Capítulo 13
El hormigueo en el cuerpo le impedía conciliar el sueño.
La espalda le dolía por la posición en la que se obligaba a estar para no molestar a los residentes de la cabaña.
Jevrem no se hallaba cómodo en aquel lugar apartado de los suyos, el insomnio complicaba su descanso y el hambre a menudo le hacía recordar que tenía muchas presas al alcance y no podía tocarlas. Y no por su, cada vez, frágil voluntad.
«Tengo que comer», se decía a sí mismo mientras imaginaba estar en un gran festín, tragando a sus anchas una buena porción de…
Sacudió la cabeza para apartar esos pensamientos en los que él ya no era bípedo.
El encierro hacía que dentro de la cabaña los aromas se concentraran.
La chimenea aún estaba encendida, iluminando tenue cada forma que lo rodeaba.
Afuera venteaba y lloviznaba, cuyas gotas golpeaban en diagonal los cristales de las ventanas.
La frazada y el crepitar de los troncos de la fogata debía de propiciar el sueño a Jevrem, pero estas modestas comodidades le hacían recordar los brazos femeninos que a él ya no lo abrazaban, y también por las malditas goteras del techo.
Se fijó –a pesar de la lobreguez– de algunas que caían en el piso de la cocina, otra sobre la mesita del comedor, y del que Dhalia previó dejar allí una vasija para proteger el mueble de más daño a causa de los temporales; y dos recipientes más cerca del camastro.
El tintineo de las gotas resonaba en sus oídos.
Sus dos salvadores tenían problemas para reparar la cabaña; cuando volviese a Kenai, contrataría gente para que les construyeran a estos una cabaña mucho más grande y confortable, o les compraría una casa donde ellos quisieran.
Noé roncaba sobre su hamaca de colores tejida por él mismo hacía unos años y que desde entonces ha sido su preferida para estirar sus piernas por un largo rato.
Dhalia tenía su propia habitación, la única que dividía el ambiente en el interior de la cabaña; aún ella se mostraba tímida con Jevrem, poco hablaba en su presencia, pero en algunas ocasiones daba rienda suelta a un carácter irascible espanta-machos.
La quietud era aplastante para el joven metamorfo que ya no soportaba convivir un día más con ellos, ¡quería marcharse!, abrazar a sus padres, a sus hermanos, besar a Anna…
«Cómete el viejo y luego a la chica —su perversa conciencia le daba órdenes de liberar su salvajismo—; debes recuperarte pronto o estarás así por mucho tiempo».
—Puedo aguantar… —Observaba embelesado el brazo colgante del anciano. ¿Y si se lo arrancaba? Solo sería una extremidad, se las puede arreglar con el otro.
«Sí, hazlo. ¡Aliméntate!»
—No. Ellos me rescataron, han cuidado de mis heridas.
«Con hierbas ineficaces y alimentos frugales».
—Me han calmado el hambre.
«¿Estás seguro?»
Tardó en responder a esa conciencia que daba la impresión de ser su bestia interna que por fin adquiría voz propia desde las profundidades de su alma; ensalivaba por las ansias de llevarse a la boca un buen trozo de carne humana.
Sí.
«Mentirse a sí mismo no te fortalecerá ni llenará tu panza —Jevrem se contradecía como un loco—. Estás débil, famélico. ¿Hasta cuándo podrás aguantar sin clavarle los colmillos a esos humanos? De peces y ensaladas no vive un lobo».
—Yo sí.
«De momento».
El anciano se removió en la hamaca, y Jevrem se levantó de su camastro.
Un brazo…
El izquierdo para que no tenga problemas para pescar o hacer algunas labores cotidianas.
Se detuvo, no podía hacer eso.
«No seas una vergüenza para tus ancestros. Demuestra que todo lo que se mueve por ahí, sirve para comer. Ellos están para ti. Aliméntate».
—Alimentarme.
«Sí, aliméntate».
Cuidando de sus pisadas, se acercó lento hasta Noé, quien no se deba cuenta de que la muerte ya lo estaba acechando.
Este se rascó la mejilla, balbuceó algunas palabras y luego se balanceó un poco en la hamaca, al darle al joven la espalda, mientras se arrebujaba en su cobija. Qué indefenso estaba el humano ante un ser que había emergido de las profundidades del océano.
Lo olisqueó y arrugó la nariz. Noé no era de los sujetos que mantenían frecuente una higiene personal, pero compensaba su ruda constitución; lo que sería una buena masa muscular con mucha fibra para que Jevrem se regenerase por completo.
—¿Qué pasa?
La pregunta intempestiva de Dhalia, lo sacó de sus pensamientos.
Dirigió la mirada hacia la muchacha, empijamada en una bata que las lenguas de fuego de la chimenea transparentaban sus formas femeninas.
