El Despertar del Lobo Capítulo 20
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Capítulo 20

Desde el asiento del copiloto, la fuerza de la mirada del Soberano, aplastó a las dos hembras, incapaces ellas de alzar la vista hacia este.

Zafira y Anna se mantenían quietas, apestando a vómito y orines.

A Everett le provocaba propinarle un pescozón a Anna, por no haberles avisado, y a la asistente de su esposa, darle dos pescozones más, por idiota.

En vez de convencer a su primogénito, de desistir en su cruzada, solapó su imprudencia.

—¿En qué condiciones quedó Erik?

—Sin heridas, majestad —Zafira contestó, sentada junto a la puerta de su costado izquierdo. Anna en la del otro extremo.

—¿Está encadenado?

—Tiene un collar-bomba, pegado al cuello, pero no está encadenado.

Él gruñó. Lo tenían como a un perro.

—Si por la imprudencia de ustedes dos… —apuntó con el dedo a Zafira y a Anna que lucía llorosa—, mi hijo muere, les arranco la cabeza.

Las hembras asintieron, temblorosas de la amenaza del Soberano.

—Mi señor, me disculpo por…

—¡Cállate, de nada me sirve que te disculpes! —Everett le gritó enérgico a Zafira. Anna ni se atrevió en abrir la boca—. Debiste dispararle en las patas. ¿Para qué coños tienes un arma? Confiamos en ti, y nos fallaste.

—No quise hacerle daño, es su hijo… —expresó una verdad a medias, pues el arma en cuestión la había perdido en cuanto ella se transformó. La ropa, el calzado, su arma… Todo quedó atrás en el valle.

—Y ahora está en manos de aquellos malditos.

*****

El viaje hacia montana fue incómodo y eterno, tanto para Anna como para Zafira, que por dieciocho horas tuvieron que compartir un mismo vehículo.

Los centinelas reconocieron de inmediato el todoterreno que entró a la villa; el Land Rover pertenecía a la caravana que había partido con el Soberano fuera de los linderos del estado.

Los encargados de la seguridad de la propiedad ya sabían que se aproximaban, por una llamada recibida, de Luttrell, con anterioridad.

El rumor corrió rápido, en la medida en que Colton giraba en dirección hacia el estacionamiento exterior, encontrándose allí con algunos cuadrúpedos que los olisqueaban desde sus puestos de vigilancia.

Sin moverse de las escalinatas del ala oeste, la señora Gianforte y los Morris –sosteniendo al nieto en brazos– aguardaban a que los recién llegados se bajaran del vehículo.

Anna sonrió llorosa y a la vez mortificada; abrazaría pronto a su lobezno, le parecía que había pasado siglos desde que acompañó al señor Spencer a «bien morir» a Camila en su ciudad natal, pero también estaban presentes, su mamá –que no hallaba la hora de abrazarla– y su papá, con pinta de querer jalarle de las orejas.

La puerta de los asientos posteriores del Land Rover fue abierta por Anna, sin esperar a que Colton o un centinela fuese caballeroso de abrirla por ella.

Se alisó el cabello greñudo y se lamentó que no haya podido mejorar su aspecto durante el camino; hedía, estaba mugrosa y descalza, con un cansancio que la hacía cabecear por el hambre que tenía.

Colton no se detuvo ni por un minuto durante el viaje de retorno; la orden fue llevar a las hembras de inmediato a casa.

—¡Anna! —Emilia cuidó de no tropezar mientras bajaba los escalones hacia su hija; sostenía a su nieto, que ese día en particular era todo risas, como si hubiese presentido que su progenitora regresaba.

—Mamá… —la joven se aprestó a ir rápido a su encuentro; sus brazos abiertos para recibir a su pequeño y a los que a ella le dieron la vida.

George contuvo con todo su ser de darle una paliza a su hija; nunca la ha golpeado, pero estaba por cambiar esa costumbre, pues al parecer a Anna no le entraba razones en la cabeza.

