan loable como su señor padre.

»Con su permiso. —Y la señora enseguida entró a su suite.

Erik no se sentía tal cosa: fue torpe, impulsivo, tonto… Y un iluso que creyó en tener una posibilidad con Anna Morris.

—¡Ah, Joven! —Antes de cerrar la puerta, Emilia se asomó—. También exprésele las gracias a la señorita Washington. Nosotros no hemos podido hacerlo, la tienen confinada en las celdas hasta que el Soberano decida qué hacer con ella.

Lo que querían era despe…

Jadeó. ¡Zafira!

Salió pitado por las escaleras, y se dirigió hacia las mazmorras. La única que no salió librada de un castigo era la que arriesgó su pellejo por otros.