Capítulo 22
Por un momento, Everett vaciló en dejar escapar al cabecilla, para atrapar al extranjero proveniente de las tierras cusqueñas, pero tuvo que priorizar la seguridad de las especies en lugar de la venganza familiar.
El lodo salpicaba ante las veloces pisadas de sus cuatro patas, persiguiendo al responsable de las desapariciones de docenas de machos alfas, incipientes y veteranos, por todo el país.
Su manada no lo siguió, la orden fue de reducir la edificación clandestina a cenizas, incluyendo los cadáveres de los traidores de los metamorfos y los vampiros.
No se preocupó en sumergirse en la densidad del bosque Susquehannock, siendo las áreas boscosas de Pensilvania, territorio desconocido para Everett y lugar de cacería para el otro.
Estar en constante movimiento ocasionaba que las heridas en su lomo y en sus extremidades inferiores sangraran profuso.
Atraparía a ese malnacido que se hincaba a los pies de un nocturno que le abanicaba los billetes, y le haría revelar los nombres de los que proporcionaban los medios para la inseminación forzosa de un ejército que prestaría sus servicios a ideales alternos a los líderes apostados en el continente americano y europeo.
La edad avanzada del coronel, a este le jugaba en contra, le costaba liberarse de la persecución del nieto de Dragan, quien en dos oportunidades casi le muerde las patas traseras para detenerlo.
Sin embargo, al darse cuenta de que no aguantaría seguir corriendo, se lanzó al Susquehanna, alertado desde hacía minutos por el rumor de las aguas que por ahí circulaban turbulentas.
Su voluminoso y avejentado cuerpo metamorfeado se hundió en el río, cuya corriente de clase II, convenientemente lo alejaba rápido del Soberano.
Por desgracia, su idea de escapar le estaba saliendo caro; en vez de nadar de manera ágil, se golpeaba contra las rocas salientes del lecho del río, como un bulto inerte, perdiendo por instantes el sentido.
Cada vez que abría los ojos, batallaba con el agua que limitaba su visión del entorno; no podía ver por dónde iba; le costaba nadar, tragaba agua en claro peligro de ahogarse.
Así que, sin querer, su propio cuerpo tomó medidas drásticas: sus patas se encogieron, perdía pelaje, peso, tamaño, potencia en su musculatura; al no ser tan hábil de mantenerse a flote como lobo, sus genes actuaban desesperados por sobrevivir. Lo cambiaron de nuevo a bípedo.
—¡Argh! —Sus costillas se fracturaron, por él tratar de aferrar sus manos en una de las rocas que estaban a mitad de camino de la orilla. Pero el Susquehanna lo llevaba sobre su furioso caudal, como si él fuese tronco caído que espera estrellarse en las desembocaduras.
Aunque, si procuraba evadir las rocas y navegaba bien, lograría salvar su pellejo de ese…
Algo le cayó encima que casi lo ahoga y le causó un terrible dolor en su brazo derecho.
El coronel gritó, bajo el agua, emitiendo burbujas que no llegaban a la superficie. Everett Brankovic lo había atrapado y se proponía arrancarle el brazo.
Las fauces de Everett sangraban por las heridas que le provocaba al traidor, pero también por las que él mismo sufría por parte de este, al enterrarle las garras en su rostro transformado. Lo obligaba a soltarlo, pero Everett, así quedase desfigurado por siempre, no lo soltaría.
Apretó más fuerte sus fauces.
Los huesos y la carne se trituraron.
El rubio, cejas de lechuza, emitió un alarido del que al final se desmayó por la mordida.
El violento río no le impidió a que el gran lobo de pelaje marrón arrastrara a su prisionero hasta tierra firme. Las heridas provocadas en el tembloroso fortachón comenzaban su proceso lento de cicatrización mientras la contextura cuadrúpeda de Everett-lobo se estiraba hasta ponerse en pie.
Un canal sanguinolento se deslizaba por el suelo y la hierba, producto del desgarramiento del brazo al militar; le desprendería cada extremidad hasta que revelara nombres.
—A qué vampiro te hincas —Everett, le preguntó, luego de ser capaz de usar sus cuerdas vocales.
