El Despertar del Lobo Capítulo 6
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Capítulo 6

El pasajero que pensaba tomar el vuelo comercial hacía Filadelfia, terminó con un lapsus mental que no supo explicar al guardia que lo encontró desnudo y tirado en la zona del estacionamiento, de qué fue lo que le pasó.

Lo mismo le sucedió a un sujeto, cuya camisa perdió después de sufrir un puñetazo venido de la nada.

Pero nadie se percataba que, en cualquier momento, sus vidas peligrarían.

La mayoría estaba sumergida en sus móviles, en las salas de espera, o pendientes de las pantallas de los próximos vuelos.

El jet –uno de las siete aeronaves que pertenecían a la flotilla de la Corona– estaba listo para dirigirse a la pista de despegue, el piloto –bajo amenaza– posó la mano en la manija de la compuerta para cerrarla.

La sobrecargo y los pasajeros –empresarios deltas que se dirigían a Miami– tuvieron que ceder al mandato del joven alfa de ascendencia real, sin que ninguno de ellos pudiese protestar.

Antes de que el piloto de la aeronave, cerrara la compuerta, una figura femenina de repente se introdujo por el espacio abierto, y se deslizó veloz sin que la compuerta la golpeara en la espalda.

Erik gruñó.

—¡Largo, no me obligues a ser rudo contigo!

—No pretendo enfrentarme a ti. —Jamás conseguiría detenerlo, era el doble de fuerte que ella—, te acompañaré.

—Entonces, no me estorbes. ¡Tú, date prisa! —le ordenó al piloto, y este enseguida terminó de cerrar la compuerta, y moverse hacia la cabina.

Desde el interior del hangar, el piloto se comunicaba con el personal de la torre de control, notificando que estaba próximo a tomar la pista.

Mientras tanto, Zafira permanecía junto a la compuerta cerrada, apenas ella cubierta con una camisa masculina, dudando de si ocupar uno de los asientos o hacerle compañía a Danny Phelps, quien en ese instante se avocó a encender los motores del jet.

Aunque, si no la invitaban a sentarse o ir a la cabina de los controles, su obligación era de no moverse de ese sitio durante el vuelo.

—Siéntate, me pones nervioso verte ahí parada —Erik le espetó mientras sus ojos recorrían lentamente las piernas desnudas de la asistente. ¿A qué hombre le habrá robado la camisa?

Zafira se sentó en el asiento contiguo a Erik.

No hubo explicación por parte de Danny, de «abróchense los cinturones», o «estas son las salidas de emergencia».

A moderada velocidad rodaba la aeronave a través de los amplios portones abiertos del hangar, hacia afuera, y recorrió un corto trayecto hasta que uno de los señaleros le indicó con sus balizas fosforescentes, en alto, de aguardar un rato hasta que ellos asegurasen el libre tránsito hacia la pista.

—¿Papá? —Erik le preguntó aprensivo. Este debía estar cabreado por su desobediencia.

—No lo sé, solo te seguí.

—¿Por qué? Si intentas convencerme, pierdes el tiempo.

—Solo quiero ayudarte.

—¿A entorpecer? —la cuestionó—. Llegando a LaGuardia, te devuelves.

—No.

—Obedecerás. ¡Mírame a los ojos! —Le evadió la mirada—. Zafira, mírame a los ojos. —Lo sorprendía su actitud, nunca se había comportado de esa manera. Y desconfiaba de ella, porque era la viva imagen de la obediencia hacia la reina.

—Morirás antes de salir de aquella zona aeroportuaria —le explicó, previniendo de no obedecer su mandato. Si lo hacía, terminaría en medio de la pista, como una loca que se atravesó luego de consumir una gran cantidad de estupefacientes—. Sé cómo movernos sin ser detectados por los Nocturnos.

—¿Crees que no soy capaz de rescatar a tía Camila y a Anna?

—Aún no sabemos si fueron raptadas. Escuché el mensaje de tu… amiga. El humano se llevó a la señora Camila a morir a su casa. Quiere su hogar, no el nuestro.

—Anna peligra mientras esté allá.

—¿Y si ella no quiere volver? Tengo entendido de que tenía planes de marcharse a Colombia.

—No sin sus padres y su hijo.

—Ta vez se aprovechó para desprenderse de ellos, ¿no crees? —replicó con soterrada inquina en el timbre de su voz; sus ojos aún puestos en sus manos que descansaban temblorosas en su regazo.

—¡Qué sabes tú, no la conoces! —gruñó, justo en el instante en que el jet giraba para acomodarse en el punto donde la torre de control le permitiría hacer el recorrido para levantar vuelo—. La conozco mejor que a ti. Anna no abandonaría a los suyos por deseos egoístas. Es una hembra íntegra.

Como una valiente heroína en batalla, Zafira se aguantó el filoso puñal que Erik le clavó en el pecho, de forma despiadada.

