El Despertar del Lobo Capítulo 21
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Capítulo 21

—¡Eh! ¡¡Eh!! Ya me porté bien, le cumplí a esa rubia, ¿no?

¡Bájenme de estas cadenas que no aguanto más estar así!

—Édgar gritó a la cámara que filmaba el punto donde se hallaba colgado hacia arriba de pies y manos.

Las laceraciones se formaban en la piel, por los grilletes que lo mantenían como vaca lista para que le pullen el trasero.

La hembra que lo cabalgó fue poco delicada.

Un estremecimiento telúrico lo balanceó y temió que otra descarga eléctrica lo hiciera chillar de dolor; tras la follada obligatoria con la puta desconocida, activaron el sistema eléctrico.

Sin embargo, la luz del techo que aún se mantenía encendida, solo para generarle a él más sofoco, se apagó de pronto.

La oscuridad fue momentánea, sus pupilas se adaptaron al entorno, nada bello o entretenido que se perdiera de ver.

No se movía, precavido de que sus extremidades se retorcieran con los aguijonazos que la tecnología de esos malditos a él le ocasionaban.

La tensión en sus músculos, amenazaban con desgarrarlas por la posición que lo tenían desde el día anterior, ni ha logrado dormir un minuto para olvidarse que era el esclavo de unos traficantes de semen o sexo depravado.

¡Brummmmm!

El estallido y posterior estremecimiento de las capas tectónicas se sintieron más potentes.

—Eso no es un temblor común… —meditó, sin poder huir de la celda ni quitarse las cadenas—. ¿Qué está pasando? —Parecía que afuera, de dónde sea a él lo tenían prisionero, llovía cohetes. Estallaban y producían las ondas expansivas que arrasaban construcciones.

Rio.

¿Les estaban pateando el trasero a esos esclavistas?

¡BOOM!

—Ay, mierda… —Polvo del techo cayó directo en sus pectorales, y él ahí como vaca colgada…

Aguzó el oído, a ver que captaba a través de la puerta metálica, pero nada lograba escuchar; ni gritos ni pisadas aceleradas, porque el ruido de los estallidos superaba los que se producían afuera de la celda.

Édgar echó un vistazo a la lente de la cámara de vigilancia, y la lucecilla titilante que siempre le indicaba un silente «te estamos observando», debió apagarse junto con la bombilla del techo. No había electricidad y al parecer nadie estaba por ahí para encender los generadores de luz.

O sea que…

Ni electricidad.

Ni generadores.

Ni cámara de vigilancia…

Y si no hay nada de esto, entonces no hay electrocución si intenta escapar.

Comenzó a hacer fuerza para reventar los eslabones de hierro pegados al techo, no era tarea fácil, pero tampoco imposible, solo tenía que esforzar más su capacidad muscular, por las horas en las que ha estado así, patas arriba, pero tenía que aguantar y apretar los dientes, y tensar las cadenas hasta que su cuerpo volviese a estar en la posición correcta.

De pie.

Tosió. Más polvo cayó sobre él. Sus tobillos y muñecas, sangraron, pero sanarían después cuando corriese lo más lejos que pudiese de allí; debía tensar, resistir, tensar y tensar las cadenas…

Y se libró al fin.

Su espalda golpeó las baldosas.

Se vio libre de ataduras.

—¡Qué bien! —Respiró aliviado y sonriente a la vez, pese a que los grilletes seguían pegados a las articulaciones de sus extremidades.

En el techo sobresalía una serie de cables que estuvieron enredados entre los eslabones que conformaban las cadenas para generar electricidad cada vez que él se moviera.

Por fortuna, quiénes sean los que han estado pateando el culo a sus captores, le ayudaron de manera indirecta a libarse de su cautiverio.

Desnudo y como si fuese un alma penitente que arrastra sus cuatro cadenas, se dirigió hacia la puerta. No iba a perder el tiempo de reventar las cadenas o abrir sus grilletes, las manos aún las tenía entumecidas por estar tanto tiempo inmovilizadas.

Observó la puerta de titanio.

¿Cómo escapaba de allí, si dicha puerta en sí era un obstáculo mucho más complicado que el anterior?

¡Brummm!

—¡Carajo!

Se encorvó en su sitio y sus manos protegieron rápido su cabeza. Medio techo se derribó ante el estruendo que acaeció.

Una viga casi le parte la cabeza.

Oteando entre las nubes de polvo que se originaron en la celda, Édgar notó parte del cielo nocturno a través del enorme boquete del techo.

¡Los dioses lo escucharon!

Su angustia cambió a una que denota alegría extrema.

—Gracias por otorgarme la salida —se consideraba el lobo más afortunado, porque los caminos hacia la libertad se abrían de manera inesperada para él.

Un tanto torpe, por las cadenas y por el dolor muscular, subía a través de la viga semi caída, y al estar libre en el techo, observó el panorama.

—Mierda…

Tuvo que parpadear y enfocar bien los ojos, porque no daba crédito a la devastación en un radio aproximado de treinta o cuarenta metros; estando él en medio de todo aquello.

Manadas de lobos, de pelaje negro y gris oscuro, destrozaban con sus fauces a chupasangres vigilantes.

