El Despertar del Lobo Capítulo 15
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Capítulo 15

La fetidez fue insoportable para hacer posible la respiración. Los olores emanaban libre por el ambiente. Las criaturas expulsaban sus gases como un arma biológica para atontar a sus víctimas. Jevrem mantenía sus pulmones quietos. «No respires», se pedía. «No lo hagas o aquí vas a perecer».

La risa malévola del anciano le perforaba los tímpanos y oprimía su pecho, por los latidos desaforados provocados por la espera de un ataque del cual no se podría librar.

La hembra, con sus larguísimas patas extras, siseaba amenazante, pero manteniéndose expectante del sujeto que se negaba a ser su amante.

—¿Qué pasa, lobito, no se te para el pito? Soy bueno masturbando machos, solo tienes que permitirte el placer…

El asqueroso comentario de Noé le hizo transportar a Jevrem, a esa noche en la que él fue violado por unos hijos de puta que se jactaron de ser sus amigos. A dos se las cobró en el duelo, pero le faltaba otros que jamás fueron atrapados y del que él recordaba sus rostros.

Llevado por el coraje, Jevrem abalanzó el peso de su cuerpo y empujó con rudeza al anciano-tarántula contra la puerta a su espalda.

Dhalia lanzó un atronador chillido en cuanto Jevrem corrió fuera del dormitorio, justo cuando la puerta se derribó.

No se quedó a enfrentarlos hasta la muerte, quizás no tendría oportunidad, desconocía la agilidad de estos al luchar.

Se lanzó, colina abajo, luego de salir de la cabaña como si lo estuviera persiguiendo una horda de demonios; a lo mejor era eso, ya que él no podía clasificar si estos formaban parte de algún fallido experimento científico que dejaron allí, abandonados o a sus anchas, a ver cómo se desenvuelven.

¿Y si era alguna clase de clarividencia? Él lo sufrió antes, estuvo en los ojos de otro: escuchó, vio, sintió… Puede que esto se manifestaba con un retorcido mensaje oculto.

Pero ¿de qué?

O él estaba loco y lo imaginaba todo.

«¡Ni te quedes a meditar! ¡Huye!», se pidió mientras caía y se levantaba con torpeza, obedeciendo a su propia voz, por si acaso él se equivocaba en que volvía a dudar de sus dones clarividentes, que a causa de su trauma o de esas criaturas, aún no se han manifestado para ver el futuro cercano de él mismo o de las personas que lo rodeaban.

Las magulladuras y golpes recibidos era la prueba de lo que Jevrem vivió en la cabaña, le dolían los brazos, la pierna derecha, las costillas…

Todo era muy real.

¿Hacia dónde correr: la playa o la aldea? La isla no le parecía extensa, él podría estar corriendo sin parar y los otros, tras él, durante horas o días hasta que se cansara.

Qué dolor en su muslo herido; apretaba los dientes para obligarse a perderse de vista, porque de su aguante dependía su vida.

«¡Sigue! ¡Sigue corriendo!», mientras sus piernas luchaban afanosas por lanzar grandes zancadas, Jevrem trataba de invocar a su bestialidad. Si lograba transformarse tendría oportunidad de medirse con ese par de tarántulas mutantes lujuriosas, solo debía mantener de estos la distancia.

«¿Adónde pretendes esconderte? —la voz invasora, de Noé, le taladró su mente—, conocemos tus pensamientos».

Jevrem gruñó, sus extremidades permanecían inalterables. ¿Qué clase de poder mental ejercían sobre él? No era capaz de transformarse o de vislumbrar los próximos pasos que estos hicieran contra él, ni pedir ayuda a su amada mediante la telepatía, sus habilidades fueron anuladas.

A unos metros en la distancia se alcanzaban a ver las siluetas de los techos de la aldea.

De repente fue consciente de que tal vez se dirigía a una madriguera.

Noé y Dhalia aparentaron ser humanos normales, y él no detectó nada fuera de lo común en ellos hasta que revelaron sus verdaderas formas frente a sus ojos.

