El Despertar del Lobo Capítulo 11
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Capítulo 11

El golpe en el suelo sacudió a Erik y a Zafira de la inconsciencia.

Aún no eran capaces de defenderse por sí mismos, ni meditar en el lío en el que se habían metido.

Muchas manos los zarandeaban como si les estuviesen esculcando las ropas.

Algo de repente les apretaba el cuello, pero ambos estaban seguros de que no los ahorcaban, se quejaban adoloridos por la caída abrupta, pues era fácil de entender que los arrojaron allí como bultos inertes que querían deshacer.

El malestar estomacal subió hasta la tráquea de la joven loba, y, sin evitarlo, vomitó lo poco que ingirió en la mañana.

De manera instantánea quiso limpiarse las comisuras de los labios y sobarse la mitad del rostro que se estrelló en la dureza del suelo frío y poroso, pero su mano fue detenida en el aire por otras que eran gélidas y que para nada fueron amables.

Chilló. Los destellos de imágenes la obligaban a mantener los ojos entrecerrados; no la dejaban moverse, la trataban como a una escoria.

—Si intentan quitárselo, estallará en el acto. —Un sujeto les advirtió, con resquemor—. Y si no temen inmolarse, a nosotros menos nos importa que lo hagan. Las celdas aguantarán el estallido; a ver cuánto dura su paciencia de pulgosos.

El chirrido de las bisagras de la puerta en el lugar que los arrojaron, se confundió a la vez con las toses estentóreas de Zafira.

Los retortijones, la noqueaban, otra arcada vació su estómago; el líquido pestilente a escasa distancia de su rostro.

Respiraba con dificultad y sentía que todo a su alrededor le daba vueltas.

¿Qué fue lo que inhalaron en la limusina que los efectos seguían afectándola? ¿Fue eso o…?

Rápido se llevó la mano a la garganta, recordando que le habían disparado.

Pero unas manos, esta vez calientes, la detuvieron.

—Zaf… Zaf… Zafira… —Erik también estaba allí tirado, detrás de ella, como si él estuviese agonizando.

—Erik… —la voz le salió ronca como si no hubiese usado sus cuerdas vocales en muchos años.

—¿Estás bien?

—Me siento morir…

—¿Puedes respirar? —A él le hicieron tragar una bala, y, lo más probable que a Zafira también.

—Sí, pero me duele el cuello... —Intentó tocarse la herida, pero recordó de inmediato la advertencia del vampiro; el pitido que escuchaba le calaba hasta los huesos—.

¿Y tú? —Se recuperaron rápido más de los que cualquiera de los suyos hubiese estimado.

¿Les habrán inyectado alguna sustancia que después surtiría extraños efectos o les dieron de beber alguna pócima reparadora para ellos sanar durante el traslado hacia ese lugar?

La herida infligida con un arma de fuego los hubiese dejado aún de gravedad.

—Con un terrible sabor metálico en la boca —dijo, igual de enronquecido a ella—. ¿Te puedes mover? —Con las yemas de sus dedos, le rozó la espalda, y Zafira apenas cabeceó.

—No… —la celda no dejaba de girar como trompo de roca y concreto.

—Estoy igual, aún no soy capaz de sentarme, creo que esta cosa es la causa… —Algo tenían pegado al cuello que les incomodaba la posición en el suelo. La vista aún la tenía borrosa, por lo que le costaba determinar qué era ese bulto extraño en la nuca de su compañera.

Tras un rato, en el que ambos se sumergieron en un silencio reparador para sus respectivas mentes y cuerpo, Zafira se movió con pesadez hacia el lado donde se hallaba Erik.

El rostro pálido de este a la altura del suyo.

—Mierda… —jadeó él al observar en Zafira lo que a los dos le habían colocado—. ¿Qué es eso…? —Levantó la mano para palpar el de ella.

—¡No lo toques! Es lo que nos mandará con Licaón si intentamos quitárnoslo.

Son collares-bomba. —Zafira observaba el que Erik tenía enrollado en su cuello.

El modelo del dispositivo explosivo era burdo: tubos de PVC blanco de un grosor de tres pulgadas de diámetro, por donde el cableado o el compuesto que sea, pasaba por el interior, y del cual a ellos los matarían si hurgaban más de los necesario.

Tres minúsculas bombillitas estaban apagadas y que, lo más probable, se encendían en el conteo regresivo para acabar con sus vidas.

El collar-bomba era un recurso que algunos narcos de la droga utilizaban para intimidar o castigar a los que no se alineaban a sus deseos.

Un silbido por lo bajo.

—Bonitos… —Luego Erik se obligó a ponerse de cuclillas, para revisar a su amiga que volvió a su postura anterior para vomitar una vez más—. A ti sí que te indigestó la dieta de la bala… —La ayudó a sentarse, nadaba en vómito.

—Huy… —Zafira palideció por la ingravidez que sentía su cabeza.

Cada vez más tenía la sospecha de que aquel espectro les inyectó algo, más para atontarlos que para regenerarlos, porque los efectos restaron todas sus fuerzas.

Ha sufrido decenas de heridas, pero nada a lo que estaba padeciendo; le costaba enfocar en un punto determinado; quería estar acostada en el suelo sin importar la incomodidad y la hediondez que se percibía en la celda. Ahí más de un prisionero cagó y orinó…

—¿Te aprieta mucho? —A pesar de que él se hallaba en las mismas condiciones, se preocupaba de que ese collar del infierno estuviese más apretado de la cuenta, y por ese motivo Zafira tardaba más en recuperarse.

