El Despertar del Lobo Capítulo 8
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Capítulo 8

Los rascacielos, apenas visibles por la neblina, indicaban de lejos a los dos pasajeros de que se aproximaban a destino.

Erik se quitó la camisa robada y se concentró en realinear la estructura ósea de su cuerpo bípedo a cuadrúpedo.

Sin embargo, Zafira lo detuvo antes de que sus ojos mundanos ardieran en ímpetu y sus colmillos reflejaran la ferocidad de los ancestros.

La cabina no tenía el espacio suficiente y la resistencia para soportar a dos lobos descomunales.

El jet terminaría impactándose a tierra antes de sobrevolar la ciudad.

—Hay que cambiar porque nos caerán encima en cuanto aterricemos —Erik le replicó a Zafira, quien ni se inmutó por la voz gutural del joven alfa.

Los espías de los vampiros vigilaban durante el día los aeropuertos por donde ingresaran posibles enemigos.

Una aeronave proveniente de Montana ya debía de haber levantado alarmas.

—No vamos a llegar de la manera tradicional —Zafira había estudiado los posibles escenarios, y ninguno a los dos les iría bien.

La miró, receloso, si no es en la pista del aeropuerto, ¿dónde pretendía ella que el piloto descendiera el jet?

Por fortuna, no volaban en helicóptero; habría sido más fácil que el piloto los dejara a ellos sobre el techado de un edificio alto o a las afueras de la ciudad, donde ningún chupasangre de mierda los atrapara.

Pero haber volado en un aparato rotatorio de dos plazas les habrían tomado varios días y múltiples escalas para abastecer de combustible.

No eran aeronaves que cubrían largas distancias.

Arqueó las cejas.

¿Acaso esa loca pretendía…?

—El jet no es anfibio —le expresó su preocupación a la asistente—, nos destrozaremos al impactar en el río. El Hudson se hacía visible por entre los puertos y edificios.

—Saltaremos.

Y tragarían bastante agua.

—El jet no lo soportará, sufrirá una descomprensión si se abre la compuerta en pleno vuelo.

—No pasará eso —Zafira hacía el amague de ponerse en pie. Erik le atajó el brazo, de la misma manera en cómo ella le interrumpió su transformación—. El jet está diseñado para nivelar de inmediato el cambio brusco de presión en la cabina. Creí que sabías ese detalle…

—Lo sé —masculló, avinagrado y avergonzado al mismo tiempo por no haberse acordado que la flotilla aérea de la Corona podía surcar los cielos sin repostar entre aeropuertos.

Hasta los pilotos estaban entrenados para evadir misiles antiaéreos y aterrizar en terrenos no aptos para una aeronave con menos capacidad de vuelo del que ellos viajaban—.

Es solo que me tomaste desprevenido. ¿De a cuánta altura saltaremos?

—Se darían un buen golpe al clavarse en el canal del río.

—Prepárate —ella anunció mientras se dirigía hacia la compuerta. La mano en la manija. La atención puesta en Erik. Los pies de este bien plantados en el piso metálico de la cabina; sus manos aferrándose a los apoyabrazos de su asiento. Zafira estaba loca, el aire la succionaría.

Y abrió la compuerta.

De no ser por su condición de loba, Zafira habría salido expulsada sin ningún paracaídas.

Solo sería ella, sus gritos y el aleteo desesperado por salvar su vida mientras caía en picada.

Lo que estaban por hacer era algo parecido, con la diferencia de que Danny descendería a una altura razonable para ellos, y luego hacia el Hudson, en un salto controlado.

A Erik se le nubló el raciocinio por la ventisca que sacudía con fuerza la camisa masculina que usaba Zafira.

Se la había levantado hasta la cintura, amenazando con desnudarla por completo. La pelvis de la asistente de su madre casi lo hipnotiza.

—¡Levántate! —lo gritó para hacerse escuchar por el ruido ensordecedor que causaba la ventisca—. ¡Camina con cuidado, porque si tropiezas, caemos ambos de cabeza al agua!

—¡¡Lo sé!! —Se estaba volviendo muy mandona.

Atendió las indicaciones; sentía que las ráfagas lo agarraban de la camisa y los brazos y lo halaban hacia la abertura de la compuerta para lanzarlo fuera como si fuese basura.

—Pídele a Danny, de virar al oeste del Hudson, en un descenso de 35 grados —Zafira le ordenó como si ella estuviese a cargo de la misión—, y luego que ascienda para que aterrice en LaGuardia.

—¿Vamos a saltar o a aterrizar?

—¿Por qué crees que te pido que le digas que descienda por el río?

Erik la miró hosco.

Mandona.

La orden fue emitida al macho gamma, quien enseguida viró el timón hacia la zona indicada.

Se escuchó que por el radiotransmisor de la cabina del piloto alguien trataba de comunicarse. Danny no contestaba, mantenía curso directo hacia el Hudson.

Erik rogó a los dioses de que las aves no impactasen contra los motores, o el piloto perdería el control, y ahí solo sus dientes reconocerían de entre las cenizas.

—Ya estamos casi sobre el Hudson. ¿Preparado? —Zafira lucía decidida a darse un clavado vertical extremo.

—Si no hay alternativa…

Ella medio sonrió. Erik lucía preocupado.

—No la hay.