Los aldeanos debían estar infectados o manipulados, o nacieron del vientre de un engendro.

Corriendo despavorido, pensó:

¿Abusaron de él mientras estuvo inconsciente?

Sus ojos se anegaron de lágrimas, enojado hasta con sus propios dioses por una vez más haberlo abandonado. Tenía que estar constantemente luchando para salvar su dignidad.

El anciano se le adelantaba a su derecha casi al mismo tiempo en que la hembra lo hacía por la izquierda del joven metamorfo, quien intentaba evadir la aldea, habiendo sido una mala decisión de pedir ayuda o buscar refugio hasta cambiar su anatomía.

Le cercaban el camino como si lo dirigieran adrede hacia la aldea; no tenía opción, sino correr. Lucharía hasta morir.

Tropezó al saltar una barda, lo que redujo de manera considerable la distancia de él con las criaturas; Dhalia casi lo atrapa, rozando una de sus patas en su espalda desnuda.

Atravesó la aldea que se hallaba a oscuras; ni una bombilla encendida, ni un animal, nada…

Deshabitado, conjeturó sin dejar de pedirle a sus piernas de mantener la velocidad. Las humildes viviendas de los isleños lucían descuidadas: ventanas y puertas derrumbadas, techos rotos, paredes mohosas… Alguna vez fue un poblado activo, pero los visitó la desgracia.

«¿Adónde vas a esconderte?», Noé sentía placer por la persecución, hacía tanto que no se divertía.

¿La capilla o la casa de dos plantas?, Jevrem estudiaba las construcciones que hallaba a su precario paso, pero las descartaba en el acto. Eran solo pilares de madera podrida; con una patada las echarían abajo.

Le quedaba una alternativa.

Nadar.

Maldita sea que debió haberlo hecho desde que escapó de la cabaña.

El dolor en sus pantorrillas y en sus cicatrices lo hacían cada vez más lento; no había manera de llamar a su lobo interno ni enfrentarse –así sea con las garras– con las criaturas.

Estaban por darle alcance, con sus ocho patas arácnidas y su desnudez visible para los fantasmas que habitan en las sombras.

«Conozco tus sentimientos, Jevrem, ansías que te toquen como la otra vez».

—¡Es mío! —la furiosa exclamación de Dhalia casi le hiela la sangre a Jevrem, que de repente sintió el peso de un enorme cuerpo, aplastándolo contra el suelo.

—¡Argh! —chilló por el mordisco propinado en su hombro.

Las patas arácnidas lo voltearon hacia Dhalia, sonriente esta como pez del abismo.

Noé les dio alcance.

—¡Quieto! ¡¡Quieto!! —Aferraba sus manos en los brazos desesperados de Jevrem que trataba de liberarse—. No te dejaremos en paz hasta que seas nuestro.

—¡Es mío!

—¡¡Y también mío, Dhalia, yo lo encontré!!

—¡Argh, malditos! —Jevrem se removía feroz mientras imploraba a Licaón, le permitiera convertirse por última vez; si debía morir, moriría. Pero a esos dos, él los mandaba de vuelta al infierno.

—Tantos años sin que un hombre nos regocijara.

He estado con tantos, ansiando un hijo, y ninguno ha logrado preñarme —Dhalia encarcelaba con sus patas a Jevrem—.

¡Tú lo harás!, estoy segura, eres diferente a los otros, me darás lo que quiero.

—Con sus múltiples manos, lo acariciaba por el torso y rostro, sin importar que el joven se retorciera asqueado de sentirse de nuevo invadido por los recuerdos que había dejado en el pasado.

—Tú tomarás lo tuyo y luego yo tomaré lo mío —Pasando por debajo de las piernas de su compañera, Noé logró apretar con una de sus manos humanizadas, el pene del joven náufrago.

Jevrem alcanzó su límite.

Del fondo de su pecho brotó un gruñido que sobresaltó a las criaturas. La influencia hipnótica o poder mental dejó de dominar la voluntad del metamorfo.