Se había levantado para tomar agua; Jevrem lo deducía por la mano de esta sobre un vaso que reposaba bocabajo en el lavavajillas de la cocina.
Lo miraba interrogante y soñolienta a la vez; su cabello alborotado, esperando ella a que él le contestara.
«¿La hueles desde aquí? Es deliciosa…», su bestia interna gruñó por el hambre.
—Sacudía a Noé para que dejara de roncar fuerte —mintió en voz baja—; no me dejaba dormir.
Dio un paso hacia la humana que lucía apetitosa.
«Su carne debe ser jugosa. Aliméntate de ella».
—No.
Dhalia aparentaba no comprender.
—«No», ¿qué…? —Su corazón palpitaba acelerado al observar la imponencia en cómo él, la estudiaba detenidamente, que hasta hizo que se le mojaran las bragas.
«Huélela, está dispuesta. No gritará si la muerdes».
—No deja de roncar —Jevrem señaló con su pulgar hacia atrás. Noé confirmaba el motivo de su desvelo.
Ella rio.
—Desde mi habitación no se escuchan sus ronquidos…
Jevrem sonrió ladino. La invitación estaba abierta. Sus ojos oscuros, depredadores.
«La carne de una humana joven es más nutritiva a la seca y rancia de un viejo», su bestia interna lo animaba en avanzar hacia la muchacha, cuyos pezones erectos empujaban hacia adelante la bata de fina hebra de algodón.
Dhalia se olvidó a qué había ido a la cocina, y, manteniendo la mirada conectada con el náufrago, lo guiaba silenciosa hacia su dormitorio.
«¡Anda, tonto, no pierdas la oportunidad! —se aupaba impaciente—, satisfácete y luego devórala. Estarás en condiciones para nadar hasta Kenai».
Avanzaba, no con las ansias que su bestia interna, e incluso, la misma Dhalia, hubiesen deseado. Vacilaba en si lo que haría sería correcto, eran humanos buenos, de vidas sencillas, que no dudaron en ayudar a un moribundo que escupió el Pacífico.
«Durante un mes más te alimentarás de peces. Un mes. ¡Un mes! Ve por ella: ¡fóllatela y luego trágate sus tripas!».
Jevrem ya estaba dentro del dormitorio de Dhalia.
La puerta cerrada, con cuidado, tras de sí.
La oscuridad envolvía a la humana, solo estaban allí: ella, él y las ansias de retozar.
De su garganta, Jevrem emitió un gruñido bajo, apenas audible para Dhalia, que creyó era producto de la excitación.
Se afanó en desvestirse, sus manos temblorosas, ralentizando sus movimientos mientras deslizaba la bata por encima de los hombros.
Jevrem no la tocaba, se limitaba a observar cómo esta se desnudaba; le concedía unos minutos para apreciar su cuerpo y olfatear su centro.
Es una hembra de escasas curvas y poco pecho, pero agradable a la vista.
Debía tener algún novio en la aldea a la cual él aún no ha visitado, y del que iría tan pronto se deshiciera de las partes que no devorase de sus presas; le causaba cierta emoción ser el único depredador en la isla, no tendría que luchar por comida ni preocuparse de pasar hambre durante ese mes que le tocaba permanecer contra su voluntad.
Tenía todo a su alcance; el amo indiscutible de esas tierras.
—¿Serás bueno conmigo? —Dhalia trataba de sonar seductora, pero los nervios le hacían temblar la voz.
—¿Por qué lo dices? —Esto a Jevrem le causó un leve choque en su raciocinio, porque cuando una hembra estaba en celo, solo se abría de piernas.
—Mi abuelo pactó que me casara con un amigo suyo. Es muy mayor y yo no lo quiero.
—¿Por qué me cuentas esto? —A pesar de su creciente apetito por la humana, la curiosidad por saber sobre sus actos lo sobrepasaban.
Se abrazó a sí misma, cubriendo parte de su desnudez. Le recordaba a…
—Es inevitable que me libre de ser la esposa de un viejo, por lo que deseo que al menos yo… —Se mordió el labio inferior, en un acto que refleja un pensamiento profundo—. Quiero que seas el primero.
Jevrem no se percató que su sonrisa ladina se esbozó en su rostro semioculto por las sombras del dormitorio. Qué excitante era desvirgar a una hembra: la penetración lenta, los gemidos dolorosos, la tensión en la hembra…
—¿No te meteré en problemas? —Fue raro que se lo preguntara, si esa misma noche ella sería la cena.
El miembro se le puso duro a Jevrem ante el leve mordisquito que ella se hacía de nuevo en su labio inferior. ¡Quería mordérselos!
—¿Quieres…? Nadie me ha tocado…
La tela del pantalón, que el anciano le prestó para sus descansos, se desgarró por la rapidez con la que él se despojó de la prenda de vestir.
