Capítulo 19
A las afueras del pueblo de Sheppard, en Wisconsin, fue el punto medio del encuentro para la entrega acordada entre las dos especies.
El crepúsculo –como siempre– era el instante propicio, sin que esto fuese molestia tanto para los lobos como para los vampiros. Las medidas de seguridad fueron tomadas, los testigos presentes para dar fe de cumplirse las pautas y así no haya más adelante queja alguna por las hembras presentes.
En un radio de cincuenta metros, las armas apuntaban hacia la lejanía, por si un invitado indeseable le daba por «alegrar» el encuentro. La tensión se notaba en cada rostro hosco de los que se hallaban al norte y al sur de la carretera que, a esa hora no pasaba tráfico.
Sobre la vía aguardaban los vehículos de alta gama militar y los hombres trajeados, listos a liquidar a los que no formaban parte de su equipo.
Everett descendió del Land Rover plateado, en contra de los consejos de Luttrell, en dejar que él recibiese la entrega, pero el rey de los lobos del continente americano plantó sus pies, con aplomo, en el asfalto.
Más le valía a Kerenor de cumplir su palabra y no le diera por aprovecharse de las circunstancias, porque tendría un nuevo dolor de cabeza del cual lamentará lo que le reste de vida.
Sus hombres alineados a su espalda. Los cuadrúpedos: la tercera línea que masacraría vampiros a la primera orden del Soberano.
Justo cuando la incidencia de los rayos solares dejó de representar un peligro para los seres de la eterna noche, el chofer de una de los Hummer negros, abrió la puerta trasera, y del interior del todoterreno descendió un sujeto, cuya altura, superaba a todos los presentes.
Lucía un exquisito traje de corte elegante y del color que representa sus inmundas almas.
Hubo siseos y gruñidos bajos y amenazantes, de vampiros y metamorfos cabreados, por la desagradable cercanía que ambas especies soportaban entre sí.
—Saludos, noble rey…, ha pasado poco tiempo desde nuestro último encuentro —Kerenor expresó con ese deje burlesco en su voz—. Cada vez son más amistosos; mira que hasta he compartido una «charla amena» con tu descendiente. Aunque la más dispuesta a cooperar fue la señorita Washington.
El manotón del Soberano interceptó el avance violento de Volger, uno de los guerreros más violentos que suele acompañarlo en sus viajes; pretendió pasar por su lado, gruñendo con esas ganas de desgarrar cuellos de cadáveres andantes.
¿Qué había insinuado: que ella «cantó» o que se la folló?
Nadie ofendía a sus hembras y vivía para contarlo.
—¿Dónde están? —Everett no percibía los aromas. Los todoterrenos de esas alimañas apestaban a cloro y a otros líquidos que le causaban escozor en la nariz.
El prusiano fingió rascarse la barba, perfectamente cortada al ras de su mentón fuerte, como si estuviese fraguando la próxima mentira que de sus labios iba a escupir.
—Antes de revelarle sus paraderos…
—Sin evasivas, Kerenor: dijiste que los entregarías personalmente.
Este asintió, con esa sonrisilla de embaucador de casino que le sacaba de las casillas a Everett.
La palma semi alzada, expresando el representante de la Casa del León en Nueva York un, «calma, déjame hablar».
—¿Cumplirá usted también con su palabra?
—Ya le di mi promesa a su reina —espetó—, no tengo porqué repetirla aquí delante de sus cucarachas.
Los aludidos perfilaron sus colmillos.
Malditos pulgosos.
—Necesito confirmación. Como verá, mi buen amigo, las alianzas son ambivalentes: un día son fraternas y al siguiente nos apuñalan por la espalda.
—¿Qué me está queriendo decir: me cobrarán los favores por adelantado?
Kerenor sonrió desdeñoso.
—El de mi reina, aún no. Pero sí el que yo desee cobrar en estos momentos.
Condenado, hijo de…, Everett se tragó la palabrota.
Mantuvo su pose erguida, esperando a que Kerenor revelara lo que esperaban de él.
—Ayúdenos a exterminar a los sublevados de mi ciudad, y le entrego a los que más aprecia en su vida.