Las garras se alargaron, los colmillos sobresalieron de sus encías y su mirada atemorizada cambió a una asesina.

—¡NO! —Sus garras desgarraron el rostro y parte del torso del anciano, por atreverse a tocarlo. Un ojo saltó de su cuenca, la mejilla se abrió sangrante y su boca se desfiguró en una mueca inerte.

—¡Noé! —Dhalia chilló por su pareja infértil, quien cayó de espaldas, mirando sin ver a un cielo que no centelleaba para ellos—.

¡¿Qué le hiciste a mi Noé?! —Sus ocho patas arácnidas golpeaban a Jevrem, estando ella sobre él, dispuesta a lo que sea con tal de preñarse.

No estaría condenada a una solitaria existencia eterna; al haber descendencia habría otros como ella, y su vida sería más llevadera.

Un par de garras sujetaban las manos de Jevrem; otras sus piernas. El tercer par comenzaba a masturbarlo para excitarlo. Obtendría su simiente a cómo fuera.

—Quise que mi hijo fuese producto de la atracción; los demás eran marionetas. Débiles. Así que contigo lo haría diferente. ¡Y mataste a mi pareja!

—No me gustan las tarántulas.

Su rostro se ladeó y mordió uno de los brazos hasta destrozar el hueso.

Dhalia gritó adolorida, debió escucharse en los cuatro puntos cardinales de la isla.

Con el brazo, ya libre, el joven lanzó un demoledor zarpazo hacia Dhalia.

La cabeza de la hembra cayó a un lado; el cuerpo hacia el otro.

Jevrem se dejó caer hacia atrás, aliviado de haberlos vencido, respiraba agitado por el esfuerzo que le tomó superar su propia debilidad.

Observaba, de costado, los dos cuerpos inertes; se sorprendió que los brazos arácnidos ya no estaban ni las feas expresiones demoníacas; el que los descubriera, allí a mitad de la calle de la ruinosa aldea, diría que sufrieron un asalto sexual.

—No me van a creer si lo cuento —apenas esbozó una sutil sonrisa, deseando estar en ese instante en Kenai.

Por lo pronto…

Miró su entorno.

Tembloroso se puso en pie. ¿Acaso…? Caminó en medio de las vastas dunas. ¿Dónde estaba la aldea?

Bajó la mirada hacia el cuerpo decapitado de Dhalia, y ésta ya no estaba.

Enseguida rodó los ojos hacia el anciano.

También había desaparecido.

—Hipnosis… —tuvo que haber sido eso, se lo indujeron o lo drogaron.

Precavido de llevarse una desagradable sorpresa, se dirigió hacia la cabaña, y al llegar nada había en el tope de la colina.

Su respiración se alteró, por más que lo hayan drogado o manipulado, él sintió la incomodidad del camastro, percibió los olores del interior de la cabaña: los alimentos, el perfume de Dhalia, los gases de Noé...

Jevrem estuvo allí, tocó las sillas, la mesa, los platos, los cubiertos… ¿Adónde fue a parar todo eso?

¿Y los golpes y los zarpazos que recibió?

Miró sus brazos.

Ni un rasguño.

Aunque sus anteriores heridas permanecían.

—¿Qué es esta isla? —Nada bueno era ese lugar en el que desaparecían cuerpos y una aldea entera.

El viento cálido sopló en su dirección y esto lo motivó a que era mejor largarse de allí antes de que él también fuese consumido por la «nada».

Desnudo corrió hacia la playa y se lanzó al mar, del cual antes estuvo tan frío como las aguas que rodean los icebergs en un crudo invierno, pero que ahora era soportable cruzar a nado miles de kilómetros náuticos hasta vislumbrar otras tierras firmes.

No podía quedarse en esa isla a que alguien lo rescatara; se supone, ya lo hicieron, y casi «lo violan dos tarántulas gigantes humanoides».

