Capítulo 23
Abby Rose tuvo que frenar su auto, a la izquierda del arcén de la autopista, tras escuchar lo que, en la radio de su salpicadero, informaban sobre el suceso más impactante del año.
Ni se daba cuenta de que sus labios rojos estaban abiertos por la sorpresa, y su ojos desenfocados y anegados en lágrimas de felicidad. Era un milagro, como los pocos que han sucedido en la historia de los lobos. Jevrem…, su adorado Jevrem Bramkovic estaba vivo.
El locutor, un sujeto que reseñaba las noticias nacionales e internacionales, hablaba emocionado a través de un circuito privado que solo los metamorfos del sector eran capaces de escuchar a unos decibeles tan bajos que ni los perros podrían captar.
—¡¿Cómo que vivo?! —Abby subió el volumen de la radio, como si sus agudos oídos le estuviesen fallando.
Puso atención:
«Según el parte médico: “El anterior, alfa comunal de Kenai, ya fue dado de alta del hospital de la Isla Unalaska” ¡Esto es increíble!».
El corazón de la loba estaba por explotar de la emoción. Aun así, dudaba de las palabras del locutor. ¿Cuántas veces publicaron noticias como esas de las que resultaron falsas?
Cambió a otra emisora. En las humanas nada se reportaba, solo cuatro estaciones en Alaska y otras muchas por el resto del país que mantenían informados a los clanes.
«Hasta no verlo, dando declaraciones, pondré en duda este rumor», declaró otro locutor, segundos después de ser sintonizado.
—También yo —Abby se dijo mientras oprimía el botón hasta dar con una emisora que haya confirmado la noticia. ¿Lo vieron? ¿Cómo estaba? ¿Quiénes fueron a verlo? ¿Qué dijo él?
«El cordón de seguridad no pudo contener a la población. Por ese motivo al sobrino del Soberano lo trasladaron a Denali».
Las luces traseras de su auto alertaban a lo lejos a los conductores, de que, por la vía, un vehículo se quedó a mitad de camino.
El locutor de la última emisora sintonizada, narraba, entre escéptico y entusiasmado por la noticia, ya que esto acarrearía nuevas investigaciones: lo que había dicho, aquella omega, pronto sería confirmado o contradicho por la misma víctima.
—No murió… —Abby expresó mientras su mirada permanecía puesta en el horizonte—.
Él no murió. —El estruendoso cornetazo de un camión que pasó veloz, por su lado, hacia el horizonte lejano, ni siquiera la espabiló.
Abby Rose sentía que su alma se renovaba y que sus ganas de luchar por el amor adquirían mayor fuerza.
Jevrem no murió, porque los dioses a ella le daban una segunda oportunidad.
Gritó de felicidad.
¡Está vivo!
Sin embargo, esto no la sacó del todo de la realidad, tenía que trazar una estrategia para verlo. Pero… ¿a cuál hospital lo trasladaron?
Dijo hospital, ¿cierto?
—Hospital… Hospital… —Oprimía el botón para sintonizar las anteriores emisoras, como si estuviese recogiendo las palabras de los locutores. ¿Adónde coños lo trasladaron?
Recordó que uno de los que narraron la noticia no se refirió a ningún centro de salud, sino a una zona geográfica específica.
¡Denali!
Lo que significa…
¿Lo habrán llevado a la cabaña de Everett o a algún otro hospital o curandero de aquellos bosques?
Elevó sus ojos verdes hacia el retrovisor del parabrisas, y, notando sus ojeras y sus lágrimas desbordadas, meditó en que debía de asegurarse dónde a él lo tenían para luego ella trazar un plan.
El señor Damir no la dejaría pasar a verlo ni a alguno de sus familiares. Disfrazarse de enfermera o doctora, no sería problema, el contratiempo radicaba en su aroma corporal; muchos olfatos que captarían la incursión de una loba marginada. Si la descubrían, la mataban.
Solo había un modo de revertir el odio, y era canalizando dicho sentimiento hacia otra parte. Hacia Anna Morris.