El Despertar del Lobo Capítulo 10
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Capítulo 10

Los ruidos provenientes del exterior de su celda alertaban a Camila: pisadas de unas botas de suela gruesa, murmullos y algo más que arrastraban se colaban por el bordillo de la puerta metálica.

Se agachó y niveló su oído hacia esa ranura que le permitía captar con mayor claridad lo que sus carceleros comentaran.

Uno de ellos se quejó de que el «pulgoso» era muy pesado, por lo que Camila determinó de que habían atrapado a un hombre lobo.

¿Alguien que de manera terca seguía viviendo en la ciudad o se trataba de un posible rescatista?

La angustia la hizo pensar en alguien proveniente de Montana, Everett habría mandado su ejército para rescatarla.

¿Y sabrán que ella está allí, cautiva desde hacía quién sabe cuánto tiempo? ¿Fue por eso que la trasladaron de lugar?

Olfateó a través de la ranura; el polvillo que levantaban los carceleros al arrastrar lo que sea que arrastraban por esos pasillos mohosos y tétricos, llenó sus fosas nasales de un aroma que casi la embriaga. Se rascó desesperada por el fastidio y estornudó varias veces; la garganta le picaba.

Volvió a pegar la nariz, al bordillo de la puerta, decidida a descubrir si en efecto era alguien conocido…

—¡Atrás, vejestorio! —La punta de la bota del carcelero pateó con rudeza la parte baja de la puerta. El impacto del golpe y el estruendo ocasionado, impulsaron a la anciana, de echarse hacia atrás, mientras sus tímpanos zumbaban dolorosamente.

Se masajeó los oídos en un acto instantáneo de recuperarse del mal rato, impidiéndole escuchar lo que afuera comentaban.

No obstante, ninguno se ocupó de ocultar sus aromas.

El que pateó la puerta, expelía a sudor rancio y a flores de cementerio. El compañero que se quejaba parecía que se pudría por dentro, y el tercero que abría una de las puertas contiguas se había acabado de duchar con jabón azulillo.

Otro aroma sobresalía de estos, y de inmediato el corazón de Camila se agitó, porque no concebía que esto fuese cierto.

Sin levantarse del piso de frías baldosas, la anciana se mantenía cerca del bordillo de la puerta, deseando poder derribarla; ¿quién fue el que no se molestó en pensar por un segundo en el desmadre que ocasionaría?

, la Casa Brankovic se dirigía a su extinción, porque ignoraba si Everett y sus hombres hayan perecido por acudir a rescatarlos.

Oh, Conroy…

¿Dónde estaba su amor? ¿Quién más estaba en las mismas condiciones que ella?

Poner sus dedos sobre la correa activaría el dispositivo que le volaría la cabeza en una contundente explosión. Sus restos quedarían salpicados en las paredes de gruesos muros de piedra y puerta de acero, que, por más que ella la haya golpeado con sus puños no pudo derribarla.