Nubes de cenizas se levantaban al perecer entre los colmillos enemigos.

Había cuerpos de lobos cuadrúpedos que también cayeron en combate; algunos con la cabeza cercenada y otros en la interrupción de su conversión.

Se acurrucó para estudiar hacia dónde escapar, podría ser blanco de las ráfagas de las armas de defensa de la edificación en donde lo aprisionaron; era como una fortificación: muros altos con tope de cercos de púas electrificadas; medidas de seguridad que hasta un humano burlaría.

Un lobo voló por los aires.

Minas antipersona.

El perímetro era como el juego del Buscaminas: una mala pisada, y ni la sonrisa le reconocerían.

—Se están dando en la jeta a lo macho. —Pedazos de patas se esparcían por el campo. El número de caídos en batalla debía superar la veintena, por parte de los lobos invasores, porque de los vampiros…, el viento soplaba sus cenizas.

¿A qué venía ese enfrentamiento?

¿Qué lo motivaba?

Dudaba de que fuese por él, no era importante como para ameritar semejante rescate.

A gatas se desplazó hasta el otro extremo del techo, y estudió por donde saltar hacia abajo, sin arriesgarse a morir despedazado por una mina enterrada. El olfato no las captaba ni la vista que barría la oscuridad del entorno; había limitaciones que sus captores conocían bien de los metamorfos.

Los estallidos eran continuos; disparos, gritos y gruñidos de animal. El encarnizamiento se cobraba su cuota de ambos bandos. Édgar vacilaba en bajar del edificio; las armas de largo alcance apuntaban a todo lo que se movía, y sus cadenas que se arrastraban causaban ruido.

—¡Argh! —Sufrió un jalón hacia atrás cuando una de estas fue tensada.

—¿Te pensabas escapar, cariñito mío? —El coronel lo había alcanzado a ver, luego de que este se bajara a dos vampiros. Estaba igual de desnudo que Édgar, siendo evidente su reciente transformación.

El lobo extranjero trató de ponerse en pie, pero el militar enrolló la cadena que sostenía en torno al cuello del prisionero, y la tensó para estrangularlo.

—Qué humillante sería que murieras como bípedo y esclavo.

Y yo sin cobrarme las mías… —gruñó el coronel, con los dientes apretados al oído de Édgar como si quisiera partirle la tráquea, mientras este forzaba sus dedos en abrir espacio entre la cadena y el cuello, para poder respirar—.

Tú no vas a ningún lado, porque eres mío.

El peruano, lanzó un cabezazo hacia atrás, era una insensatez hacerlo, porque él mismo podría perder el sentido; aun así, le partió la nariz al coronel.

Golpe al estómago con su codo.

Latigazo de acero.

Piernas enredadas.

Equilibrio perdido.

Los dos machos alfas, rodaron por la parte del techo que aún se sostenía, pero el espacio fue insuficiente, cayendo ambos a un vacío que les auguraba una terrible muerte.

Uno cayó de espalda en la grama y el otro sobre un arbusto.

Los dos con la suerte de su lado.

El de la grama –el militar– se puso en pie, sonriendo malévolo.

Le valía un carajo que todo se fuese al infierno; a él no le pagaban lo suficiente para perder la cabeza a manos de una jauría proveniente de Montana y una horda de vampiros aliados.

Él solo quería a ese alfa de pito grande y culito respingón.

Le daría una buena ensartada cuando lograra llevárselo de allí.

—Conozco cada tramo de esta zona; sin mí, tú aquí hoy morirás.

¡Vamos a ver!

Édgar le asestó una patada, aún él atrapado en el arbusto al enredarse sus cadenas con las ramas. Parecía marioneta pornográfica. Listo para la acción.

Pero un gruñido grave y bastante feroz, ocasionó que el coronel se volviese rápido hacia el enorme animal gris que le mostraba los colmillos.

—Majestad, yo…

Corrió lejos del lobo que era mucho más grande e imponente al coronel. Las minas se activaban segundos después de que estos la pisaran; eran tan veloces que ninguna lograba lastimarlos.

—Apúrate, pendejo, si te pillan así, lo primero que te van a arrancar es el pito —Édgar se dijo a sí mismo, partiendo cada rama espinosa del arbusto que lo tenía agarrado.

Después de un doloroso rato, tenía la extensión de un bosque que le ofrecía un refugio temporal.

La adrenalina le inyectó la fuerza necesaria para reventar las cadenas pegadas a él.

De manera lenta, saltaba de hueco en hueco, pero siendo prudente de poner sus pies donde antes estallaron las minas, pues ya no representaban peligro de que alguna de estas lo dejasen sin piernas, el recorrido sería más seguro hasta llegar al lindero arbóreo.

A partir de allí, treparía y saltaría de árbol en árbol, pues en adelante desconocía si habría más trampas mortales antipersonas.

Recorrió la misma ruta de aquellos dos. Esperaba no topárselos, no quería averiguar lo que sospechaba, se mearía encima si resultaba cierto su temor.

Si Everett Brankovic era el que estaba arrasando en conjunto con los vampiros neoyorquinos, allí no se salvarían ni las ratas.

Menos mal que a él no lo vio, porque habría dejado que el coronel escapara, solo para vengarse de él, por lo del sobrino.