Pero dirigió la mirada severa a Zafira; no porque quisiera pagar con esta, su enojo, sino que le preguntaba silente dónde estaba el condenado humano que provocó que a él le diese un ataque de pánico.

Encogimiento de hombros y una sonrisa apenada de la asistente real, por carecer de respuestas.

—¿Por qué lo hiciste?, debiste consultarnos. ¡Somos tus padres!

—Lo siento, papá… —Anna no hallaba explicación que justificara la tontería que cometió—. Se trataba de Camila…, ella…

—¡Lo sabemos! También la cuidamos y nos preocupamos por ella. ¡No debiste marcharte de ese modo con ese sujeto inconsciente! —la recriminó frente a las otras hembras. Zafira permanecía allí, solo para disfrutar del jalón de oreja que le daban a la pendeja.

Anna se percató de una importante ausencia.

—¿Isabel? —preguntó a su mamá. La consulta a los chamanes debió ser interrumpida, en cuanto supieron de su abrupta partida junto a Camila y el señor Spencer. Y lo de Erik quien no dio prórroga a que los vampiros a ellos, los matasen. Y, por esto, el Soberano fue tras su hijo.

—No sé, tal vez está en camino…

—Las dos vayan enseguida al despacho del senescal —Adela Mulder, la secretaria del señor Ospina, les comunicó de manera tosca a las dos jóvenes greñudas, sin haberse movido esta desde la cima de las escaleras.

No esperó a que Zafira y Anna, asintieran o replicaran con, «espere un minuto y déjenos terminar de hablar»; giró los tacones de sus zapatos clásicos, del riguroso traje, y se dirigió al interior de la casona de tono ocre.

Anna dio un besito en la frente a Jevremcito, y luego lo entregó a su mamá, para que lo cuidara unos minutos más, mientras reportaba lo sucedido al señor Ospina.

Zafira la seguía; ambas dando pena ajena a los demás; de estar viviendo en Alaska no las habrían censurado con la mirada de los empleados que ellas hallaban a su paso por los pasillos.

Eliana y Claudia –primera y segunda asistente de la reina María Isabel– jadearon asombradas de su compañera, la tercera asistente.

¡Qué espantosa!, ¡¿cómo puede lucir tan descuidada?

! ¿Acaso se revolcó con la otra en una feroz pelea de lobas celosas?

Anielka –de Sistemas– saboreaba lo que observaba: la cotilla sería deliciosa de contar, esas dos infames daban la impresión de haberse enfrentado reciente.

Sin embargo, Dayana Flores, jefa de Mantenimiento, notaba que faltaba el otro joven. Y este causaba conjeturas en los que sabían el verdadero motivo de la suciedad de Anna y Zafira. Debió ser por celos. Tuvieron que haber disputado el derecho a apareamiento con el primogénito del Soberano.

Anna deseó que Adela caminara más lento, para ella darse tiempo de prepararse para el exhaustivo interrogatorio a efectuar.

Tenía que estar bajando la mirada cada vez que se topaba con el escrutinio silencioso de un empleado.

Mientras tanto, Zafira casi le respiraba en la nuca; la observó a través de uno de los espejos en los pasillos, y, por un segundo, le tuvo a esta compasión.

Zafira, por muy mal que estuviera, jamás se mostraba desaliñada, era meticulosa con su indumentaria y su maquillaje; estar así, andrajosa, debía de ser para ella muy vergonzoso.

—Ni se atrevan a lloriquear allá adentro —Adela les aconsejó sin delicadezas—, sean claras y concisas; nada de echarse las culpas entre ustedes. ¡Asuman sus responsabilidades!

Tocó a la puerta del despacho, y, al oír la aprobación para entrar, Adela ingresó de primera y se ubicó de inmediato en un extremo del escritorio del senescal, esperando ella que las jóvenes recibieran una dura reprimenda.

Zafira se preparó a enfrentar a la mano derecha del Soberano.

—Pasen las dos —ordenó el señor Ospina, debido a que Anna permanecía afuera, creyendo ella que el interrogatorio sería por turnos—. Cierren la puerta.

