El Despertar del Lobo Capítulo 24
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Capítulo 24

La herida en el rostro de Everett comenzaba su proceso de cicatrización, justo en el instante en que un Hummer negro se acercaba.

Sus hombres gruñían, por lo bajo, conscientes de quiénes se trataban. Volvieron a encontrarse en el mismo sitio de entrega de las lobas, de modo que los «aliados» y ellos estuviesen a mitad de camino de sus respectivas fortalezas.

Nadie descendió del Hummer, faltarían muchas horas para que el anochecer extendiera el manto de estrellas en el firmamento; en esta ocasión les tocó exponerse a los sofocantes rayos solares del mediodía; una medida adoptada por Everett, que desconfiaba de los Nocturnos.

El acuerdo había terminado y él cumplió el pedido solicitado a cambio de su hijo.

Lograron desarticular a los bastardos que experimentaban, pero los cabecillas seguían libres.

El «click» en las puertas laterales de dicho todoterreno, alertó a los metamorfos, el maletero se había abierto de forma automática, pero ninguno de los pasajeros salió del interior para hacer la entrega.

Luttrell se aproximó cauteloso, y mientras olisqueaba a poca distancia del maletero, los demás se preparaban a un enfrentamiento por si se trataba de una trampa.

El jefe de seguridad del Ejército Real de Everett Brankovic, levantó la portezuela del maletero, y de inmediato observó lo que había dentro.

Mirada al Soberano.

Era él.

Luttrell, palpó las ropas por si había explosivos, y nada halló.

Pulgar arriba. No era una bomba bípeda.

Entre Luttrell y Volger sacaron rápido al joven que permanecía inconsciente y en condiciones deplorables.

El enorme cuerpo inmóvil del muchacho fue acomodado en el hombro izquierdo de Volger, y este corrió en dirección al amo.

Everett ahogó una increpación al notar enrojecimientos en las muñecas, tobillos y cuello de su primogénito. Maldijo al prusiano y se juró que, de volver a tenerlo frente a frente, le arrancaría la cabeza de un zarpazo.

El Hummer se alejó, aún con la portezuela del maletero levantada.

La velocidad en los neumáticos hizo que esta se cerrara de golpe; a ninguno de los vampiros, les vieron la jeta, solo fueron el medio para hacer la entrega. Evitaron exponerse al sol del amanecer y se guardaron los comentarios que podría propiciar un enfrentamiento.

—Parece que lo doparon —Luttrell expresó a Everett, y este no se preocupó, porque sabía que de ese letargo su hijo se recuperaría. Pero les haría pagar a esos chupasangres las condiciones en cómo se lo entregaron.

—Revisa que no tenga micrófonos o rastreadores —la dureza en su voz indicaba que por el resto del día estaría escupiendo veneno por el cabreo.

A simple vista se determinaba que ningún dispositivo estaba oculto en las ropas del muchacho. No obstante, Volger le pasó un escáner portátil por todo su cuerpo lánguido, para descartar que le hayan injertado de manera quirúrgica o inyectada algún micro rastreador.

Hasta la boca y el ano le revisaron.

De haber estado Erik, consciente, habría protestado.

Tras la inspección, lo acomodaron a lo largo del asiento trasero del Land Rover plateado. Erik ya daba indicios de que pronto recuperaría el sentido; lucía pálido y sucio.

Al momento en que Everett se sentaba en el asiento del copiloto, su móvil sonó en la guantera del salpicadero del todoterreno. Ahí lo había dejado antes de unir fuerzas con los vampiros neoyorquinos.

Supo quién lo llamó al ver el nombre en la pantalla.

—Este será el último «favor» que te haga, Kerenor —espetó en cuanto contestó—, porque no volverás a tener aliados.

—Mi buen amigo, conmigo has cumplido con tu palabra. Pero no con mi reina, a la que le debes también un favor.

Everett gruñó.

—Cuando ella disponga, ahí estaré, pero si involucran de nuevo a mi familia, les quemo el reino hasta los cimientos.

—Entonces, educa a los tuyos a no merodear en tierra ajena. Hasta que las condiciones se normalicen, ustedes no podrán «vacacionar» en mi ciudad. Y, pierda cuidado de su propiedad, nadie la invadirá o desvalijará; la encontrarán intacta cuando «el clima» lo amerite.

—¿Qué hicieron con el cuerpo de la humana?

—La incineramos. Creo que ya se lo había dicho, ¿no? Discúlpame con su muy apreciada esposa, por la amistad que a ella la unía con la pareja, no pudimos entregársela. Murió por su edad…

—¡No le creo, ella está viva! ¿Qué hiciste con ella, la transformó? —Gruñó—. Eso hiciste, maldito mentiroso…

—Ya había sido mordida cuando la hallamos.

—¡MENTIRA! Accediste a la petición de tu lacayo. Conroy no se habría arriesgado de confiar en que tú no le desgarraras el cuello.

El vampiro rio a cambio.

—Caramba… No lo escupas en voz alta que me darás mala fama.

¡¿Yo acceder a la petición de un humano?

! —Continuó riéndose por la conjetura del rey lobo—.

Conroy es mi amigo, pero hay un límite. Claro está que no puedo negar que él, me lo había pedido, pero me negué.

Por desgracia, recurrió a un colega que en estos momentos rinde cuentas por su imprudencia.