—Al mismo del que tú también le besas las patas… ¡Arrrggh! —Recibió un zarpazo en el estómago; el maldito ni le dio tiempo de reírse, pese al martirio que padecía.
—¡A qué vampiro te hincas! —El que financiaba los experimentos daba el rostro a los suyos, para pasar desapercibido, pero se movía en la clandestinidad con la intención de forjar su propio ejército y prolongar la guerra hasta proclamarse vencedor sobre la Casa Real, del cual había jurado lealtad.
—Jamás… —jadeaba, aovillado en la maleza, como si estuviese agonizando—. Jamás supe su nombre.
—Descríbelo.
—Un cadáver viviente. ¡Argh! —Everett le dio otro zarpazo en la espalda, sin ánimos de aguantar las payasadas de un traidor. En él no habría piedad.
Estar al borde de la muerte y soportando unas heridas dolorosas que lo hacían delirar, los labios del coronel apenas se estiraron en una sonrisa taimada.
¡Qué macho!, deslizaba su mirada por el torso poderoso del alfa: sus muslos, sus piernas, su larga hombría…
Cómo le gustaría que ese macho a él lo follara; sus estocadas por el culo debían ser implacables.
—No es un chupasangre de esta zona —agregó ante la evidente amenaza de sufrir una nueva herida—, parece ruso…
A Everett esto lo mosqueó.
¿Ruso?
—¿Del Ejército Rojo? —El coronel asintió—. ¡¿Le sirves a Raveh?! —Enterarse de esto arrojaría luz a muchas preguntas, pero empeoraría las relaciones con ciertas Casas relacionadas con los siberianos
—Tal vez… —Sonrió despectivo. Tuvo sus sospechas, el blasón de Raveh es el lobo. ¿Qué le iba a extrañar que aquel Grigori fuese su jefe?
Recibió una patada en las costillas lastimadas que lo hizo llorar.
—Un Grigori no se involucra con metamorfos, a menos que obtenga algo grande a cambio. ¿Qué es? ¡Habla!
—Su muerte, ma… majestad. Beneficiaría a los…
vam… vampiros de aquí, que se pelean los…
los terrenos de sangre. Usted los mantiene limitados, pero al no haber un Soberano, harán lo que quieran con los metamorfos menores y los humanos.
Todos estamos en el menú de esos malditos —y sonrió jadeante—. Listo, ya puede matarme.
Del fondo de la garganta de Everrett reverberó una risa ronca. Vaya, los huevos de este: traiciona al reino canidae, le da información incompleta, ¿y espera que él acate sus pedidos?
Lo agarró del brazo que le quedaba bueno mientras el que fue arrancado comenzaba a dar señales de regeneración. Al parecer, el coronel tenía la panza llena de carne humana.
—Aún no terminas de soltar la lengua.
—Le dije lo que sé. ¿Adónde me llevas? —Lo arrastraba, cuesta arriba por una colina cubierta de helechos y rosas silvestres.
—Adonde te hagan hablar. —El condenado podrá estar herido, pero tenía buen entrenamiento para no dejarse hipnotizar.
Luttrell esperaba a Everett desde lo alto de la colina que los llevaría a la autopista.
El militar ya no tenía fuerzas para impedir que se lo llevaran contra su voluntad, siendo consciente de que las torturas generadas en suelo montanes eran las más despiadadas.
—¡No sé nada! —Al no tener su brazo derecho y que del izquierdo lo arrastraban por los suelos, como hembra dominada, no tenía forma de aferrarse a los troncos de los árboles, a las hierbas de largas raíces, a las rocas de los senderos o a las antenas de las hormigas, para mantenerse en su sitio.
La ribera del río cada vez se observaba más lejos de él, por allá casi logró escapar, pero no supo mantenerse a flote.
—¿Quién te ayudaba?, porque solo no habrías sido capaz de secuestrar a esos alfas.
Se carcajeó.
Echó la cabeza hacia atrás y se topó con las nalgas duras de su captor.
—Se sorprenderá de las artimañas de un viejo lobo cuando desea un poco de diversión: una cerveza mágica, y los poseo sin problemas. —Le perdonaría la paliza que este le ha dado, con tal de meterse en su culo.
