Capítulo 16 #2
¿Y dónde estuvo todo ese tiempo? La matriarca sospechaba que Jevrem no sufrió tal incidente en el mar, sino que estuvo cautivo por terceros, o…
—Despiértalo para que nos cuente —exigió, parada a un lado de Damir—. ¿Está sedado?
—No, señora —respondió el médico que fue llamado en cuanto los familiares del paciente arribaron al hospital, por vía aérea—. Solo se recupera del agotamiento. Al parecer, estuvo nadando durante días.
—¿Procedente de dónde? —Grubana atravesó con la mirada al humano para extraerle información que estuviese ocultando adrede.
—Eh… —parpadeó, atónito—, no sabemos.
—Madre, libera al médico, lo necesitamos lúcido.
La matriarca obedeció, y el médico ni supo que le habían hurgado los pensamientos.
—Los pescadores lo rescataron cerca del puerto de Dutch Harbor —el médico, respondió, lo que sabía ya era del conocimiento de los aleutianos.
—¿Ese es el puerto por dónde –esa zorra huyó con su amante– zarpó el bote de aquel sujeto?
—No, madre —Damir respondió en lugar del médico, que de aquello dudaba de que este estuviese informado—. Eso fue al sur de Kenai.
—¿Y cómo es que aguantó tanto? Fue mucho mar lo que nadó…
—¿Qué te extraña? Tienes un nieto de excelente…
—¿Condición física? —Grubana lo cuestionó en el acto—. Míralo, tan flacucho, como si hubiese pasado hambre. ¿Dónde habrá estado? ¡Jevrem, despierta!
—¿Crees que es prudente despertarlo de esa manera? No sabemos por lo que ha pasado. —Damir no comprendía por qué los dioses mantenían a su hijo en una constante prueba, ha sufrido lo suficiente para ganarse por adelantado un lugar privilegiado en el cielo de los mártires.
Por supuesto, dentro de muchas décadas.
El jamaqueo tosco de la abuela, despertó a Jevrem, quien enseguida se sobresaltó angustiado.
—¡Calma! Calma, hijo, soy papá… ¡Estás a salvo! ¡¡A salvo!! —Damir lo sostenía de los hombros, ejerciendo presión para que no se levantara a repartir zarpazos a los que estaban en la habitación.
El médico se echó hacia atrás, aterrado de lo que observaba.
—Si hablas, te rebanamos para servirte como filete en la mesa —Grubana le bloqueó el paso al humano que no quitaba la mirada de las uñas alargadas del muchacho. Le habían crecido muy rápido, actuaba como un animal.
—Papá… —Jevrem levantó la mano para tocar el rostro de Damir, quizás incrédulo de tenerlo frente a sus ojos. Él estaba tan débil…
—Oh, mi Jevrem… —lo abrazó y este aún seguía aturdido de lo que pasaba. ¿Era real o un producto de su imaginación por la sed y el agotamiento?
—¿Estoy en Kenai?
—En un hospital de la Isla Unalaska. Pero relativamente cerca de casa... ¿Es cierto que…? —Damir se cuidaba de no alterarlo—, ¿a ti te atacaron los…?
—Dilo de una vez, Damir —Grubana se impacientó—. A ver, Jevrem: ¿te mordieron los tiburones o fue invento de tus hombres para solapar tu malsana relación con esa prostituta?
—¡Madre!
—No me creo nada de esa patraña. ¿Quién se salva de un cardumen de tiburones? Jevrem luce como si hubiese pasado el tiempo follando y drogándose.
«Me salvé…», pensó el joven, de repente minimizado en la cama ante el recuerdo. Las pruebas las tenía marcadas en el muslo y en su torso.
Descorrió la cobija y le mostró la evidencia.
El jadeo en la habitación fue general.
—¡¿Cómo te salvaste?!
—No lo sé, abuela —ni él mismo podía explicar lo que pasó aquella vez. Apenas tenía guardado en su mente imágenes de ser llevado a través de las aguas, por los que, en un principio pretendían devorarlo.
—El Gran Licaón se apiadó de ti —Damir expresó, lloroso, palpando incrédulo la enorme medialuna cicatrizada de la mordida que pudo haber destrozado en dos a su primogénito. De un ataque semejante nadie se salva—. Saliste completo…
—¿Y por qué no volviste?, ¿dónde estuviste? —Grubana no se dejaba llevar por la emoción.
—Estuve… —¿Cómo revelar sin que sonase descabellado?—. En una isla.
—¿Qué isla?
Una de arañas gigantes.
—Eh… —Fingió que no se acordaba—, una lejana hacia el occidente…
—¿Habitada?, ¿deshabitada? ¿Grande?, ¿pequeña…? —Damir les haría pagar a esos desgraciados la nula hospitalidad hacia su hijo. Este tuvo que nadar un tramo bastante largo para salir de allá.
Jevrem pensó en la aldea fantasma.
—Eh…, pe-pequeña y poco habitada… Unos isleños me recogieron; desperté en una playa.
—¿Y quiénes eran ellos, ¿cómo llamaban a la isla?
—Eran pescadores ermitaños y la llamaban… «Pulk».
—¡¿Pulk?! No recuerdo el nombre de esa isla —Grubana hacía memoria de las más de trescientas islas Aleutianas que ella visitó durante su juventud. Adak, Atka, Unimak... Y ninguna le sonaba a Isla Pulk.
—Puede ser una de las que conforman las rusas: las Islas del Comandante.
—¿Qué más sabes, Jevrem?
El joven narró el tiempo que pasó bajo el «cuidado» del «anciano» y su «nieta». Pero omitió la transformación de estos en tarántula humanoides gigantes y en el pueblo abandonado que desapareció.
¿Será que fue una alucinación?
Lo más probable, la marea lo arrastró hasta esa desconocida isla y estuvo allá atrapado por mucho tiempo.
¿Cuántos machos han pasado por una situación como esa por estar explorando zonas que ni figuran en los mapas?
Al ser un metamorfo, la capacidad de aguantar un ayuno prolongado era exponencialmente mayor a la de un humano y un vampiro.
La inanición afectó su memoria y creó alucinaciones; aunque la isla lo mantuvo a salvo.
Y entonces pensó en Anna.