El Despertar del Lobo Capítulo 16
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Capítulo 16

Los pasos apresurados, tanto del encargado de la seguridad del Alfa Regional como del emisario procedente de la Isla Unalaska, resonaban por los pasillos lustrosos de la Casa de Gobernación.

La voz contundente de Vernon se hacía oír para que nadie se atreviera de obstaculizarles el camino; gruñía a la empleada despistada, al guardia que pretendía poner una mano en alto y exigir identificación; lanzaba manotazos, empujando hasta las sombras.

La noticia que traían ni ellos mismos la creían.

La secretaria apenas tuvo tiempo de anunciar a su jefe de la presencia intempestiva de los dos varones, cuando el rubio grandote irrumpió como un torbellino donde se hallaba trabajando el amo.

—Pero ¡¿qué manera de entrar son estas?! —El manotazo molesto de Damir sobre su escritorio dejaba en claro que habría represalias por el modo tan grosero de entrar a su despacho.

—Discúlpeme, mi señor —Vernon se adelantó a responder mientras Jacob Golodoff tomaba aire para recuperar el aliento—, pero es importante lo que vinimos a informarle.

—¿Y qué es lo que me tienen que informar?, que parece hubiese estallado la guerra en nuestro patio. —Su dura mirada a atravesaba a los dos que entraron sin permiso.

—El emisario tiene información procedente de Unalaska.

¡¿De dónde?! Damir rodó los ojos hacia el sujeto de piel bronceada. ¿Qué querría un emisario de las Islas Aleutianas? Casi no tenía contacto con esa gente.

El aludido tragó saliva y dio un paso al frente a la vez en que se acomodaba el nudo de la corbata. Sus sienes perladas de sudor.

—No me lo va a creer, mi señor, pero hallaron a su hijo.

Damir palideció.

Se sostuvo del escritorio, agradeciendo que, al menos, pudieran ahora enterrar su cuerpo. ¿Cuánto de él habría quedado para que los gusanos en la tierra completaran la labor de reducirlo a las cenizas?

Aunque fuese carne podrida, él lo abrazaría por última vez.

—¿Cuándo?

—Hace unas horas; por el puerto de Dutch Harbor. Los pescadores vieron un cuerpo flotar, y se acercaron a investigar. Lo subieron a la canoa y lo llevaron a tierra firme.

—¿Cómo saben que es él? Ha pasado meses, su rostro debe estar irreconocible.

El emisario sonrió como si estuviese histérico, y esto a Damir casi le provoca borrarle la sonrisa de un golpe. No le veía la gracia a su desdicha.

—Él se identificó.

Damir ni parpadeó, procesando lo que el emisario le respondió. ¿«Identificó»? Él… ¡¿se identificó?!

En un súbito acceso de ira, rodeó el escritorio y agarró con rudeza las solapas de la chaqueta del emisario.

—¿Qué es lo que pretenden con esta broma?, ¿divertirse a expensas de mi dolor? ¡Ordenaré que los quemen vivos! —Él mismo quemaría al maldito jefe de seguridad por abusar de su cargo.

—¡No, mi señor! —Vernon se defendió en el acto—. ¡¡Es cierto lo que el emisario le ha informado!! Su hijo está vivo, el emisario tiene pruebas que lo confirman; lo llevaron al hospital para valorar su condición.

—¡MI HIJO ESTÁ MUERTO, SE LO TRAGARON LOS TIBURONES! ¡NO PUEDE RESUSITAR, ES UN FARSANTE!

—Usted mismo puede verlo… —Y ahí…, el emisario extrajo, con manos temblorosas, el móvil del bolsillo interno de su chaqueta sastre, para que viera el vídeo que él mismo le tomó al joven en el centro de salud de la isla más poblada de las Aleutianas.

Damir le arrebató el dispositivo; una amenaza latente bailaba en sus ojos negros.

Al enfocar su atención sobre la pantalla, ya sintonizada, jadeó atónito.

—No es… No es real… ¡Esto no es real, es esa cosa hecha con esos putos programas de Inteligencia Artificial!

—Mi señor puede enviar a alguien de su confianza para comprobar de que, en realidad, el joven del vídeo corresponde a su hijo —replicó el emisario, temeroso de su vida si no lograba convencer al Alfa Regional de Alaska.

¡Es un truco! Damir no lo aceptaba, era una trampa preparada con mucha astucia para asesinarlo. Y su jefe de seguridad estaba implicado hasta el cuello.

Se llevó consigo el móvil del emisario, y con el suyo marcó a Radojka; solo ella y su exsuegra serían capaces de ver lo que está oculto.

—Salgan todos. ¡Ustedes dos ni se les ocurra abandonar la gobernación!, los mataré si lo intentan. Ahora, ¡fuera!, necesito hacer una llamada telefónica.

Ni su secretaria permaneció en el despacho; la puerta se cerró, creando un escudo anti sonoro en el que nadie escucharía.

—Radoj… ¿Por qué lloras?

—Damir… ¡Oh, Damir, no me vas a creer lo que he sentido! ¡¡Lo que he visto!!

Él se tuvo que sentar en su silla.

Su corazón de padre, dando severos golpes en su pecho, y sus ojos se cristalizaron; no quería albergar esperanzas, porque de la decepción no se recuperaría.

—¿Qué has visto?

—A nuestro hijo. Oh, Licaón…

—¿Lo viste cómo si fuese una presencia o algo más?

—Primero lo sentí como cuando él se metía en problemas.