Nadie involucrado en lo anterior, si me comprendes…

—¿Qué piensas hacer con la señora Camila? ¡Y no me digas que la incineraron, porque no soy idiota! Ella está viva, sea honesto.

Hubo un breve silencio.

—Está bien… —A través del auricular se escuchó que Kerenor soltó el aire de los pulmones como si se diera por vencido de ocultar cuál fue el destino real de la humana—.

En esto no le puedo mentir: la entrenaremos.

Esa dama tiene facilidad de comunicación y domina varios idiomas.

La investigué... A su debido tiempo será buena embajadora.

—¿Y Conroy?

—Igual. ¿Crees que lo perdería por esa nimiedad romántica? —Sus risas se tornaron displicentes—. Pasará por el mismo riguroso entrenamiento al cual se somete todo neonato. Así que, lamento que no pueda volcar su enojo contra este, desde ahora forma parte de mis servidores permanentes.

—La primera enseñanza que le deberás imponer, a tu «amigo», es la de no pisar terrenos donde ya no se le estima.

Así sea el mejor «enlace» entre vampiros y lobos, en representación suya o de su reina vampira; si se atreve a cruzar los límites de mis dominios, se lo devuelvo en pedazos para que juegues al rompecabezas con él, ¿le quedó claro?

—Ni lo tiene que repetir, mi apreciado amigo lobuno. Gracias por «su colaboración», fue una excelente acción conjunta. Nos volveremos a ver hasta que mi reina lo disponga. Saludos a la bella Isabel…

Y colgó ante el gruñido celoso del rey de los lobos americanos.

*****

Cruzando Wisconsin, hacia el próximo aeropuerto de ese estado, donde abordarían una aeronave que los esperaba, Erik recuperó el dominio de sí mismo.

El sedante que le suministraron lo había noqueado por unas horas; durante el recorrido su mente fue saliendo poco a poco de la inconsciencia, pero su cuerpo se mantuvo aletargado.

—Deten… —Apenas tuvo fuerzas, para abrir la puerta, pues su tracto digestivo estaba a punto de causar un estropicio.

Volger, frenó abrupto, y Erik saltó fuera del vehículo.

Cayó de cabeza al pavimento, subyugado por las terribles arcadas que ni lo dejaban respirar y le provocaban dolor en sus costillas.

El despertar era peor que una patada en el estómago, ya no tenía nada más que vomitar, y, aun así, sentía que iba a escupir las tripas en el suelo.

No volvería a burlarse de Zafira, por su lenta recuperación, tras el sedante, ahí estaba él de nuevo como borracho amanecido.

—Mi señor, no creo que Erik esté en condiciones de volar. Vomitará toda la cabina.

—Lo… Lo estaré —Erik levantó con esfuerzo su cabeza, hacia el chofer que mantenía una expresión de asco. Su padre lo miraba en silencio; su ceño fruncido y sus labios apretados, lo que, de un momento a otro, soltaría su discurso contra él.

Le entregó una botella de dos litros de agua mineral, del cual el joven se enjuagó la boca y luego se lavó la cara y las manos. Apestaba a los orines que sobre aquellas baldosas él descargó su vejiga más de una vez.

—Cacen algo —Everett ordenó a sus hombres y estos sonrieron, porque todos se morían de hambre.

Corrieron hacia los bosques cercanos, se alimentarían y le llevarían al rey y al primogénito, la mejor presa. Era extraño que el amo no liderara la caza, pero asumían que necesitaba quedarse a solas para hablar con el hijo.

Everett convidó a Erik, de volver al Land Rover. Este no quiso, el aire fresco del entorno aliviaba su malestar estomacal y despejaba su mente del aturdimiento.

Se sentó en la grama que crecía a la orilla de la vía.

Everett de pie.

Una torre indestructible en toda su extensión.

—¿Anna? —Los ojos aprensivos del joven levantados hacia el progenitor.

—A salvo en Montana.

—¿Y Zafira?

—Un poco más golpeada —contestó serio—, pero estará bien. Y no por ti, Erik.

Puso los ojos en blanco, ya sabía lo que le vendría.

—Si me vas a increpar, por rescatar a Anna, no me arrepiento de nada.

La mano tensa de Everett por poco se aplasta en la nuca del muchacho, para acomodarle los pensamientos estúpidos que suele albergar en esa cabezota inmadura.

—El que no se arrepiente de sus malas decisiones, es un tonto que no vivirá mucho —aun así, lo golpeó con sus propias palabras.

Resopló. Su padre, el de la doble moral.

—Si fuese mamá, ¿qué habrías hecho? —Erik también sabía cómo defenderse de sus increpaciones.

Everett le gruñó amenazante, se estaba ganando un buen golpe por no reconocer su irresponsabilidad.

—No soy un muchacho inexperto que lucha solo —le comentó con la dureza de su voz—. Arriesgaste a una hembra que asiste a otra hembra. Zafira Washington no es una guerrera; pudo haber muerto allá por cuidarte el trasero. Aún me cuesta creer lo que hiciste…

Bebió lo que le quedaba de agua en la botella y luego se puso en pie, para mirar directo a los ojos a su padre.

—Tuve miedo de que lastimaran a Anna, y tú tardaste tanto en tomar una decisión que...