Sin soltar el agarradero que la mantenía inmóvil, en su sitio, extendió la mano libre hacia el primogénito del Soberano, para que juntos saltaran al vacío. Pero este, apretó el ceño, no era un chiquillo asustadizo.

Aparentando dignidad masculina, echó un vistazo de refilón por la ventanilla a su derecha, y casi se arrepiente de hacerlo. Pero la mano que aguardaba por él, lo animó a comportarse como en lo que lo han entrenado durante años.

Ignoró a Zafira, y saltó al agua, en un grito que odió porque sonó como si lo estuviesen matando.

Zafira lo siguió.

En ella no hubo gritos.

El agua salpicó con violentas gotas que se elevaron por más de dos metros, los dos pasajeros arriesgaron partirse el cuello.

Las burbujas, los rodeaban, Erik descendió mucho más al fondo que Zafira, por ser más pesado.

Por un instante, hubo desorientación, manoteo bajo el agua, y luego los rayos solares que cruzaban las capas de agua, los guiaron a ambos hacia la superficie.

Jadearon por aire, sonrientes y aliviados de una caída exitosa.

Zafira señaló hacia el muelle que se vislumbraba a unas millas náuticas. Había gente cerca que se percataron de lo sucedido.

Nadaron hacia la orilla, y al salir por la parte baja del muelle, Zafira mostraba un seno.

Erik tuvo que mirar a otro lado, ahora tendría esa imagen en su cabeza durante mucho tiempo.

—¡Carajo! —Ella, avergonzada, procuraba abotonarse rápido la camisa empapada de agua.

¿Quién la habrá visto? Miró ruborizada a Erik, y, este, con sus ropas chorreando por donde se movilizaba, se distrajo al preguntar la hora a unas turistas ataviadas en minifaldas, que le sonreían coquetas y le preguntaban a qué se debió el salto.

Zafira, respiró aliviada y terminó de abotonarse, agradeciendo al cielo de que Erik no se diera cuenta—.

¡Huy q-qué frío!, tendremos que cambiarnos de ropa o nos congelaremos, tengo la piel erizada…

—expresó, a pesar de que las aguas del Hudson aún se mantenían tibias por la fuerte incidencia de los rayos solares veraniegos que hubo en esa ciudad durante el día.

Aun así, Zafira mentía sobre el clima, mientras echaba maldiciones para sus adentros por la escasa indumentaria que usaba.

Tendría que apoderarse de algún conjunto de vestir o volvería a pasar vergüenza por estar mostrando las tetas o el culo a los humanos o a los vampiros.

«¡Eh, mírenme las tetas!», las mostraría para distraerlos mientras Erik los noqueaba.

Sería toda una experiencia que escandalizaría a sus padres y hasta al señor Ospina. «¡¿Para eso la entrenamos?!»

Piel erizada y pezones erectos…, Erik no pudo evitar volver a pensar en esa parte anatómica femenina que de manera inquietante le hacía palpitar todo su ser.

En la medida en que cruzaban la playa, los humanos que transitaban por las parcelas del mirador, les tomaban fotos y vídeos por la proeza que acabaron de hacer.

Asumían que se trataban de dobles de acción, de alguna película que se filmaba, y de cuyas cámaras debía estar montada desde algún malecón o edificio.

La escena no requirió de segunda toma; nadie expresó en voz alta «¡Corten!

», Erik y Zafira fueron recibidos por ese público, con aplausos, que no pensaron atestiguar su, disque, incursión furtiva por la ciudad.

Debían darse prisas antes de que los vampiros buscasen el modo de atraparlos.

A pesar de ser las 7:30, para anunciar la noche, aún contaban con la luz del día.

—¿Adónde vas? —Zafira inquirió en cuanto Erik se dirigía a un establecimiento de ropa deportiva que había por el sector.

—A cambiarnos.

—Las ropas tienen que contener el aroma de los humanos. El sudor de estos nos disfrazará momentáneo hasta que debamos reemplazarlas por otras.

—¿Y si nos rociamos perfume?

—Nos percibirán tan pronto nos acerquemos a sus madrigueras. Ropa de humanos y lodo.

—¿Y por el metro?

—Lo mismo que con las cloacas: están vigiladas. De momento, nos mantendremos bajo lo que nos resta de sol. Tenemos que darnos prisa, ya está por caernos la noche, debemos refugiamos primero en alguna zona escolar donde halla piscina; el cloro a ellos les afecta el olfato más que a nosotros.

Erik hizo un mohín.

—¡¿Estaremos metidos en una piscina toda la noche?! Nos causará escozor en la piel…

—¿Y qué lugar sugieres, entonces, del que no nos pillen mientras ellos puedan desplazarse por ahí a sus anchas? —lo desafió a contestar y este le torció el gesto, porque no había un lugar que fuese cien por ciento seguro de ser atrapados antes del próximo amanecer.

Al primer humano que pillaron fue a un sujeto que se acercaba en sentido hacia ellos, mientras miraba la pantalla de su móvil.

Su paso por la calle quedó interrumpido ante las dos personas que se atravesaron, con las ropas empapadas; miró con desconfianza al más alto, pero sonrió lascivo al fijarse en la semidesnudez de la mujer de piel oscura.

—Quítate la camisa —Zafira le ordenó, y este arqueó las cejas.

—Por ti lo que sea… Pero no hago tríos con tipos.