—Debió ser un residuo de visión; nada más. Un recuerdo…

—Eso pensé, así que busqué entre las pertenencias de Jevrem que me llevé de él, y lo vi.

El rostro de Damir estaba bañado en lágrimas.

—Dime, Radojka, él… ¿Su cuerpo…?

—No —interrumpió—. Yo me vi nadando. Estaba en sus ojos.

—¡Fue lo que sucedió previo a su muerte!

—No veo el pasado, sé bien que no fue por lo de aquella vez. Sino que ha sucedido en la actualidad, sus pensamientos eran un caos, y nadaba hacia nosotros. Hacia ti… —Sollozó—. Damir, busca a nuestro hijo, no sé dónde está, pero no está lejos de casa.

El móvil cayó en el regazo del alfa y luego se deslizó al piso alfombrado, sin que este se molestase en recogerlo.

El llanto había desecho el férreo carácter de Damir, que desde la tragedia acaecida con Jevrem, él no ha podido dormir tranquilo.

Reía, lloraba…, sacudía la cabeza, temiendo que fuese un plan urdido para acabarlo.

Radojka tenía motivos para ordenar su asesinato, pues él no cuidó de su primogénito cuando este enloqueció por esa zorra que pretendió endilgarle un hijo.

Entonces, ¿qué debía hacer? ¿Volar hacia esa isla y caer en una trampa o mandar a Vernon para que certifique personalmente lo dicho por el emisario y su exesposa?

Encendió el citófono en su escritorio para que su secretaria dejase pasar a su jefe de seguridad.

Sin embargo, cuando hizo el amague de oprimir el botón que lo conectaría con la central telefónica de afuera, su móvil –en el piso– sonó.

Tenía una llamada entrante.

Lloroso, se volvió hacia el dispositivo; en la pantalla un nombre.

Dudó en contestar.

La llamada insistente.

Damir, pensativo, esperanzado.

—Llamas en mal momento, Everett —contestó tan pronto recogió el móvil.

—¿Estás enterado?

Se tensó.

—Estoy enterado de muchas cosas, pero no sé de a cuál te refieres —trataba de sonar inmutable, pese a que su voz se escuchaba rota.

—Es sobre Jevrem…, está vivo.

*****

El helicóptero aterrizó en la parte más despejada de la zona verdosa del hospital.

El perímetro se había acordonado por los hombres del alfa local; no fue necesario que Damir enviara un hombre de su confianza; si Everett le aseguraba que era su hijo, entonces, creería en su palabra, porque este era de los que también comprobaban las fuentes y los sucesos.

De la aeronave rotatoria descendió a las carreras hacia el hospital; afuera le aguardaba Peter Klimov y Alan Deker, ellos fueron los que enviaron al emisario a dar las Buenas Nuevas en persona, porque dicha noticia no sería creíble a través de aparatos electrónicos.

Grubana lo acompañó durante el vuelo, de ella se encargó uno de los guardaespaldas, ayudándola a descender, y luego se dio prisas en alcanzar a Damir que se había olvidado de su progenitora.

—Honorable señor, nuestro amado Licaón nos ha…

—¿Dónde lo tienen? —Damir pasó por entre los dos líderes comunales que se reverenciaron ante su presencia, de camino al interior del hospital.

Olfateaba con el afán de percibirlo, pero se le complicaba captar su aroma con tantos desinfectantes con lo que se ha mantenido pulcros los pisos y el mobiliario hospitalario.

—Arriba, mi señor. En… En la segunda planta.

¡Está remitido en una habitación de recuperación!

—Peter informó, yendo detrás de él para evitar que lo dejaran atrás.

La matriarca le dio un golpe con el bastón, por atravesarse en su camino; a ella, ninguno que esté debajo de su linaje podía darle la espalda; todos debían seguirla; no al revés.

Los Brankovic fueron conducidos a la habitación en cuestión; se había anunciado que el Soberano se presentaría en una hora aproximada, por lo que se contaba con un buen despliegue de seguridad en el pueblo y por la zona del hospital.

Damir se enterraba las uñas en sus palmas, para evitar desbordarse en llanto, lo que Grubana criticaba severa a los que no guardaban la compostura.

—¿En cuál…? —Se abstuvo de exigir al que oyese su pregunta de hacia dónde dirigirse, al momento en que subió por las escaleras; el ascensor se le hubiera hecho muy lento; cuando un aroma que Damir conocía desde el primer segundo en que lo olió, llenó sus fosas nasales—.

Oh, Licaón… No me des esperanzas si luego me la vas a quitar. Que sea él, que sea él…

Sus pies se detuvieron abruptos en el marco de la puerta de la habitación señalada.

Jadeó.

—¡Mi Jevrem! —la eufórica exclamación debió escucharse en la planta baja y en los pisos superiores—.

¡Oh, mi hijo! ¡¡Mi hijo!! —Acunó su rostro plácido y demacrado, y lo colmó de besos en la frente y en las enjutas mejillas.

Quería arrancarle los cables conectado a sus brazos y pecho, para apretujarlo con todas sus fuerzas; su alegría era desbordante, su hijo estaba vivo.

El Gran Licaón escuchó sus ruegos, a pesar de haber precedido el funeral; él siempre guardó una ínfima esperanza de volverlo a ver—. Hijo mío…

—¡¿Cómo es que se salvó?! —Grubana inquirió en un tono de voz gélido, en ella jamás verían a una hembra llorona. Ni siquiera por su nieto preferido—. ¿Ah? ¿Cómo se salvó, no es que lo despedazaron los tiburones?

—Qué importa cómo, mamá: está vivo.