Capítulo 14
El grito desgarrador de un hombre le devolvió la conciencia a Erik.
Abrió los ojos, sobresaltado, dándose cuenta en el acto de hallarse tumbado bocabajo y con un lacerante dolor en el pómulo izquierdo.
Reparó en lo que tenía puesto alrededor de su cuello y enseguida lanzó una increpación que no sería escuchada por nadie; no podría cambiar de forma sin antes accionar el dispositivo sensible a los aumentos –por muy leves– de temperatura corporal.
—¡Arrrgh…! —el lamento, proveniente del otro lado de la puerta de la celda, lo motivó en mantenerse alerta.
Había otra persona cautiva.
Sus oídos eran capaces de escuchar cualquier sonido a una distancia considerable; el que desgarraba la voz, se debía a un motivo que le causaba dolor. Lo estaban torturando o desangrando.
—Zafira… —¿Hacia dónde se la habían llevado? Lo que sea que le hagan esos malditos chupasangres sería por su culpa.
—Ayyy… —el hombre de afuera, se lamentaba, perdiendo cada vez más la fuerza de su voz—. Ayúdenme…
Erik se movió hacia la puerta, su cabeza le pesaba, el golpe casi le borra la memoria.
—¡Ayúdenme!
Y esta vez exclamó otra voz. Una hembra.
Ignorando los dolores en su cuerpo, Erik se acurrucó. Su oído pegado en el bordillo de la puerta.
—¿Quién es? —Esa voz femenina le sonó familiar.
—¿Erik?
El joven se conmovió.
—¿Tía Matilde? —¡Aún estaba viva! Pero quién sabe por cuánto tiempo resistirá a su enfermedad terminal.
—¡Erik! —Se emocionó—. ¡Oh, cariño, qué alegría escucharte! ¿Estás bien?, ¿estás herido? Huelo sangre…
—Estoy bien, tía. ¿Tú estás bien? —Obvio que no.
—Bien dentro de lo que se puede…
—¿Anna está contigo? ¿Ella está bien?
—No sé. ¿Por qué lo preguntas? ¡¿También fue atrapada?! Oh, Dios…
Ella no sabía. Al momento de que se la llevaron de Villa Dorada debió estar inconsciente.
—Sí, Anna viajaba con ustedes —comentó a través del bordillo, en lo que le permitía el collar-bomba. Si estallaba, ¿cuál sería el impacto en esa estructura?, ¿echaría todo abajo o solo acabaría con la mitad de su cuerpo?
—Entonces, está aquí en alguna de estas celdas. ¡Anna! ¡¡Anna!! ¡ANNA! —Camila la llamaba para confirmar que estuviese allí, y Erik aguzó el oído ante cualquier sonido que se asemejara a los sollozos de una hembra encarcelada.
La anciana perdió cuidado de ser increpada por los carceleros, gritaba fuerte a ver si la joven le contestaba, pero el silencio aumentaba la zozobra entre ambos cautivos.
—Debe estar muy asustada… —Ni hablar de ella misma que imaginaba los horrores que pasaría: su sangre llenaría cada copa que esos vampiros beberían hasta el hartazgo.
¿Qué destino tendría su cadáver cuando sus venas quedasen secas, la arrojarían al Hudson o a un basurero?
Esos seres no eran de hacer cristiana sepultura a los humanos.
—Anna es una hembra fuerte —Erik le comentó—, aguantará —lo que sea le hagan— hasta que la rescaten. —Él ya no se contaba como el abanderado rescatista, sino que ahora formaba parte de los que cayeron en las garras de los chupasangres—. ¿Y tú…, en realidad estás bien? ¿Estás…?
—Estoy mejor de lo que esperaba. Desperté aquí y no sé por qué, todo ha sido raro…
Erik tuvo que incorporarse, sin levantarse por completo del piso; lo dicho por su tía parecía confirmar lo que en la villa suponían.
—Ayúdenme…
—Sufra, maldito. —Esperaba a que al señor Spencer le prolongaran el sufrimiento, por querer burlar a la muerte. Aunque no era eso lo que deseaba para su tía Matilde, la habían condenado a ser una servidora de esos malditos.
—Erik, ¿qué van a hacer con nosotros?
El joven se agachó de nuevo; por el nivel en que escuchaba a su tía, deducía que desde la otra celda ella estaba en la misma posición que él.
—No lo sé, se llevaron a Zafira.
—Escuché a esa joven luchar…
—¿Cuánto ha pasado desde entonces? Me golpearon y perdí el conocimiento.
—Horas, tal vez… No tengo reloj. Pero si te tranquiliza saber, tu amiga no ha gritado como el otro…
«El otro», vaya forma de referirse al señor Spencer.
—¿Es tu esposo? —Ojalá sea él para alegrarse.
—No. A Conroy lo tienen en otro nivel. Tengo sed.
Erik tuvo que tomarse un tiempo para responder. ¿Qué clase de sed tenía?
—Tía…, ¿qué tan bien te sientes?
—Bien, me siento muy bien.
—¿Te… mordieron?
—¿Por qué?
—¿Te mordieron?
—Pues… —Hubo un silencio que le erizó la piel al joven metamorfo; de ser así, su tía para él habría muerto hacía mucho—. No me veo nada. ¡Ah, tengo cabello! —Rio y luego jadeó—. ¿Será que lo hicieron, ellos me convirtieron? Tengo cabello. Y sed…
—¿Tienes colmillos?
—¡Lo que tengo es sed!
Sí tenía colmillos.
No insistió más en preguntarle; capaz y echa abajo la puerta de su celda y ocasionaba un desmadre. Los neonatos suelen ser bebedores voraces de sangre, y él podría estar encabezando la lista de sus bebidas favoritas.
Frustrado por su penoso plan, posó sus manos en el collar-bomba y por un instante sopesó arrancárselo lo más rápido posible del que sus manos le permitieran; sin embargo, el pitido en el collar le advirtió lo que habría de pasar.
¿Adónde se refugiaría en caso de arranárselo?
El collar estallaría en la celda, y, lo más probable, a él le volaría la cabeza.