El Despertar del Lobo Capítulo 17
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Capítulo 17

—¡Ni preguntes por esa sirvienta! —Grubana exclamó su molestia, ya que Damir estaba tan feliz de hallar vivo a Jevrem, que con gusto le perdonaba sus putadas a Anna Morris.

Pero ella era la voz de la razón y la que pondría las cosas en su lugar si este no actuaba rápido—.

Todo esto ocurrió por culpa de ella. Qué desgracia que la hayas conocido.

Para cuando el joven abría la boca para protestarle a su abuela paterna, el médico había salido de la habitación, para darles privacidad.

Aunque desde el pasillo escucharía cada increpación con claridad.

Esa señora era muy dominante, por algo era la progenitora del gobernador, no temía expresar lo que pensaba con tanta rabia.

—Pregunto, abuela, es mi…

—Estás comprometido con Roxanne Chandler.

—Rompí el compromiso hace meses. Anna será mi esposa. —Tosió, aún con quebranto de salud. Lo que le suministraban en las venas poco lo revitalizaban.

—Está bien, hijo, no te alteres —Damir intercedió conciliador—.

Dejemos esta discusión para cuando te recuperes y tengas la mente más clara.

¿Qué te han dado de comer? —El silencio y la palidez de Jevrem revelaban que ni hormigas le sirvieron para paliar el hambre—.

Tu contextura requiere un alimento muy nutritivo.

¿De qué lo prefieres?, lo haré traer enseguida.

No los que están por acá, infectados y enfermos…

Ni me fío de los galenos o las enfermeras.

—No humanos —le causó ansiedad volver a recordar cuando estuvo en los ojos de un asesino en serie.

—Tardarás más en sanar. Y esas cicatrices estarán visibles hasta que aumentes de peso. Tendrás que comerte un rebaño de búfalos.

—Búfalos, entonces…

El personal médico fue incapaz de contener los nuevos visitantes que llegaban a tropel al hospital, en una hora que ya no era permitida para los familiares o amigos de las personas que estaban allí ingresadas por alguna dolencia o enfermedad.

La caravana de jeeps plateados estacionó frente a las puertas de Emergencias, y del vehículo más blindado se bajó una mujer y tres niños que caminaban a su lado.

El personal médico y las personas que transitaban por las diversas áreas del hospital, quedaban con la boca abierta, al observar a ese grupo que sobresalía de los demás.

Los guardaespaldas se plantaron en torno a los vehículos y por la Sala de Urgencias, sin que nadie lograse expulsarlos de allí, por ocupar espacio cuando otros estaban en plena corredera con los pacientes.

Una de las enfermeras tuvo la suficiente entereza para preguntarle a la mujer imponente de hacia dónde se dirigía, pese a que era evidente que su destino era hacia las habitaciones de recuperación.

Isabel la miró, y a la enfermera le temblaron las piernas.

Boca cerrada, un paso atrás. Hasta ahí su intención de sacar información.

El grupo subió por el ascensor. La enfermera notó un pequeño con síndrome de Down, que la saludó con la mano en el aire, y las puertas dobles del ascensor se cerraron, dejándola a ella fuera, procesando quién era esa gente que movilizaba tanta seguridad.

¡Hasta el director general del hospital acudió de inmediato a atenderlos!

—¡Ángel! —Isabel le llamó la atención a su hijo cuando emergieron en la segunda planta, y corrió por el pasillo a su izquierda. Erika y Winona lo siguieron a tropel, emocionadas también por ver al primo. No quisieron quedarse en la villa, berrincharon por viajar a Alaska junto a su madre.

Los guardaespaldas de Damir –apenas llegaron una hora atrás por vía terrestre– se pusieron firmes ante la proximidad de la reina María Isabel y sus descendientes reales.

Ángel los saludó con una rápido «¡Hola! ¡Hola!

¡Hola!», y entró como un cohete a la habitación de donde provenía diversos y familiares aromas corporales.

—¡Jevrem! —El salto del cachorro sobre el joven que se hallaba recostado en la cama, a este casi le saca el aire de los pulmones.

Lo abrazó tan fuerte que Jevrem estuvo a punto de romper en llanto, porque por fin volvía a estar con los suyos.

Sus ojos se agrandaron esperanzados por ver a su preciosa morena.

—Isabel… —Apenas saludó a los cachorros cuando estos ingresaron a la habitación. Ángel no dejaba de abrazarlo; sus labios estirados en esa línea curva hacia arriba, feliz por el retorno del que había cruzado el limbo.

—Déjalo, que lo maltratas. ¿No te das cuenta de que está malherido?

—Grubana increpó al cachorro regordete, porque parecía un chicle que no se despega.

La habitación se llenó de pronto de gente indeseable; arrugó el ceño y la nariz, forzó una leve inclinación de cabeza hacia la transmutada, pero a las princesitas ni las determinó.

—Que me abrace todo lo que quiera —Jevrem expresó con un profundo agradecimiento hacia Ángel. Aún no lo comprendía, pero sentía que le debía la vida.

Isabel tuvo que aguardar paciente a que sus hijos apapacharan al primo; aun así, y entre lágrimas de felicidad, le apretó la mano que él extendió hacia ella.

—¿Cómo es el cielo? —Erika preguntó, pues ella creía que él hacia allá había ido a «vivir», según lo comentado por sus padres.

