El Despertar del Lobo Capítulo 5
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Capítulo 5

—Escúcheme bien, hijo de puta murciélago de mierda: si Camila Spencer o Anna Morris resultan lastimadas por la imprudencia de su lacayo, a ustedes los exterminaré de esa ciudad —Everett lanzaba vociferaciones a través de su móvil mientras que Isabel, sentada a su lado en la parte trasera del jeep, se mantenía atenta a la airada conversación telefónica entre su esposo y aquel sujeto que ella tuvo la desventura de conocer a las afueras de la academia de ballet Nubes y Zapatillas.

—Más bien, el imprudente es usted al amenazarnos con ese vocabulario tan soez —Kerenor le respondió en un tono desafiante en su voz—, no nos colmen la paciencia, porque nos olvidaremos de los tratados que firmaron nuestros amos, y los arrasaremos hasta que ningún pulgoso quede sobre sus cuatro patas mugrosas.

Ya le dije que no tenemos en nuestro poder a la humana y a la loba, y si nos las cruzamos en el camino, se las devolvemos enteritas y con los litros de sangre completos en sus venas. ¿Entendido?

La respiración pesada de Everett se expulsaba directo sobre el auricular. Estaba que lanzaba zarpazos, por el coraje, ese condenado vampiro tenía la capacidad de sacarlo de las casillas.

—Le doy tres días para que las encuentren y las devuelvan, o tendrán más problemas de los que están enfrentando en estos momentos. No le temo a sus amenazas.

—Tampoco yo a usted. Pero como soy indulgente, le ayudaré a rastrear con quién Conroy pactó. Le aseguro que conmigo no fue. En tres días, como máximo, las tendrán devuelta. Tiene mi palabra.

—Bien.

—Por cierto… Luego de esto, nos deberá dos favores.

Y colgó.

A Everett le provocó estrujar con sus propias manos el cuello de Kerenor Zakharov y luego arrancarle la cabeza de un fuerte tirón y patearla lejos de él para que se desintegre en el monte.

Se apiadaba de la memoria de su abuelo Dragan y de su padre Stanislav, por ellos haber tenido que lidiar, durante sus mandatos, con semejante ser repulsivo.

La mentira y la extorsión formaban parte de su estrategia para lograr sus ambiciones.

—Señor… —Lutter, desde el asiento del copiloto, lo llamó. Su móvil recién apagado—. Maxwell nos alerta de que su hijo Erik se alejó de la caravana.

El Soberano dirigió la mirada hacia el jefe de seguridad, e Isabel jadeó preocupada.

Pidió detener el jeep, y enseguida salió para atrapar a ese mocoso que no piensa sus acciones.

—No, Isa. Es mejor que no nos acompañe. —Luttrell ya estaba quitándose la ropa para no desgarrarla cuando invocara a su lobo interno.

—También es mi hijo. Y te conozco, Everett, lo traerás magullado por los golpes.

—¿Y qué prefieres: qué otros te lo devuelvan destrozado? Se recuperará rápido de las mordidas en sus patas.

Isabel se envaró en toda la extensión de su metro setenta de estatura.

—Por más veloz que sea Erik, él no cruzará a pie las autopistas hasta Nueva York. Tomará un transporte que lo lleve rápido hasta allá. Y ¿cuál sería entonces?

Ambos comprendieron que el más efectivo sería uno tomado en el aeropuerto.

La camisa de Everett quedó desabotonada y la chaqueta arrojada en el asiento trasero. Por ese instante, Isabel respiró aliviada, él no iría tras su hijo, como un energúmeno, pues al estar en medio de los humanos tendría más posibilidades de que se calmara para evitar escándalos.

—No es necesario que te quites los zapatos, tú no…

—Ni pienses que voy a esperar a que lo busques y le des unas trompadas mientras yo estoy en el jeep sentada como si nada. —Así él, aceptase a que ella lo acompañara, la velocidad de Everett haría que Isabel acelerara sus pisadas, y, por extensión, sus tacones se partirían.

Correría descalza para alcanzar a su hijo.