El Despertar del Lobo Capítulo 9
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Capítulo 9

Los pestillos de las puertas se bajaron tan pronto los dos metamorfos se acomodaron en el amplio asiento trasero de la limusina.

Se toparon con la mirada desdeñosa de un moreno alto, de barba corta y atractivas facciones en extremo pálidas, cuyos ojos –rayados y amarillos como los de un gato del infierno– les advertían a los jóvenes de mantenerse quietos o les iba a ir mal si desobedecían.

Zafira estudiaba las probabilidades de salir viva de allí, y, de momento, solo les restaba seguir las instrucciones que les indicaban.

El humano se subió al asiento delantero, perdiéndose su figura tras un cristal oscuro –al igual que las ventanillas– que dividía la cabina delantera de ellos.

Demasiada pasividad por parte de este les helaba la sangre.

—Entréganos a la chica y a la anciana, y nos marchamos rápido de aquí —Erik rompió el incómodo silencio, sin notarse que en su fuero interno temía morir.

El vampiro medio sonrió en su pose soberbia.

—«La chica y la anciana» —repitió en un deje burlón—. Hay millones de chicas y ancianas en mi ciudad. ¿De cuáles te refieres?

El gruñido bajo de Erik amenazaba con tornarse violento.

Mala idea.

¡Ah, pero que muchacho tan tonto! ¿Acaso no sabe quién es él?

El vampiro le mostró sutil sus colmillos al metamorfo, en una muestra airada de que se atreviera a ser violento, a ver qué le pasaba. Esa tarde tuvo que levantarse antes de la hora acostumbrada por culpa de dos pulgosos con claras intenciones de fregarles a ellos la paciencia.

La mano de Zafira se posó en el muslo de su compañero, para que se calmara. Estaban en una peligrosa desventaja, no sabían con quiénes en realidad negociarían; en esa cuidad merodeaba toda clase de alimañas.

—Anna Morris y Camila Spencer —respondió ella por Erik, cuyas uñas convertidas en garras volvieron a retraerse. Le iba a dar una oportunidad a esa rata de traje y corbata.

—¿Le es familiar el apellido de la segunda? A que sí, ¿eh?

—Por supuesto, cachorrito, como la de miles por ahí…

—Hijo de…

—¿Las tiene en su poder? —Zafira interrumpió a su avinagrado compañero, del cual tenía mucho que aprender en este tipo de situaciones tensas, donde un comentario airado podría bloquear toda posibilidad de negociar con estos más adelante.

A veces el enemigo se convertía en «camarada», para alcanzar objetivos de mutuo acuerdo.

A la dama de sucio aspecto y hermoso rostro afrodescendiente, el vampiro le hizo un gesto de, «les tenemos malas noticias», pero a cambio, respondió:

—Solo a una. La otra, me temo, está fuera de mi amparo.

Erik parpadeó.

—¿Cuál de las dos ya no goza de su hospitalidad: la joven o la anciana? —La tía Camila estuvo muy grave, tal vez no soportó el traslado. Pero no podía descartar que hayan matado a Anna, al intentar defenderse. Ella sola contra esos vampiros…

—Esa respuesta solo la sabrá su apreciado progenitor. No usted ni su bella amiga.

La rabia que arremolinó su ser, lo impulsó a lanzarse enardecido contra el vampiro, por lo que pasaba en ese instante por su cabeza. ¿Cuál de las dos sufrió un escarnecimiento por ser lo que es: la loba del bando equivocado o la humana por considerarse alimento?

En un jadeo mortificado que Zafira no pudo hacer nada sino observar todo en cámara rápida de cómo Erik, de un segundo a otro, perdía el control. Ni tiempo le dio de extraer sus garras y colmillos, cuando el cañón de un arma alargada escupió un proyectil hacia Erik.

Este cayó sobre el respaldo del asiento. Se ahogaba con la sangre que brotaba del hueco de su garganta.

Zafira intentó arrebatarle el arma al vampiro, pero un segundo fogonazo la empujó violento hacia atrás, en las mismas condiciones que su compañero. Su vista se nublaba, la respiración le fallaba, la noche se convirtió en un abismo profundo.