—¿No te daban de comer?, estás muy flaquito —Winona observaba la sorprendente pérdida de peso que sufrió Jevrem; el cielo no era un lugar bueno para pasar el tiempo.

—Él estuvo en otra parte —Ángel comentó a sus hermanas a modo de regaño—, y allá no había nada de comer. Solo oscuridad.

A Jevrem se le congeló la sonrisa en el rostro, y ahí fue donde recordó «la voz infantil» que le habló en aquel lugar que existía para los que ya no retornaban.

—¡A bajarse ya! —Isabel ordenó a los niños ante el cambio en el semblante de Jevrem. Damir estudiaba en silencio al híbrido «defectuoso» y conjeturaba para sus adentros si compartía algún tipo de «don» como el de su exesposa y su primogénito.

Evitó hacer algún comentario mientras su cuñada y sus sobrinos abrazaban cariñosos a Jevrem.

El pequeño notó que era centro de atención del tío odioso, y se incomodó.

Winona y Erika lo salvaron de soportar las constantes miradas de Damir, retirándose los tres cachorros hasta la puerta, donde Tyson y Maxwell y los demás guardaespaldas vigilaban el pasillo.

—¿Y Anna? —Jevrem preguntó en el acto, al darse cuenta que por la puerta nadie más entraba—. ¿Por qué no vino con ustedes? —Su padre no le comentaba y su abuela solo gruñía. Esto comenzaba a preocuparlo.

Isabel le pidió a Grubana y a Damir, de permitirle a ella un minuto a solas con Jevrem. Los niños no debían estar presente, a ellos se les trataba de mantener al margen de los acontecimientos, aunque Ángel parecía saberlo todo.

—¿Quieren ver el área de Rayos X? —Maxwell animó a los cachorros de acompañarlo—, les mostraré cómo lucen los huesos rotos en las radiografías.

Grubana se sentó en el sofá, para los visitantes, y Damir se acomodó a un lado de Jevrem, teniendo cuidado de no pisar ninguna manguerita que este tenía conectada a los brazos y a las fosas nasales.

—Aun no, cuñadita —Damir estaba en desacuerdo en lo que le diría a su hijo—. Déjalo que se recupere.

—Estoy bien para saber lo que sea —Jevrem replicó—. ¿Qué pasa con Anna?, ¿por qué se cuidan de hablar de ella? —La vio nadar rápido hacia el bote antes de él hundirse en las aguas. ¿Acaso ella no lo logró?

«Ni preguntes por esa sirvienta», la molestia de su abuela le dio esperanzas.

Había exclamado en tiempo presente y sin referirse a que estuviese muerta. De haberlo estado se hubiese jactado. Ella no suele respetar las condiciones por las que haya muerto alguien en el pasado.

—Tu padre tiene razón: debes recuperarte primero.

—¿Y qué es lo que sucedió que requiere todas mis fuerzas? —Tembló—. ¿Ella murió?

—No, por Dios, ella está bien —Isabel contestó—. La hallaron en el bote, tras lo de tu… Ella está bien.

«¡Anna!, ¿dónde estás, porque no viniste? —la llamaba desesperado por verla—. Estoy hospitalizado; estoy en… No sé en qué hospital, pero estoy bien. ¡Estoy vivo!».

Estudió a Isabel, a su padre, a Tyson, a Maxwell, a su abuela, a sus primos. Todos parecían saber más que él.

Descorrió la frazada.

Sus pies por fuera de la cama.

—¿Qué haces? ¡Doctor! Regresa a la cama, Jevrem, que esas cicatrices no sanarán si estás moviéndote de aquí para allá.

¡Tú, trae al maldito médico ahora mismo!

—Se dirigió a Tyson y este dio un vistazo a la reina, de la que esta asintió para que el guardaespaldas acatara la orden—.

¿Adónde vas, Jevrem? ¡Ayúdenme con este muchacho!

—Algo le sucede a Anna, y ustedes no me quieren… ¡Suéltenme! —Luchaba para no ser regresado a la cama—. ¡Dónde está Anna! —Si tan solo tuviera un retazo de tela de ella, sabría su situación actual.

«¡Anna! ¡Anna!, por favor, amor mío, responde para saber si estrás bien». Si está viva.

—¡Ella está bien! —Isabel le gritó mientras dos de los hombres de Damir se sumaban para aplastar al enjuto muchacho contra el colchón.

—¡¡Suéltenme!! —Imágenes explotaban en la mente del joven, al aferrar sus manos crispadas en el traje de su padre y en el de uno de los guardaespaldas.

Se veía a sí mismo.

Pero nada de Anna.

—Jevrem, prometo contarte todo —Damir trataba de calmarlo—, pero primero debes recuperar fuerzas. Mira cómo luces.

—Entonces, sáquenme de este lugar.

—Concuerdo con mi nieto: aquí no es el lugar adecuado, está infectado a enfermedad…

—Madre, no nos colabores tanto…

—Tendrán que darle un porrazo en la cabeza para aplacarlo, porque no se quedará quieto hasta saber de esa sirvienta.

—¡No la llames así!

—Está bien, hijo. Como quieras…

Las manos de los guardaespaldas y las de Damir enseguida lo soltaron. El personal médico en la puerta.

Isabel en un extremo de la habitación.

Ángel al lado de su progenitora, se había escabullido de Maxwell.

Sonrió, su primo pronto iría a casa.