Al sumergirse en las aguas, las olas fueron crueles con él, lo golpeaban de manera frontal, como si quisieran empujarlo de vuelta a la isla, para ser el único habitante condenado a morir de hambre y sed, ya que allí ni había un árbol frutal, ni un riachuelo o una red para pescar.

No había naturaleza para ser una isla volcánica.

Jevrem temió enfrentarse de nuevo a la fauna marina, si seguía insistiéndole al mar de surcarlo por sus propios medios; pero no sería su destino de quedar atrapado como «Noé y Dhalia», si es que estos fueron reales o estuvieron en todo momento en su mente. Se arriesgaría por él mismo y por Anna.

«Nada, Jevrem. ¡Nada por tu vida!», se decía así mismo en la medida en que braceaba adolorido, alejándose cada vez más de la isla desconocida.

Nadaba por donde el instinto de supervivencia lo guiaba, y sus conocimientos geográficos adquiridos.

Si la isla era alguna que estaba bien retirada del archipiélago, Kenai debía estar al noreste.

Horas nadando sin detenerse a descansar, así fuese flotando un rato en medio de la inmensidad del mar.

Lo haría cuando llegase a la próxima isla, allá se echaría en la playa y dormiría hasta recuperar sus fuerzas.

Ojalá tuviese la suerte de que esté habitada y por humanos, para que estos le diesen de comer. Tenía hambre, sed, estaba agotado.

¡Muy agotado!

«Un poco más, no desistas».

Las articulaciones en los hombros, codos y manos estaban por desprenderse de sus ligamentos; cada braceada era un desafío que debía realizar, como respirar y mantenerse a flote consciente.

Tragó agua, la marejada lo golpeaba en los costados, hundiéndolo y elevándolo como veleta sin timón.

El oleaje crecía arrollador, lo empujaba sin apiadarse de su debilidad, Jevrem hacía lo posible por aferrarse a la vida, porque allí, en el mar de Bering, no tenía nada en la que sostenerse para aguantar los embates marinos.

Se hundió y el terror lo invadió. ¡No iba a morir ahogado! Sus manos batallaban desesperadas por subir a la superficie. ¡Patalea! ¡Patalea! ¡Nada! ¡¡Nada!!

Sus pulmones sintieron alivio en cuanto Jevrem logró aspirar una bocanada de aire. Tosia, braseaba, tosía, braseaba; mirada a cada lado, pendiente, temiendo…

Jadeaba por las punzadas en sus costillas. ¿Cuánto más le faltaba para llegar a la siguiente isla del archipiélago? ¡¿Esos son…?! ¡Mierda! ¡¿Esas son aletas?!

Lanzó una increpación y lloró de impotencia cuando notó que, por el oeste, se aproximaban las temidas aletas de tiburón. ¡No!, ¡Anna! Él iba hacia ella… ¿Acaso los dioses se empeñaban en que él debía ser tragado por las aguas?

¿Qué podía hacer para salvarse?, ¿cómo los confrontaba?

«Ayúdame, Licaón, ¡aléjalos!», imploraba al dios que su padre le inculcó desde cachorro, para que alejara a los moradores de esas aguas; esta vez él no tendría tanta suerte como la anterior; se fijó una ruta marítima y la terminaría, así lo persiguiera toda criatura de los mares existentes del mundo.

Jevrem era fuerte, él podía llegar hasta esa ansiada tierra firme, donde su amada lo esperaba.

Allá iba…, allá iba… A pesar de ser perseguido por…

¿Son delfines?

Sin detenerse en sus rápidas braceadas, comprobó que el gran dios de los metamorfos obraba de forma distinta a lo que, uno de sus creyentes, le había implorado. ¡Las putas aletas eran de delfines! No alejó de él, toda fauna marina, sino que le envió a los mejores.

Rio y tragó un poco de agua salada. Uno de estos saltó sobre las fuertes corrientes y cayó en picada de forma tan majestuosa que Jevrem rompió en llanto al sentirse tan conmovido.

Los delfines lo custodiaban. Un grupo nadaba a cada costado, todos en una misma dirección y a una misma velocidad. La del metamorfo.