Everett se detuvo.
Lo que dijo le ocasionó ruido en su cabeza.
Con el pie desnudo, le aplastó la tráquea al coronel, para que le costara respirar.
—Los violabas, ¿no es así? —Presionó más, y el coronel, al verse liberado de su brazo bueno, intentó quitarse de encima el pie del Soberano, pero el hocico lleno de colmillos, de Luttrell, le gruñó al oído. Tuvo que permanecer quieto y soportar el aplastamiento de su tráquea.
—So…solo… cer… cerve… za… Yo no… no…
—Los violabas y luego los desaparecías, llevándolos a tus amigos chupasangres. A ese Grigori ruso.
El coronel trató de negar con la cabeza, pero no pudo.
—Be… Bebían para… para d-des… desinhibirse… ¡Todos ellos! Les… Les gusta fo…
—¡LOS VIOLABAS! —Igual le pasó a su sobrino.
Este le había comentado que fueron varios, incluyendo humanos.
Con el reto a Muerte, en la Frontera Norte, se cobraron la deshonra con los cabecillas, pero faltaron otros.
Y este era uno de ellos—. Te valías de la amistad que sostenías con los líderes del Clan Anka, para engañar a las víctimas.
—Una cerveza, un plan de amigos que terminaba en una violación grupal.
Le asqueaba pensar que había más sujetos como el coronel que se aprovechaba de su rango y de sus nexos para someterlos.
—Reclutábamos. Todos codiciaban lo que les ofrecía: hembras por montón, solo tenían que preñarlas. Les pagábamos bien. A ninguno raptábamos. Eran voluntarios. ¡Lo juro!
—Y los mataron a todos antes de que abrieran la boca —le gruñó. Kerenor le advirtió de esto, y cuando los primeros cautivos lograron escapar, volaron despedazados con las minas enterradas en el perímetro de la fortaleza—. ¿De qué alfa recibes órdenes directas?
—De los vampiros.
—¡DIJE ALFA! ¿Quién es tu alfa?
—Pues yo… ¡Arggh! —Recibió otro zarpazo que casi le saca los intestinos.
—Eres uno de rango menor; a lo sumo posees una manada que secunda tus delitos, pero no un ejército como el de tu amo. Y este es el que supervisa las fecundaciones a las hembras. ¿Quién es tu amo? ¿A qué clan pertenece?
Hilillos de sangre brotaban de las nuevas heridas, intensificando el sudor y el aroma corporal del prisionero que ahora expelía a mierda y óxido.
Ni el olfato de Luttrell soportaba la pestilencia de ese sujeto, que tenía podrida hasta el alma.
—Solo recibía llamadas —respondió con voz trémula—. El hijo de puta paranoico se cuidaba bien de ser rastreado.
Debido a que la respuesta fue insuficiente, Everett le agarró el pito y se lo estiró fuerte con la intención de arrancárselo.
—¡No lo sé! —chilló, para él era valioso tener con que orinar y follar—. ¡NO LO SÉ! ¡Ayyyyyy!
—¡Habla o te hago tragar tu propio pito! —El estiramiento del tallo provocaba que el coronel se retorciera de dolor. El brazo derecho comenzaba a formar muñón y las heridas en su estómago cicatrizaban.
Las aves tuvieron que volar a otra parte del bosque, espantadas de los gritos que profería el metamorfo, ante las retorcidas que le hacía el greñudo alfa, a su órgano sexual.
—Sé que es alguien… ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Es… es alguien conectado en la cima. Un dirigente…
—¿Quién?
—Según, el chupasangre, es alguien que lo odia a usted por haberlo humillado.
Everett frunció el ceño. Él no era de humillar, sino de castigar. ¿Y a quién «humilló», como para que aquel el otro ideara un plan tan descabellado?
—Ya le dije todo lo que sé. Ahora, máteme, merezco morir con honor.
—Tú no mereces tal honor —le mostró los colmillos.
Y, de un jalón, le arrancó con todo y bolas, el pene.
El alarido proferido por el coronel se escuchó hasta en la fortificación, donde la resistencia de los rebeldes ya era sofocada por las tropas aliadas.