La tomó por atrás, aún ambos de pie. Dhalia recostó su cabeza contra el pecho del náufrago, jadeando encantada por haber triunfado en su seducción.
No era una entrega romántica; aun así, le bastaba para sus propósitos, lo deseó desde que lo vieron en la playa, en un hilo de vida que pendía de los que lo cuidaran.
Te amo, Anna.
También te amo.
«¡No pienses en ella, concéntrate en lo que haces!», su voz lo increpaba; en medio de la aberrante consumación sexual, su amada emergía del fondo de su conciencia para recordarle a quién él le pertenecía.
—No puedo… —Salió del trasero de la hembra, agitado y enojado consigo mismo por sus cochinos actos. ¿Cómo iba a serle infiel a Anna con alguien que ni él pretendía sostener una relación más allá de una noche de placer? Hasta perdió el apatito.
«¡Pasarás hambre! ¡¡Tómala, haz con ella lo que te dé la gana!»
—¡NO! —gritó. Y con esto empujó a Dhalia que se disponía a posar sus manos en el torso del joven para atraerlo.
—Nadie me rechaza —siseó, molesta, siendo evidente para Jevrem que la humana ejecutaba el papel de una virginal doncella.
«¡Hazla tuya!».
—Dije que… —vaciló, y enseguida sacudió la cabeza, porque de repente se vio subyugado por una fuerza hipnótica—. ¡NO! ¡¡NO!!
Al tratar de salir del dormitorio, una garra lo sujetó del hombro, y lo lanzó con rudeza a la cama.
El golpe fue escalofriante; recuerdos llegaban a su mente de risas perniciosas masculinas, sudor y sometimiento.
Lanzó un golpe a Dhalia, quien había saltado sobre su pelvis.
—¿Por qué me rechazas?, ¿acaso no soy atractiva? —su voz dejó el timbre juvenil para sonar como rastrillo sobre roca.
Una silueta robusta permanecía en el marco de la puerta del dormitorio.
—¡Hazla tuya!, ¡¡insemínala!!
El rudo mandato del anciano, sorprendió a Jevrem, quien agrandó los ojos; lo que él creyó era sus propios pensamientos, resultaron ser de la disposición de otro.
Desesperado por quitarse de encima a la hembra que lo había escogido para que la preñara, pataleaba y lanzaba zarpazos contra esta.
Intentó transformarse, pese a que, al estar en pésima condición, sus huesos se retorcían muy lento. La hembra lo dominaba con una fuerza superior a la que él una vez poseyó.
—¡Apártate, maldita! —gruñía con sus dientes apretados. El anciano había adquirido una forma diferente y se mantenía en su sitio como un alcahuete de su cría.
—Dame lo que quiero —ella demandó, aumentando el tamaño de su menudo cuerpo; según lo que Jevrem observaba debía medir alrededor de dos metros y medio. Una monstruosidad para su gusto.
«Préñala y serás libre».
Jevrem gritó. Las uñas largas de la criatura, arañaban sus costados y sus brazos, impaciente por ser poseída.
Esta vez no.
Llevando al límite su resistencia, Jevrem le dio un puñetazo que mandó a Dhalia patas arriba al suelo.
El pudor pasó a segundo plano; el miembro y los músculos de Jevrem, a tope de su capacidad motriz.
Se levantó rápido en cuanto Noé emitió un gruñido feroz que para nada sonó a las fieras que habitan los bosques de Alaska. Ni siquiera era un vampiro ni un híbrido lobuno de mala genética, este pertenecía a una especie desconocida.
Lo hirió en el pecho.
La mesita de noche voló hacia el anciano, en un esfuerzo de Jevrem de combatir. Dhalia se puso en pie y su estatura se elevó mucho más que el macho.
—Te cuidamos, nos debes eso y más.
—Gracias, pero me mantengo casto. —¿Cómo fue que él había perdido la cordura por esa hembra?
«Eres mío», le dijo en su mente. Su voz taladrando sus neuronas.
—¡Jamás! Mi pito no es para ti, perra —le espetó con el mismo arrojo en la que esta trataba de imponerse.
Patas salieron de los costados de ambas criaturas, extendiéndose hacia el piso como si fuesen tarántulas gigantes.
Jevrem casi se caga en el sitio.
—Lobo tonto: o me follas o mueres...
El golpe de revés por parte Noé, le reventó la boca, casi dejándolo en la inconsciencia.
La pared fue el asidero para que el joven lobo pudiera sostenerse; miraba hacia arriba y luego hacia abajo para escapar de allí.
La cama estaba destrozada como para ser utilizada de barrera de contención; no había ventanas en el pequeño dormitorio, y la única vía posible para huir estaba bloqueada por dos seres salidos del infierno.