Capítulo 12
La sorpresa no pudo ser mayor cuando Anna se topó con los ojos de Zafira Washington, una de las tres asistentes personales de su mejor amiga, Isabel Brankovic.
La celda se estrechó mucho más cuando los carceleros empujaron a Zafira adentro, cayendo esta sobre Anna, quien estaba acurrucada en un rincón, contando el número de rocas que erigían los muros, como entretenimiento para sobrellevar el prolongado encierro.
Durante horas nadie le hablaba. Aún no le arrojaban un mísero trozo de carne ni un vaso de agua. El labio reventado había sanado hacía rato, pero el maltrato general en su cuerpo seguía molestándola. El vampiro que la golpeó tenía puños de acero; vaya que era fuerte.
Se protegió por la hembra que le cayó encima y enseguida se libró de esta, con un empuje de sus brazos y piernas, más que todo, para que los otros no se aprovecharan por estar desprevenida, para atacarla.
Desde que despertó allí, apaleada, solo una amenaza recibió, y no ha vuelto a ver un rostro desde entonces.
Logró sostenerse en pie, pegada desde su esquina, mortificada de los planes que tendrían para ella. Les gruñó, pese a su desventaja; quería volver con sus padres y su lobezno, pero haría estallar esa cosa pegada a su cuello si la tocaban. No sería abusada de nuevo.
Por atreverse a mostrarle los colmillos a los carceleros, estos accionaron un segundo collar que tenía oculto bajo el otro, igual al que tenía Zafira.
Sus piernas perdieron fuerza para sostenerla y sus rodillas chocaron en el suelo, debido a las descargas que recorrían su cuerpo.
Explosivos y electricidad, la combinación perfecta para que un metamorfo se quedara quieto.
El carcelero sonrió ladino por tener a su merced a dos preciosos rehenes, que hacían que su pito se le endureciera. No le gustaban las perras, pero con gusto se follaba a esas dos para que supieran que ellos eran sus verdaderos amos. Serían sus fogosas mascotas.
La mano avariciosa por apretujarle un seno a la más jovencita; luego de que se sacie sobre esta, continuaría con la negrita.
—¡Cerdo! —La patada propinada en el pecho al carcelero, por Zafira, lo estampó contra el muro fuera de la celda.
La acción le valió a la loba que otro de los vampiros apuntara hacia ella el dispositivo que él también poseía; era como un llavero a la mano en todo momento, servía para inmovilizarlas con descargas eléctricas, y también para liquidarlas.
¿Y si se equivocaban de botón?
—¡Arrgggh! —La pregunta pasó por su cabeza mientras sus huesos se estremecían de dolor. Una patada le dio el que pretendió manosearlas, cobrándose la que él recibió.
—Pulgosa de mier…
—¡Deja de patearla o serás el que termine peor! —el compañero jaló al carcelero, interponiéndose entre este y Zafira, que yacía adolorida en el suelo.
El arma de un tercero y un cuarto guardia, apuntaban hacia ellas, en la medida en que los otros dos salían de la celda, obedientes de un mandato que habían recibido de otro con rango más elevado. Zafira jadeaba, pensativa: no las abusarían ni golpearían, ni se mofarían de que serían torturadas…
¿Para qué entonces las querrían allí?
—Gracias —Anna apenas tenía fuerzas para respirar, yaciendo igual que la asistente. Hubiese sido tormentoso revivir un momento humillante que sufrió en la vida.
La cara de desprecio de Zafira fue difícil de ocultar.
Apretó los dientes, y, temblorosa, se puso en pie, preparándose para otra posible entrada de esos vampiros. ¿Por cuánto tiempo el otro contendría al abusador? Este convencería a sus compañeros de hacer una violación grupal a un par de lobas indefensas.
Por su cuenta, Anna se puso en pie. Su camiseta estaba manchada de leche materna, lo que le recordaba que su hijo se debía estar alimentando de los senos de la nodriza, y esto la apenaba, porque no había manera de volver a casa.
Al girar su rostro, sucio e hinchado por las lágrimas derramadas durante horas, sus labios se entreabrieron para formularle una pregunta a Zafira. ¿Qué hacía allí?, ¿fue también atrapada bajo engaños como hizo el señor Spencer con ella? La manipuló a través de la enfermedad terminal de Camila.
—¡Estúpida!
Para cuando se percató de lo que iba a sufrir, recibió un fuerte bofetón.
Anna apenas se sobó la mejilla adolorida, sorprendida de la violencia de Zafira. «¿Por qué lo hiciste?», le expresaba con la mirada, aún sin ser consciente de la escalada de problemas que había causado en la villa por su querer acompañar hasta las últimas a una moribunda.
—¿Ves lo que has provocado, descerebrada? —Zafira le gritaba enfurecida—. Erik puso en peligro su vida por ti.
Anna jadeó.