Luis Gilberto escribió unos renglones en una agenda de cuero terracota, mientras Adela se mantenía en una pose altiva y con una sonrisilla, en una clara advertencia de «ya van a ver lo que les espera».

Anna y Zafira permanecían en pie, pese a las dos sillas disponibles frente al escritorio.

No recibieron el permiso de sentarse, ni siquiera Adela se lo permitió para ella tomar apuntes de lo que el senescal les impusiera como castigo.

Entre las que serían increpadas se miraron de reojo.

Una con desconfianza.

La otra con resentimiento.

—Desacato y traición —expresó el señor Ospina al elevar sus ojos cargados de enojo hacia las dos hembras. Adela asintió, dándole la razón—, es el delito al que ambas se enfrentan.

Las jóvenes volvieron a intercambiar miradas; reconocían que fueron insensatas, pero ¡¿traidoras?!

—Señor…

—Por esto se enfrentan a la muerte —interrumpió a Anna Morris, quien trató de explicar sus acciones—. Rompieron normas, desobedecieron órdenes y provocaron que el vástago mayor de nuestro amo esté en posesión enemiga.

—Es todo culpa mía, señor. Zafira no…

—¡Claro que todo esto es por tu culpa! —exclamó, airado—, pero ella también debe pagar por sus errores. ¿No es así, señorita Washington? Conoces las leyes en estos casos —dirigió su mirada severa hacia la aludida—, sabrás que no hay perdón.

—S-sí, señor. Lo sé —Zafira luchaba por mantenerse calmada, pese a que sus nervios estaban desechos en su fuero interno. La sonrisa repelente de Adela Mulder no ayudaba a mantenerse calmada—. Lo que usted imponga será lo que aceptaré.

—Pero, señor Ospina, solo quise…

—¡SILENCIO! —le gritó a Anna en una orden hipnótica que selló sus labios—.

Merecen sufrir cualquier muerte dolorosa que compense la gravedad de sus delitos.

¡Qué ganas tengo de ser yo el que las ejecute!

He quedado como un payaso frente a los amos, por no haber previsto sus estupideces.

¡Descerebradas! ¡Lacayas cabilderas!, la rivalidad entre ustedes dos han causado una tormenta en el reino —Adela a todas las exclamaciones de su jefe asentía como si sus ojos expresaran «¡sí, señor, así es!

»—. Deberíamos de colgarlas mientras una hoguera les quema las patas.

Ahí Zafira se arrepintió de sus palabras de aceptar el castigo que ellos considerasen debía sufrir.

Tonta fue de asumir que las ejecutarían de forma rápida; más bien, se ensañarían con ellas, tal vez en medio del patio trasero o en el valle, donde todos podrían asistir para presenciar las consecuencias de un par de lobas que actuaron por su propia cuenta.

—Pero tendré que contenerme —Luis Gilberto agregó para alivio de las jóvenes—, porque no es lo que me ordenaron para ustedes.

—Adela frunció el ceño, sin comprender—.

Habrá que esperar a la reina, a ver qué decisión toma, ya que ambas están al servicio de ella.

¡Ni se les ocurra sonreír! —Las comisuras de los labios de Anna, se estiraron levemente, segura de que su amiga no las lastimaría—.

Lo menos que podrá sucederles es el destierro, y ya saben qué sucede cuando esto pasa.

Anna se preocupó. Estarían a merced de todo lobo que quisiera tomarlas.

Por más que ellas se marcharan lejos y se escondiesen en la cabaña más apartada del mundo; para los demás, eran hembras que debían hincarse a cualquier macho que se le antojara ser, aunque fuese por una noche, sus amos.

Esto era lo peor que le podría pasar a una loba desterrada; nadie se atrevería a contrariar al Soberano, para evitar pasar por el mismo castigo.

Un desterrado era más miserable que un esclavo.

Estos últimos tendrían un amo; en cambio, los otros, miles.