—No lo toques.

—Solo lo reviso. ¿Te aprieta?

¡La estrangula!

—Apenas me permite tragar saliva. —Elevó la vista al techo, y su expresión se tornó desalentadora—. Aquí se viene a morir…

Las manos de Erik, acunaron su rostro, y la obligaron a mirarlo.

—Claro que no, ¿entendido? Somos rehenes de ese chupasangre desgraciado; ya veremos qué querrá de nosotros. Pero no moriremos hoy. —Apretó suave sus dedos en torno a las mejillas de Zafira, quien vaticinaba lo que les pasarían.

—Tal vez hoy no, pero mañana sí.

—Pensemos en el hoy, Zafira —su valor era admirable—. ¡Hoy estamos vivos!

Manoteó las manos del joven alfa, enojada por ese positivismo absurdo de alguien que no ha visto los horrores del mundo.

—¿Y con qué fin? —lo cuestionó enojada. Los vampiros suelen torturar durante días a sus prisioneros, para obtener información. Al haber capturado al hijo mayor del rey de los lobos americanos y a la asistente de la reina consorte, les harán sufrir un martirio para que suelten la lengua.

—¡Para lo que sea! —Le sacudió levemente los hombros, aún él manteniéndose acuclillado; de ese modo le expresaba su determinación a no quedarse de brazos cruzados. Haría lo que sea por mantenerse vivos.

—Lo que sea… —Zafira suspiró—. Ese «lo que sea» es… —Se le helaba la sangre de solo pensar en las herramientas que esos seres utilizarían para hacerlos hablar.

Por desgracia, para ellos, los vampiros y los lobos no eran capaces de hipnotizarse entre sí por la fuerza defensiva de sus genes. De ese modo hubiese sido menos doloroso.

Erik sintió remordimientos. Zafira lucía atemorizada y por culpa de él que debió haberla empujado fuera del jet. Ella se habría regresado cabreada a casa, por no tomarla en cuenta, pero no moriría allí en una celda mugrosa.

—No nos harán nada —afirmó, tanto para ella como para él mismo, sobre esa certeza—. ¿Y sabes por qué? Fue por lo que ese hijo de puta vampiro dijo: que lo que él tenga que decir, lo dirá a mi padre.

—¿Y si lo que pretende es dar un escarmiento? Mira lo que tenemos pegado al cuello, lo activarán cuando nos entreguen a los nuestros. —Si es que planean negociar su libertad.

—Es para asustarnos. No podemos cambiar, así que, de momento, conservemos la calma.

—¡Hasta que nos exploten la cabeza! —Se puso en pie y se tambaleó, logrando sostenerse de uno de los muros.

Erik posó sus manos en sus brazos, para equilibrarla, y, ella, olvidándose del linaje del muchacho, se removió enojada.

—¿Sabes qué es lo bueno de esto? —Inquirió, avinagrada, mirándolo de refilón—. Te enseñará a que las normas y las órdenes, jerárquicas se establecieron por una razón. Para ser descendiente de Dragan, eres un idiota.

—¿Por yo querer salvar a Anna? —dejó pasar por alto lo último que esta le escupió, porque sería caer en una provocación innecesaria—. Arriesgaría mi pellejo mil veces por ella.

—¡Y por ese motivo jodes a los demás!

—¡¡No te pedí que me acompañaras en la cruzada!! Ahí tú fuiste la idiota.

—Para mantenerte a salvo —gruñó, pegada su espalda contra el muro, estaba por sentarse de nuevo.

—¿Y sirvió de algo?

Silencio.

Mirada ceñuda.

Labios apretados.

Al ser la «inteligente» del dúo, Zafira resultó tan tonta como el cabezota que pretendía enfrentar a los vampiros, sin un plan trazado con anterioridad.

Los atraparon tan fácil que, en cuanto se enterasen en la villa, de su conjunta ineptitud para rescatar a otros, se reirán de ellos hasta el día en que sus huesos reposen en el sepulcro.

Ni lucharon ni averiguaron nada del paradero de esa alasqueña descerebrada que secundó a ese humano de doble cara. Jamás debieron confiar en un sujeto que, durante años, fue aliado de vampiros.

—Sirvió en que ahora tengo las cosas claras.

Erik aguardó a que terminara de hablar. La escrutaba con la mirada, pues ella había arriesgado mucho por él, y no obtenía agradecimiento o disculpa de su parte.

—Me imagino: «En lo estúpido que soy».

—En lo que somos —replicó entristecida—.

O en cómo los demás pronto nos verán: seremos el ejemplo de lo que no se debe hacer; nuestros nombres serán tachados de Libro de los Linajes Familiares.

A ti, tu familia te extrañará, pero la mía me repudiará.

—Su infancia fue una constante comparación de los éxitos acumulados de sus primos; sus tíos paternos y maternos eran los que se encargaban de comentárselo.

Erik imitó la pose de Zafira, en donde ella permanecía apoyada con sus piernas ligeramente estiradas hacia adelante como si fuese un contrapeso para que el muro a su espalda no la aplastara.

Ambos mirando la gruesa puerta de acero.

Cuando la abriesen tal vez ellos morirían.