—¡¿Erik?! ¿Él…? —fue incapaz de terminar la pregunta, sintiéndose profundamente culpable de no pensar en lo que hacía. El señor Spencer utilizó un excelente señuelo que a su vez arrastró a una tonta sentimental, y que por ella otros sufrieron las consecuencias.
Los ojos llameantes de Zafira hicieron retroceder a Anna Morris, pues si esta invocaba a su loba interna, ambas morirían. Al menor cambio de su estructura ósea, los sensores de los collares activarían los explosivos.
—¡Estúpida! ¡Estúpida! ¡Estúpida! —Zafira desahogaba la rabia contenida mientras empuñaba sus manos, con ganas de arremeter contra la maldita alasqueña—.
Erik está en otra celda, golpeado y con una puta bomba en el cuello —señaló el que ella tenía—.
Desobedeció al rey, para venir en tu rescate, ya que, al parecer, a nadie tú le importas.
—Oh, Licaón… ¡Lo sient…!
—No me llores ni te disculpes, estúpida, es a Erik y a nuestros reyes de los que deberás postrarte, si es que tenemos oportunidad de salir de aquí.
—Afronto el castigo que me impongan, pero solo quise acompañar…
—Ya sé por qué viniste, ¡todos lo sabemos!
¿No pudiste alertar al señor Ospina que se quedó a cargo?
O a los guardias… Hay cientos que pudieron impedir la salida de la limusina de la villa.
Tuviste que ser bien estúpida para no pensar en lo que habría de pasar después; esta ciudad es un hervidero de chupasangres envalentonados que ya no tienen un Grigori que los controle.
Harán lo que les plazca, matarán por placer.
Y tú, una loba estúpida que no escucha de razones, nos llevarás a una guerra.
»Si esos hijos de puta vuelven a entrar —agregó, cabreada—, con intenciones de pasarla bien, a expensas de nosotras, me encargaré de que seas tú la primera que yo le vuele la cabeza. De mí jamás hallarás perdón y creo que ni de los reyes… Ellos sufrirán la peor pérdida.
En las horas en que ha estado encerrada, Anna se preocupó por Camila y por ella misma.
No pensó que se efectuaría un impulsivo rescate por parte de Erik y Zafira.
La increpación de esta era el eco de lo que los demás pensaban de ella, por dejarse convencer del señor Spencer; se celebraría más de un funeral en la villa.
—¿Qué piensa Erik de mí? —le dolería que se haya ganado su odio.
Zafira torció los labios en una mueca desdeñosa.
—Que eres estúpida —le espetó, pese a que ella era consciente de que, por los labios del primogénito del Soberano, jamás insultó a la alasqueña.
Más bien la defendía de los comentarios avinagrados de Zafira—.
¿Cómo pudiste hacer algo tan tonto? ¿No pensaste en tu hijo?
—la cuestionó al volverse hacia ella. En la celda no había nada que le indicara que hubiese micrófonos o cámaras de vigilancia, pero de esas alimañas no podía esperar menos; debieron escuchar lo que ella y Erik, planificaban, que tuvieron que separarlos para debilitar el equipo.
—¿Y tú qué habrías hecho si tu madre estuviese agonizando? —Anna replicó cansada de que la señalaran por sus errores—. Sí, la cagué…, lo admito. Pero se trata de Camila, a quien aprecio como a una madre.
—No hables tonterías; que yo sepa, esa humana no te crio, solo te hospedó en su casa.
—Es tan mi madre como la que me parió. Ella ha sido de gran apoyo moral, tanto para Isa como para mí.
Zafira se escandalizó.
—¡¿Así te refieres de la reina María Isabel?!
Pues, ya ves…
—Isabel es como mi hermana mayor: la llamo así por cariño. ¿No te lo ha contado Erik? Él está al tanto de la familiaridad en cómo nos tratamos. —Hasta fue la niñera de sus hijos.
Si Zafira le había propinado un bofetón físico, la alasqueña se lo devolvió sin ejercer violencia; salvo con sus palabras filosas.
—Erik me cuenta muchas cosas —mintió—, como también el plan de salvarte.
Así que, no te engrandezcas por esto, él lo habría hecho por mí y por cualquiera que aprecie.
Es un tonto, pero buen amigo. —Por ella dudaba que se hubiese molestado.
¿Qué habría pasado si hubiese sido lo contrario?
—. Y, en esta ocasión, la que impulsó su «heroísmo», fuiste tú.
Y nadie te perdonará si a él los chupasangres le vacían las venas.
Serás por siempre repudiada en el reino Brankovic.
Anna se deslizó por el muro y se dejó caer en el suelo, porque lo dicho por Zafira pronto sería realidad. Así no sobreviva y de esa celda jamás saquen su esqueleto; su nombre, lo que fue ella, lo que hizo…, la recordarían como la infame que atrae las desgracias.
