El Despertar del Lobo Capítulo 7
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Capítulo 7

—Siquiera, dale unos días más, a tus piernas de recuperarse de la larga inactividad que tuvieron; no podrás soportar la caminata hasta la aldea…

—Noé le comentaba a Jevrem, desde el marco de la puerta de la cabaña, mientras este, cojeando por el doloroso tirón que le producía las cicatrices, se dirigía en sentido por donde Dhalia le había informado esa mañana durante el desayuno, a donde debía ir para pedir ayuda.

—Mis piernas están bien —a pesar de lo evidente, mintió en su afán por comunicarse con su padre para que movilizara la búsqueda según las coordenadas de la isla Pulk.

A causa del tiempo en que estuvo atrapado en la inconsciencia, debieron haberlo dado por muerto, y, conociendo los caracteres envalentonados de su familia, Anna tuvo que dar muchas explicaciones.

Si es que logró llegar al bote.

¡Lo logró!, ¡ella lo logró!

Siguió por su camino, dejando atrás al anciano que mascullaba palabras ininteligibles por la terquedad del muchacho.

—Claro que lo logró… —se repetía a sí mismo para calmar su angustia.

Descendía una pendiente verdosa que le hacía apretar los dientes por mantener un ritmo que excedía la capacidad de sus piernas flacuchas.

Cada paso que daba vibraba en las cicatrices, como si las heridas no hubiesen sanado bajo las capas de su piel.

El fémur de su pierna derecha emitía corrientazos que recorrían toda su extensión y estallaba en explosivos chispazos en la rótula de su rodilla.

Al menos tenía la pierna completa—. ¡Hijo de…

! —El tobillo se le torció al pisar en falso, rodando Jevrem un tramo preocupante cuesta abajo.

—¡Dhalia! ¡Dhalia! —Noé enseguida llamó desesperado a su nieta. Esta salió del interior de la cabaña; la mano envejecida del anciano apuntaba temblorosa hacia el punto por donde cayó el náufrago.

—Le dije que no saliera, pero es terco —la joven gruñó molesta, porque tendría que cargar el peso de ese sujeto larguirucho.

Llegó hasta Jevrem. Este mascullaba increpaciones mientras se sobaba la pierna.

—A ver… —le extendió las manos para que se las tomara y así se apoyara sobre ella—. ¿No te pudiste aguantar hasta que estuvieses más fuerte?

—Lo siento, tenía que ir… —se avergonzó de tener que darle la razón. Dhalia hacía que él la rodeara con su brazo sobre sus hombros, y lo conducía de vuelta a la cabaña.

—Nosotros podemos ir por ti —replicó de manera hosca a escasos metros de donde Noé aguardaba—. ¿Acaso no confías en lo que te dijimos?

—Sí, pero…

—Aquí nadie posee un móvil ni radiotransmisor.

—¿Por qué?

—Su terquedad le valió que su pie se hinchara.

Mira cómo lo tiene —Noé no dejó hablar a Dhalia, quien enseguida trasladó el peso del cuerpo del joven hacia los hombros nervudos del abuelo—.

Vamos… —lo llevaba hacia el interior de la cabaña, y a Jevrem le provocó gruñir de la impotencia de tener que esperar a que estos pidiesen ayuda en la aldea.

No se opuso a las órdenes del humano ni replicó a las increpaciones de Dhalia, él apenas tenía fuerzas para caminar; le estaba pidiendo a su cuerpo maltrecho más de su capacidad.

Era consciente de que su malestar se prolongaría hasta que probase la dieta de las carnes blandas.

Pero desde que era cachorro le tenían prohibido consumirlas, por un juramento que el clan de bisabuelo Dragan, se propuso cumplir para evitar levantar alarmas entre la población humana, y también con la finalidad de desarrollar resistencia cuando se relacionaran con ellos.

Aunque era una ley flexible.

En ocasiones como las que Jevrem ha pasado, uno que otro humano «se esfumaba» de la tierra y terminaba en el plato de una familia metamorfa que se alimentaba tradicional. Solo la fuerza de un bípedo era capaz de nutrir a un lobo. Y él tenía dos humanos al alcance.

Y una aldea completa…

Rengueando, y, de la ayuda del anciano, dejó caer su cuerpo con pesadez sobre el camastro, donde se vio obligado a permanecer hasta que los humanos considerasen no se fuese de bruces al suelo.

Esta vez la almohada no la sentía cómoda y el colchón delgado del camastro le parecía de piedra.

Aún no se valía por sí mismo, por no alimentarse como era debido; los peces saciaban su hambre y aplacaban su bestialidad, pero la debilidad, sus heridas… tardarían en sanar.

—Por favor, señor Bummer, pagaré lo que me pidan: ¡un millón de dólares!

¡¡Dos millones! —exclamó mientras el anciano le quitaba los zapatos—.

Necesito un bote para salir —cuanto antes— de la isla.

—Era lo más viable, ya que no habría modo de comunicarse con su familia.

Que lo dejaran en el puerto o civilización más cercano que tuviera telefonía.

—Mañana —le sobaba el tobillo lastimado y Jevrem hizo un gesto adolorido—.

Está por caer un aguacero; fíjese en las nubes…

—Señaló hacia la ventana abierta, del cual el joven, desde el camastro, podía observar el exterior—.

Menos mal que te tropezaste. Nadie en la aldea te hubiese ofrecido su casa, para guarecerlo de la lluvia, y te habrías resfriado mientras te devolvías a la cabaña o aguardabas, a la intemperie, a que te buscáramos.