De momento… —Chasqueó los dedos, y del maletero del vehículo, dos vampiros extrajeron a dos figuras femeninas que, por la dirección del viento, le facilitaron a Everett y a sus hombres de captar de quiénes se trataban.
Las capuchas fuera. El aturdimiento aún les costaba a Anna Morris y a Zafira Washington en discernir en dónde se hallaban.
El rudo empujón de los vampiros, las obligaron a moverse hacia los metamorfos.
Anna, trastabilló, por poco se cae.
Zafira, parpadeó. La vista aún borrosa.
Se dejaron guiar por la estela masculina de lo que ellas vislumbraban a unos metros de su posición; estaban descalzas, demacradas y pálidas. Everett notaba los moretones en los brazos y el rostro, en ambas muchachas, las habían golpeado salvajemente, quizás al poner resistencia al ser capturadas.
—¿Y mi hijo y la humana?, ¿dónde están? El acuerdo fue el de entregar a los cuatro.
Kerenor sacudió la cabeza.
—Vamos por partes. A estas dos las entrego de buena fe. Luego cumplo con los siguientes, según su disposición para ayudarnos.
—¡Mantengo mi palabra!
—Claro…, disculpe, no lo tome a mal: son medidas preventivas.
Everett gruñó.
Sus hombres invocando a sus bestias internas.
Las dos hembras inmovilizadas a mitad de camino, aprensivas de hallarse en medio de un inminente enfrentamiento.
La palma en alto, señal del rey de los lobos de mantenerse sus hombres tras la línea demarcada.
Ambos bandos se medían desde sus sitios. Kerenor y Everett podían mandar todo al carajo y reanudar una guerra que volvería a extenderse por años, y del que a los vampiros no les convenía tenerlos de enemigos.
—Su hijo está bien —subrayó el vampiro ante la creciente tensión que se percibía en esa área—. La prueba está en esas lobas. Les puede preguntar —sonrió cínico—, no las hemos hipnotizado, confirmarán el buen estado en que dejaron a su amigo.
—No se olvide de la humana: la señora Spencer.
—Ella queda fuera del acuerdo.
—¿Por qué? —Everett se mosqueó.
—Ya no está en nuestras manos —dijo— Fue demasiado tarde para ella.
—¿Y el cuerpo?
—Incinerado.
—¿Conroy? —Lamentaba por su esposa que la buena anciana haya sucumbido a la enfermedad, pero a ese maldito lo iba a estrangular por arriesgar a su hijo y a los demás.
—¿Para qué lo quiere? Si es para castigarlo, ¿no le parece que ya lo sufre en carne propia con lo de su difunta esposa? Él ahora es problema nuestro, su sangre nos nutrirá por una temporada.
—Los vampiros no se aferran a humanos. —Si no lo querían entregar, era porque de este aún sacarían beneficio. Esos malditos jamás concedían favores sin antes sacar provecho. Y Conroy había acumulado mucha información de Montana y Alaska.
Kerenor rio.
—Algunas veces sí… —Su amo se aferró a una joven humana procedente de Queens. Hasta entregó la vida por los seres que le engendró a aquella—. Pero con nuestro, viejo enlace, nos daremos el gusto de drenar su sangre.
—Buen provecho. —Everett le deseó como si se tratara de un vino añejo. Ojalá bebieran hasta la última gota de ese traidor egoísta.
—Ya que todo está aclarado, ¿acordamos luchar juntos? Será una lucha rápida y efectiva. Es todo lo que necesitamos.
—¿Cuándo y dónde?
Kerenor se complació de que el alfa rey no puso pegas a sus planes.
—Le notificaremos cuándo es conveniente; mientras tanto, pierda cuidado de su hijo, lo alimentaremos bien.
Se subió al Hummer.
La puerta cerrada.
El cristal de la ventanilla se deslizó hacia abajo.
—Manténgase atento a su móvil; de un momento a otro, le notificaré. Traiga a sus mejores bestias; no subestime con quiénes tendremos que luchar.
Everett lanzó una silente palabrota. Él jamás subestimaba a un enemigo, por muy pequeño que fuese. Kerenor, de entre todas las alimañas que pululan las alcantarillas, era la más peligrosa.