Y su precioso Jevremcito sería discriminado a causa de la madre que causó la muerte del hijo mayor del Soberano. ¿Por qué no se marchó con su familia cuando su padre se lo pidió? No habrían tenido comodidad en las selvas colombianas, pero habrían estado en paz y libres de toda culpa.
—¿Siquiera sabes algo de la humana? —Zafira inquirió en la medida en que se sentaba contra el muro contrario a Anna Morris—. ¿Murió? ¿La desangraron?
A las preguntas halló una negativa.
—Camila empeoró justo cuando el jet estaba por aterrizar en el aeropuerto. Al momento de percatarme, ya había un vampiro en la cabina.
—¿El señor Spencer…?
—Pues…, el vampiro lo saludó como si fuesen amigos.
—¿Qué vampiro es ese?
—No supe su nombre, me noqueó al segundo de verlo…
—Por casualidad: ¿moreno, barba corta, acento extranjero, elegante y muy sexy, el maldito?
—¿Sabes quién es él? Me dio mucho temor.
—Es el sujeto que nos atrapó —con facilidad. Eso sí que fue vergonzoso—. Es líder del aquelarre de esta ciudad, pero no sé de qué bando.
—¿Bando?
Zafira la escaneó por su gran ignorancia.
—Tú es que no estás enterada de nada, y eso que viviste aquí una buena temporada.
¿Acaso no lees los boletines que han circulado por los clanes o escuchas las emisoras?
Entérese: se bajaron al Grigori de la Casa del León.
¿Si sabes que hay once casas principales regidas por los primeros vampiros existentes?
—¡Claro que lo sé! —exclamó aún acurrucada desde el otro extremo de la celda—No soy una cachorra que se chupa el pulgar. Murió David Colbert. Pero el otro vampiro no es de la misma zona que el extinto Grigori. Su acento es tosco.
—La Casa del León está conformada por varias subcasas que controlan los diversos territorios conquistados por un Grigori —Zafira procuraba aplastar a la alasqueña por estar mejor informada—.
No obstante, su reino está asentado en Inglaterra, también en países que perdieron la guerra.
Como aquí… Ese David Colbert le disputó una buena tajada a Alejandro Cortazar, y, este, viendo que la disputa territorial se prolongaría hasta que no quedara ni un metamorfo en pie, pactó con su contraparte.
Por décadas se ha respetado las invasiones y los ataques enemigos, pero el Grigori inglés murió, y ya no hay quién haga cumplir el pacto por parte de los vampiros. Y tú nos trajiste hasta acá…
Anna no se atrevió a mirar a Zafira. ¿Cuántos problemas le ha ocasionado al reino de Everett Brankovic? A Isabel. A Erik. A Ángel y a las princesitas... A sus propios padres y a su hijo.
—Yo no pensé que… —Se sobresaltó—. ¡Ay, Licaón! —Los cerrojos en la puerta metálica volvieron a descorrerse.
Anna y Zafira se pusieron rápido en pie. La segunda corrió rápido hacia la compañera de celda, para alejarse de la puerta; su mano en el collar bomba, se lo arrancaría para accionarlo. Que murieran todos de una vez. Hasta la idiota alasqueña.
Los ojos de ambas lobas se enfocaron en una ranura que se abrió en la puerta, y, de allí, comenzó a emanar un humo claro y oloroso a vainilla.
Anna tosió, perdiendo el equilibrio en el acto.
Zafira no pudo violentar el collar; sus manos cayeron lánguidas a sus costados y sus piernas se flexionaron debilitadas.
Lo próximo que supo la impetuosa asistente fue que su rostro impactó en el suelo, al igual que Anna que parecía muerta, con ese collar que no se activaba así porque sí.
La imagen de esta se desvanecía en la densa neblina aromática, cada vez más asfixiante en la celda, habían perdido la movilidad de sus extremidades y la furia para morder.
La ingravidez volvía a dominarlas, el estómago se les contrajo y los pulmones batallaban por aire puro.
No había manera de defender su dignidad de hembra, las desnudarían y violarían allí o en otra parte donde estarían, tal vez encadenadas o catatónicas.
El carcelero asqueroso se las arregló para conseguir a los compañeros que solaparan sus deseos insanos; la figura de este –protegido detrás de una máscara de gas– hincó una rodilla al lado de a Anna.
La tomó del mentón, ladeó su rostro varias veces y luego le palmeó las mejillas, para determinar si el gas soporífero surtió efecto.
Zafira y Anna estaban paralizadas.
Sus ojos fijos en los fantasmas encapuchados. Sus pupilas dilatadas y vidriosas.
La primera fue cargada sobre los hombros de uno de los guardias hacia un destino que ella lloraba por dentro, mientras que la segunda, la más joven, oraba por hallar una muerte rápida.
—¿Es cierto que las lobas la tienen caliente?, espero no me lo quemes, porque me voy a enterrar muy profundo en ti…
El vampiro le apretó un seno, y luego se aprestó a deslizar la cremallera de su pantalón.