¡Ella lo habría refugiado!, pensó Dhalia, que no le pasó por alto lo que el náufrago ofrecía por un poco de ayuda. ¡¿Dos millones de dólares?! Lo que ella haría con todo ese dinero…

Jevrem puso cara de fastidio. ¡Qué humanos tan exagerados! ¿Resfriarse por una insignificante lluvia? Ni siquiera enfermó de pulmonía de lo que padeció en el mar.

«Anna… ¡Anna!» —la llamaba en su mente como última alternativa para saber de ella.

¿Cuánta sería la distancia máxima en la que el lazo telepático se mantenía unido?

La ha llamado muchas veces…—. «Anna, me…

¿Eres capaz de comunicarte conmigo?» —Hasta ese instante no había analizado del porqué los dos tenían esa capacidad telepática.

Puede que él, por su precognición, lograba introducir sus propios pensamientos en la cabeza de otro, pero… ¿y Anna? Ella era una hembra común.

Tal vez podía «hablar», si él estaba cerca, y al marcar distancias, ¿escuchaba?

Ojalá fuese así.

«No soy un fantasma que te habla desde el más allá —le expresó mientras que Dhalia metía unos leños cortados a la chimenea, para encenderla, ya que el clima solía cambiar abrupto en la isla, y Noé le daba fuego a su pipa, de cara él a la ventana con vistas al Mar de Bering—.

Estoy vivo, Anna. ¡Logré salvarme de los tiburones!

—Asumió que ella podría alterarse por este hecho—.

Estoy bien; con algunas heridas, pero no de gravedad» —tal vez lo estuvieron, han pasado…

Aún no le han dicho cuántos días transcurrieron desde su rescate.

Notó una vez más sus manos huesudas, sus brazos famélicos, su extremo cansancio.

Lucía como un omega enfermizo.

—Señor, Bummer, ¿cuánto ha pasado desde que me rescataron? Mis piernas están débiles –para ser un metamorfo– por la larga inactividad, como usted dijo. ¿Cuántos días llevo aquí? —Se lo había preguntado un par de veces más y estos se hicieron los desentendidos, al estar «ocupados» en sus labores.

Dhalia acomodó el último madero en la boca de la chimenea y luego lanzó el cerillo encendido para envolver la cabaña en el calor que les daría abrigo. Durante el día sudaban mucho pese a ser primavera y en las noches tiritaban de frío. Ese día el clima estaba raro.

Noé dio una calada a su tabaco, en un gesto que no presagiaba una buena respuesta.

—Mucho.

—¿Qué tanto: una semana? —El hermetismo del anciano, lo preocupó bastante, porque daba la impresión de que cuidaba sus palabras—. ¿Un mes? —Mierda, la angustia se estaba apoderando de su ser.

Noé respiró pesado.

Dhalia lo increpó con la mirada para que contestara de una vez.

—Tres —por fin se apiadó—. En más de una ocasión estuvo a punto de fallecer por sus heridas graves. Tuvo mucha fiebre…

Jevrem jadeó.

¡¿Tres meses?!

¡¿Tres…?!

—¿Y nadie de la aldea se preocupó por informar a la Guardia Costera del continente? —inquirió estupefacto y Noé sacudió la cabeza—. ¡¿Por qué dejaron pasar tanto tiempo?!

—¡Porque estamos atrapados!

—¡¡Dhalia!! —Noé, la increpó, con una mirada intimidante. En sus ojos, una advertencia silenciosa.

A Jevrem le causó incertidumbre la respuesta de la hosca humana, ¿a qué se refería con «atrapados»? ¿No podían salir a causa del mal tiempo o ella estaba aburrida de vivir en una isla lejana?

Miró a través de la ventana, hacia la playa que abarcaba toda su periferia y casi suspira apesadumbrado. El sol apenas se vislumbraba por entre las nubes grisáceas que prometían en breve bañar cada rincón de Isla Pulk.

—Señor Noé. Señorita Dhalia…, les agradezco por mantenerme vivo —su réplica fue sincera—, pero, son pescadores, ¿no?

Me refiero a los aldeanos, ellos deben tener canoas, lanchas…

—Ahora que lo pensaba, Jevrem no le había visto algún bote anclado en la playa o una canoa recostada en la cabaña de Noé, al no ser usada.

Este hizo un mohín mientras sostenía su tabaco humeante en la comisura de sus labios.

—El mar ha estado salvaje —dijo en un tono pesimista—; las pequeñas embarcaciones habrían quedado destrozadas por la fuerte marea.

—¿No hay una más grande? ¿Un barco mediano?

—consultó, preocupado. Algunas aldeas eran conocidas por su aislamiento del resto de las civilizaciones, contando apenas con las llegadas periódicas de los navegantes que los abastecían de productos de primera necesidad.

La nieta de Noé debía ser la parte que se resistía a ese estilo ermitaño de vida.

—Llega una vez al mes —le contestó—, y eso fue justo ayer.

¡Maldita sea por no preguntar antes!

—¡¿Tendré que esperar otro mes?! —De ninguna manera lo permitiría, quién sabe por cuáles penurias estaría sufriendo Anna con respecto a sus padres.

«Estoy vivo, Anna. Ten paciencia, pronto estaré contigo».

Que su desespero por verla no lo orillara a tomar medidas drásticas.

Si tenía que nadar y arriesgarse a que los tiburones lo atacasen de nuevo, lo haría.

Sería un infierno esperar a que los días pasaran lento hasta que un barco o un bote atracase en la isla.

Ahora comprendía por las que Dhalia, pasaba. Comenzaba asentirse atrapado.