Capítulo 4
Los dedos de Erik no paraban de teclear sobre su móvil.
Durante el vuelo, sin escalas en el jet, había realizado varias llamadas telefónicas y enviado algunos textos a Anna Morris, sin que esta se molestase en responder.
«¿Por qué fuiste tan tonta en marcharte sin avisar?
», fue el primero texto que le envió en un tono enojado para que nadie en la cabina se diera cuenta del cabreo que lo azotaba.
El siguiente lo envió diez minutos después cuando Anna no lo atendió con la celeridad deseada.
«¿Ya están en casa o en algún hospital? Dime exactamente dónde, responde rápido».
A los treinta minutos, el tercer texto fue más airado: «¡Dile a ese hijo de puta de Conroy que le partiré en la jeta, los dientes postizos que tenga, si no se devuelven a Montana!».
Una hora más tarde, le escribió preocupado:
«¿Tía Camila se murió?, ¿qué pasa que no contestas?».
Y volvía a escribir…
Dos horas después, tras aterrizar en el aeropuerto de Bozeman, Zafira lo observaba desde el asiento posterior del jeep.
El sol de las tres de la tarde incidía feroz sobre el costado derecho de Erik, quien parecía no afectarle que su piel se achicharrara; Ángel estaba justo detrás de la silla del copiloto, donde su hermano se hallaba sentado, insistiendo este de contactarse con la mentada alasqueña.
El Soberano se trasladaba en el rústico que iba delante de ellos; las princesitas y Ángel compartían asiento con Zafira, estando los cuatro un tanto apretujados.
Ángel se mantenía callado y las cachorritas dormitaban en medio de él y la asistente de la reina María Isabel, cayendo vencidas desde que comenzaron a rodar por la vía con destino a casa. Winona recostada contra el brazo de Ángel, y Erika en el Zafira.
—Si papá no lo mata, yo lo haré. ¿¡Cómo se le ocurre a ese hijo de…?
—Erik… —Maxwell lo reprendió en voz baja mientras manejaba—. Cuida el lenguaje.
Erik echó un vistazo sobre su hombro izquierdo hacia sus hermanitos y luego a Zafira, quien nada le expresó. Solo un intercambio de miradas incómodas.
—¿Cómo se le ocurre al señor Spencer en llevarse a tía Camila, en ese estado, y a Anna?
¡Es un idiota! —manifestó su rabia al chofer-guardaespaldas que les asignaron durante la travesía hacia Villa Dorada, porque no pudo convencer a su padre, de dejarlo a él, en tomar un vuelo a Nueva York, para traerlas de vuelta.
O al menos mandar a una comitiva para custodiarlos.
Pero este lo ignoró, con su móvil pegado a la oreja, mandando mensajes tan pronto escuchaba los recibidos.
—No creo que Anna haya sido obligada —Maxwell comentó mientras manejaba hacia Villa Dorada, tras cuatro horas de vuelo desde Anchorage—. Tuvo que haber sido al revés…
—Anna no sería tan imprudente.
—¿¡Tú crees? Hablamos de Anna Morris: la reina de las metidas de pata.
—Erik le gruñó y este solo sacudió la cabeza, poco preocupado de que el joven lo moliera a los golpes—.
Anna es impulsiva —agregó a pesar del cabreo del muchacho.
Tal vez se angustió por la anciana humana, y lo convenció de llevarla a esa ciudad.
—¿Por qué si acá están los oncólogos? No, Maxwell, fue el señor Spencer. Él debió estar desesperado.
—Pero las puso en riesgo. ¿Para qué llevar a su esposa hasta allá?
—Para prolongar su vida más de lo que un humano común podría —el comentario de Zafira hizo que Erik de nuevo se volviera hacia ella con la angustia reflejada en sus ojos—. El señor Spencer tiene conexiones. ¿Sabes cuáles son?
Ni era necesario de pensarlo.
—Vampiros… —escupió él y Zafira asintió—. Frena —pidió al chofer y este lo miró sin comprender—. ¡Frena!
La ruda orden de Erik causó que las cachorras se sobresaltaran y Ángel se preocupara.
—¿Qué es lo que…? ¡Erik! —Maxwell frenó abrupto en el instante en que la puerta del piloto se abrió, estando aún el vehículo en plena marcha.
Erik saltó fuera, mortificado por lo que le pudiera pasar a Anna; en el caso de que los vampiros aceptaran algún pedido del humano, a su amiga no le iría nada bien por ser metamorfa.
Los pies de Erik no lograron el apoyo en la vía, rodando estrepitoso por haber perdido el equilibrio. Se levantó de inmediato y corrió en sentido hacia el pueblo antes de que Maxwell hiciera el amague de atraparlo.
—¡Lleva a los cachorros hasta la villa!, yo me encargaré de traer de vuelta al primogénito. Avísele al Soberano y a la reina.
—Debería ser… ¡Zafira! ¡¡Carajo con estos dos idiotas!! —Maxwell se vio en la disyuntiva de ir tras ellos o poner a buen resguardo a los descendientes reales.