—¿Qué información les sacaron? —Luis Gilberto, preguntó, y Adela aguardaba con esa expresión de detective que observa a los acusados de un delito.

Las jóvenes se miraron aprensivas. ¿Ellas qué habrían dicho a aquellos murciélagos, del que no se hayan dado cuenta, como para comprometer al reino?

—Nos mantuvieron encerradas —Zafira contestó mientras Anna se limitaba en asentir con la cabeza; aún ella no se libraba de la imposición de mantener la boca cerrada.

—¡Mentirosas! —las gritó, y sus ojos adquirieron la coloración amarillenta. Adela sonrió desdeñosa—. Apenas son dos hembras sin entrenamiento para estos casos, no habrían soportado el interrogatorio de un vampiro. ¿Qué revelaron? ¡Habla, tú, que por ti todo está a punto de irse a la mierda!

La presión invisible que inmovilizaba la lengua de Anna, por fin dejó de mantenerla enmudecida.

—Le juro que nada; no de manera consciente… —contestó según lo vivido durante esas horas interminables en la celda. La mayor parte del tiempo estuvo inconsciente por los golpes y los vapores narcóticos inhalados.

—¿Y me conformo con su respuesta? —la cuestionó a pesar de la dominación mental que sobre ella ejercía—. Tenías un motivo: deseabas marcharte a Sudamérica, quizás para estar bajo las órdenes de otros amos. Nueva York era la escala.

—No, señor. Sin mi hijo y mis padres no me habría marchado.

—Sería por turnos.

—Soy una servidora leal al Soberano y aprecio la amistad que sostengo con la reina —del cual aún, no la ha visto, ni a sus hijos. ¿Estarán aún en Alaska, pese a que Erik estaba en posesión de los Nocturnos?

—Dudo que esa «amistad» continue, ahora que el sobrino del Soberano ha aparecido.

Las dos lobas se estremecieron con la noticia.

Adela arqueó las cejas, ni ella estuvo enterada y eso que maneja algunos asuntos importantes en la administración de la villa; pero simuló su estupefacción y la molestia que esto le causó, el senescal solo la tenía en su función limitada como secretaria; los cinco asistentes machos de este –que prácticamente eran unos mensajeros– se comportaban como si fuesen sus jefes.

—¡¿So… Sobrino?! —El corazón de Anna palpitaba desaforado—. ¿Qué sobrino: Jevrem? ¡¿Recuperaron su cuerpo?! —¿Cómo podría ser si de este nada se recuperó del mar?

Ahora comprendía del porqué de la tardanza de Isabel, para intervenir en ese interrogatorio tan ofensivo. Ella debió ser notificada de la aparición de Jevrem.

—¿Dónde está? —Se angustió—. Quiero verlo…

—¡No irás a ninguna parte! —El señor Ospina sonó sus palmas en el tope del escritorio mientras se levantaba—, permanecerán confinadas en las mazmorras hasta que sean juzgadas por traición.

—¡No fue mi propósito! —Anna se desesperó—. La señora Camila estaba muriendo, yo solo quise acompañarla a casa…

—Y, debido a ello, el Soberano puede morir. —Esto mortificó a las jóvenes lobas, ellas sabían que el amo se comprometió en ayudar a ese vampiro, a cambio de la vida de Erik.

—Por favor, señor Ospina —Anna imploraba llorosa, pese a la advertencia de «no lloriquear» de Adela Mulder—, déjeme estar al lado de la reina; luego afronto lo que sea, no me importa si me ejecutan, permíteme ir al…

—funeral que de nuevo se realizaría para honrar los restos de su amado, al más allá.

—Perdió su derecho a exigir, al pasar por encima de las órdenes de los reyes y de las mías.

¡Y tú también! —Luis Gilberto señaló a Zafira, quien palideció—.

Recen mucho a Licaón para que se apiade de sus irreverencias.

Recen para que les impongan una muerte rápida, porque, si el amo vuelve, de muy malas pulgas, o no vuelve… , a ustedes dos las despellejan vivas.

Y Adela Mulder asintió jactanciosa.