Por supuesto que no conocía a la otra, ella solo era una de las tres sosas asistentes de la reina María Isabel, que cumplía fiel sus órdenes y se aguantaba las bromas pesadas del primogénito, que no ostentaba el título de «Alteza Real», por haber nacido junto con su gemelo, fuera del matrimonio.

—También lo soy, Erik: tan íntegra y leal como cualquiera que presuma sus aspectos positivos ante los demás…

Y si dije que te ayudaba, es porque así lo haré.

Discúlpame si cuestioné las acciones de la señorita Morris; todo fue tan…

—Los ojos de Zafira se agrandaron aterrados al mirar a través de la ventanilla de Erik—. ¡¿Ese es el Soberano?!

El joven se volvió hacia donde Zafira miraba, y lanzó una increpación por lo bajo. Sus padres corrían hacia el jet, que, por fortuna, iniciaba el recorrido a máxima velocidad en la pista.

Su cabeza se impulsó hacia atrás, al igual que la de Zafira.

La cabina estaba inclinada hacia arriba, manteniéndolos a ellos pegados contra el respaldo de sus asientos; la aeronave se sacudió un poco; un ruido indicaba que el tren delantero se guardaba para luego emprender la travesía por el firmamento.

Danny giraba el timón para tomar la ruta hacia la ciudad de los rascacielos; la radio emitía las órdenes de un sujeto, de volver a la pista; al parecer, los hombres de su padre sometían a los empleados de la torre de control; no recibían contestación, y las órdenes cada vez eran más demandantes.

—¡Erik ordena al piloto de aterrizar de inmediato! —la voz de Luttrell crepitó autoritaria a través de la radio. Danny no atendería hasta que el joven no lo liberara de la hipnosis.

—Apaga eso —Erik le pidió al piloto, no soportaba escuchar más, su mente bullía por todos los planes que ideaba y posibles contratiempos que enfrentarían, se meterían en terrenos dominados por sus peores enemigos.

—Nos van a esperar en el aeropuerto…

—A ti —le espetó—, porque yo no me voy a dejar atrapar.

—Erik —lo miró, atribulada—, no es prudente ir por ahí a las malas.

—Por eso te devuelves.

—No. —En cuanto este dilataba las pupilas, para doblegarla, ella apretaba sus párpados.

—Te obligaré a mirarme.

—Ajá… Me sometes, ¿y qué…? ¿Qué planes tienes para «rescatarlas»? ¿Ir hasta la casa de la señora Camila? ¿Sabes dónde vive ella? —Él asintió, pero como ella no lo miraba, le dijo que sí—. Perdona, pero deberías dejar que tu padre resuelva esto, estaremos invadiendo terreno.

—Iremos a Los Hampton. No invadimos nada, allá ha vivido mi familia por muchos años.

—No en estos tiempos —Zafira aún se mantenía en su «ceguera» autoimpuesta—. Esos vampiros lo tomarán como una provocación, están muy alterados con lo de su Grigori; no meteremos en un avispero.

—¡Pues, que me piquen las avispas! Sin Anna no vuelvo a Montana. Y tú no estás obligada de acompañarme.

—Debo hacerlo si piensas sacarla de la ciudad.

—¿Y qué sabes tú si solo eres…?

—Anda, dilo: «¡una asistente!». Tenías razón: no me conoces, sé cómo moverme en estos casos.

Erik la miró desconfiado.

Vaya mentirosa.

—Si eres tan buena, en lo que haces, explícame cómo nos la vamos a librar con los chupasangres que están en el aeropuerto. —Él pensaba arrancar unas cuantas cabezas y atrapar a uno de estos y golpearlo hasta que soltara la lengua.

—Simple: debemos impregnarnos del aroma de los humanos.

—Yo ya uso una prenda que tomé prestada de uno, pero tú… —Miró sus muslos—. Te falta cubrirte.

—No me dio tiempo, ya habías ingresado al galpón. Usaré las de Danny, tiene más o menos la misma contextura a la mía. —El gamma era delgado.

—Luego, ¿qué? ¿Nos movemos sigilosos por las alcantarillas?

Zafira puso cara de asco.

—Podría servirnos, si los que debemos de ocultarnos fuesen metamorfos, la fetidez cubrirá nuestro rastro. Pero los sujetos son vampiros, no podemos confiarnos de las alcantarillas, ellos se mueven en la oscuridad y esos lugares suelen ser vigilados.

—Hasta en el infierno podrían seguirnos.

—Y lo harán. Tenemos que ser muy cautelosos. Si sigues mis indicaciones, salimos de esta.

Él no parecía seguro.

—A ver cómo te la ingenias para no ser detectada; a cada minuto estas ropas que usamos adquieren más nuestro olor. Si nos libramos de los sujetos en el aeropuerto, acepto tus indicaciones. Pero si la tenemos difícil, te mando derechito a Montana, así sea en taxi.