Capítulo 8 #2
—¡Quítatela! —repitió. Sus pupilas dilatadas.
El hombre se despojó de la prenda, apenas su pecho peludo cubierto por una franelilla. Zafira no pretendía despojar a una mujer, porque la dejaría vulnerable a sujetos que podrían abusarla; en cambio, a este del cual robaba, buscaría ayuda tan pronto ellos desaparecieran de su vista.
Erik observaba casi melancólico de cómo Zafira cubría sus senos con la camisa del humano. Le quedaba holgada, pero le asentaba bien. Su feminidad no disminuía con ropas masculinas.
No exigió el pantalón, porque ella notó que el humano libidinoso tenía el trasero sudado. Así que aguardó al siguiente que no le inspirase asco. Un elegante hombre, casi de la misma contextura de Zafira, fue el que tuvo que «ceder» su prenda de vestir a la joven metamorfa.
Justo al frente de ellos, un taxista frenó abrupto y dio un cornetazo a un delivery que pasó veloz en su bicicleta, sin prevención del semáforo en rojo. Erik aprovechó el incidente y tomó del brazo a Zafira para instarla a cruzar rápido la calle.
—Estás fría… —le llamó la atención, y enseguida esta se apartó de él, un tanto molesta.
—Te dije que tenía frío. ¡El agua estaba helada!
—¿Sí? —No le pareció. Aunque, él no se amilanaba por «el frío» del que se quejaba su compañera.
El calor del ambiente y el corporal ocasionaron que sus ropas se secaran rápido; sin embargo y a pesar de haberse cambiado, Zafira tiritaba, más por la mortificación del improvisado rescate que por el chapuzón que ambos se dieron para evitar ser atrapados en el aeropuerto La Guardia.
Además, Erik no estaba seguro de que su propio padre hubiese alertado a la Torre de Control o se habría puesto en contacto con algún dirigente neoyorquino; él desobedeció a las advertencias, si esto le valdría una paliza se las aguantaba, pero a Anna y a la tía Camila las rescataban.
Resultaba una necedad pasar desapercibidos por la ciudad, estando ellos descalzos y desarreglados.
Aun así, nadie les hacía comentarios por andar en esas fachas.
A cada tanto miraban por sobre sus hombros, esperando que algún sospechoso los persiguiera.
No usaron los servicios de un taxi o un autobús; las horas pico del anochecer ralentizaría el flujo vehicular, por lo que era más prudente movilizarse por sus propios medios, que ser sorprendidos por algún maldito, por estar atascados en el tráfico de las ocho de la noche.
—La casa de tía Camila está en SoHo —por la acera vadeaban a los transeúntes en sentido contrario a estos—. Tenemos que movernos hacia el este, por la calle Spring. ¿Eres capaz de llevar mi paso?
Resopló.
¿La cree tortuga?
—¿Cómo crees que logré subirme al jet? ¡Obvio que sí! Pero ir hasta esa casa no creo que nos sirva de ayuda. Sigue mi consejo: una escuela o secundaria con piscina…
—SoHo.
—¡No!
—¿Por qué no?
—Si la señora Spencer, está agonizando, el esposo la debe tener ingresada en un hospital.
Rio desdeñoso.
Y enseguida miró con cara de pocos amigos al humano que le silbó a la irreverente fémina de pies mugrosos, por hallarla atractiva. Que fuera a joder a otra parte.
—No creo que el señor Spencer se haya tomado todas esas molestias por cuestiones de salud —volvió a centrarse en Zafira, que levantaba muchas miradas masculinas por donde pasaba.
A algunos sujetos él les advertía silencioso a que mantuviera el hocico cerrado, por si la confundían con alguna indigente de buena complexión física, del cual podría aceptar una mamada por veinte dólares—.
Tuvo que haber pactado con algún chupasangre.
—¡¿Para convertirla?! La señora Spencer está… —la joven asistente sonrió apenada por lo que iba a decir—, está muy anciana para ser vampira. Esos seres, en esas cuestiones, son muy quisquillosos. La imagen, ante todo.
—La amistad también —replicó Erik—. Tal vez no la conviertan, pero no sabemos cómo vaya a reaccionar el organismo de tía Camila: una gota de la sangre de un vampiro podría sanarla.
Ambos cruzaron de nuevo por la siguiente calle. El piso de las aceras eran tibias, pero el asfalto caliente. Casi corrieron para no quemarse las plantas de sus pies.
—¿Y Anna? Ella ha tenido tiempo para comunicarse y no lo ha hecho.
—La deben tener cautiva, por precaución…
—O premio por el favor recibido.
A Erik lo invadió el deseo de destrozar a todo chupasangre que se topara en el camino.
—Primero, asegurémonos de que están en SoHo.
—Es peligroso, habrá gente esperando.
—Es el lugar más viable. Tyson solía comentar con los muchachos sobre los refugios de contención cuando el celo acalora a las hembras.
Anna convivió unos años con tía Camila, y luego sola…
Si ella, los acompañó, y está pasando por alguna etapa transitoria de las hembras, estará allá encerrada hasta que se le pase.
Busquémosla y ella nos dirá dónde tienen ingresada a tía Camila. Así las salvamos a las dos.
—¿Te estás escuchando? —Zafira lo cuestionó—.
La señorita Morris no sería tan idiota de arriesgarse de esa manera, y más con la señora Spencer que está enferma de cáncer.
Ella querría cuidarla. ¡Y no creo que esté en esa casa, encerrada a que se le pase algún celo!
Más bien… —dio un saltito para evitar pisar una plasta de mierda de perro—.
Mas bien el señor Spencer tuvo que haberla negociado, como moneda de cambio, a sus antiguos amos.
—No sería tan hijo de puta.
—Por la esposa, sí. La señorita Morris no es nada para él.
—Insisto en que vayamos a SoHo…
—No.
—Hacia una puta piscina no iré. Tenemos que movernos, Zafira.
—¿Y hacia dónde sugieres? —Vaya plan de rescate tan improvisado.
—Permítame orientarlos hacia allá… —Una voz, detrás de ellos, les erizó de mala manera la piel.
Erik se volvió hacia este y gruñó.
Zafira le mostró los colmillos de loba.
—La supervivencia de ambos y la de sus amigas dependerá de que ustedes dos obedezcan —agregó un hombre caucásico, ataviado en un costoso traje de diseñador, sin temer a ser lastimado. Ni siquiera los resquicios del sol sobre este le hacían daño a su piel. Era un humano.
Con gesto elegante, el hombre señalaba hacia la puerta abierta de una limusina blindada.
—Si mis amos, hubiesen querido, ustedes ya estarían muertos. No hagan las cosas más difíciles y suban antes de que lo tengan que hacer a las malas.
Erik se percató que, a través de las ventanillas de los edificios de cristal, eran observados por un millar de vampiros. Y el sol ya se escondía.