El Despertar del Lobo Capítulo 3
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Capítulo 3

Las especias y el bacalao negro, a la brasa, despertaron el sentido olfativo de Jevrem.

Desde el fondo de la inconsciencia captaba esa delicia culinaria; sus glándulas gustativas, que hasta hacía poco estuvieron secas, ensalivaron en grandes cantidades, provocando que su estómago gruñera y las garras de sus manos se alargaran.

Por leves instantes soñaba en que se llenaba la boca con el pescado que «atrapó de la nada», preparado ya para comer.

Tragaba con desesperación, apenas los bocados masticados; la piel crujiente, la jugosidad de sus carnes blancas escurría de la comisura de sus labios; sus dedos húmedos y grasientos, sus manos temblando; los modales en la mesa los dejaría para después de que el hambre estuviese saciada; los olores del mar inundaban el comedor.

Sus pies estaban sumergidos hasta los tobillos en agua helada que, desde el exterior, había inundado la estancia donde se hallaba; no le importaba si se resfriaba o los muebles se estropearan, esto era normal para él, porque así debía cerrarse los ciclos en las cosas creadas por las personas de manera desconsiderada.

Lo que antes formó parte del tronco de un longevo árbol de gran tamaño, ahora se pudriría por la acción enfurecida de los elementos.

La naturaleza reclamaba a la fuerza lo que era suyo; se lo habían quitado violento, pues violento lo reclamaba.

Por entre las patas de la silla y de la mesa nadaban algunos pececillos dorados y los bacalaos con su forma alargada como espadas. Jevrem solo tenía que bajar la mano y lanzar el zarpazo hacia los más grandes, y los atrapaba cocinados.

Comía y comía, y el estómago seguía vacío. Más peces atrapados, más peces lanzados devuelta con el espinazo visible al «riachuelo circundante».

Comenzaba a molestarse; le agradaba el aroma de su alimento, pero no lo satisfacía; se removía en su puesto, ¿cuántos bacalaos negros más debía tragarse para no tener que sufrir por ese ardor en su estómago?

Comía, comía… Los bacalaos eran cada vez más grandes, sus dientes diminutos se alargaban, su jeta ensanchándose…

Gritó cuando, el pez que sostenía para devorarlo, lo mordió en la cara.

¡Carajo!

Jevrem casi se cae del camastro al despertar sobresaltado, a gradeciendo que aquel pez monstruoso haya sido producto de una inanición que aún no ha sido aplacada.

Mmm… Las aletas de su nariz se abanicaron al olfatear lo que en la pesadilla le provocó un hambre voraz. Qué rico huele lo que se está cocinando.

—¡Abuelo, el náufrago despertó! —Una chica de cabellera castaña exclamó desde el área de la cocina. Miraba a Jevrem, con su expresión asombrada y también pendiente a que, desde la puerta principal de la cabaña ingresara la persona alertada.

Ni bien pasaron unos segundos, el anciano hizo acto de presencia y se dirigió sigiloso hacia el joven que intentaba ponerse en pie.

—Le aconsejo que se mantenga recostado, si se levanta, sin antes haberse alimentado, sufrirá una baja de tensión —le advirtió en la medida en que empujaba suave al joven contra el camastro—. Han sido… días en la que ha estado recuperándose.

¿Días?

—Cjh… Gjr… —A Jevrem le costaba hablar; la pregunta batallaba por salir de sus labios trémulos. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que…?

Buscó a Anna.

Y se inquietó.

—Gj… ¡Gj! —¡Qué le pasaba que no era capaz de comunicarse como los demás? ¿Dónde está Anna? ¡Dónde! Abría la boca en su esfuerzo inútil de expresar su preocupación, pero apenas emitía sonidos como los de un lobezno que aprende a pronunciar sus primeras palabras.

—Estás en mi casa —respondió, el humano, bastante entrado en años—, lo hemos cuidado desde que lo recogimos en la playa. Allá apareció usted una mañana. Tuvo suerte de lo que sea que le pasó…

Jevrem trataba de recordar. ¿Qué fue lo que le pasó?

Oleaje fuerte.

Burbujas.

Dolor en su garganta.

Dolor en su pierna…

Lanzó de manera violenta la cobija a un lado para descubrir sus extremidades inferiores.

—Mucha… Mucha suerte… —Al anciano aún le parecía increíble que el joven desconocido haya logrado sobrevivir.

Los dientes de sus atacantes estaban marcados con centímetros de profundidad en el muslo derecho y en los brazos, que debieron haber tratado de protegerse de forma instintiva.

Por lo general, los tiburones mordían y arrancaban extremidades en el acto.

Eran despiadados. Los más mortíferos de los mares y océanos.

Al joven aquella vez no le correspondió morir.

¿Y qué fue de Anna?, Jevrem se desesperaba por darse a entender. Carraspeaba para aclarar su garganta, lastimada por toda esa agua salada que tragó al tratar de nadar rápido hacia la superficie y por el dolor latente que padecía en su pierna derecha.

Tocó la herida.

Anna…

Debió verlo todo.

«¡Nada lo más rápido que puedas hacia el bote! ¡¡No esperes por mí, vete!!».

Si es que logró ponerse a salvo.

—¡Ggg! ¡Gggh! —¡Maldita sea, ¿por qué no podía hablar?! Esto se estaba convirtiendo en algo muy frustrante.

—Cálmese, ha pasado por un fuerte trauma. Es normal que su cuerpo no le responda como quiere. El Creador tiene pensado algo especial para usted, para querer salvarlo de dicha situación…

Jevrem miró avinagrado al humano de rostro recio y greñas blancas desordenadas. «Creador…». Si Anna estaba lastimada por culpa del maldito de Édgar Ruíz, no creería en ningún dios salvador.

Con manos desesperadas, hizo la mímica de la silueta de una mujer de cabellera larga. Ella nadaba hacia el bote.

—Eh… —el anciano se volvió hacia su nieta—. Dhalia está aquí. ¿Desea hablar con ella? —La aludida de inmediato se acercó; sus mejillas tersas ruborizadas.

El cabeceo de Jevrem fue enérgico.

Manos crispadas indicando de que se trataba de otra chica de la cual él necesitaba saber. «¡Morena! ¡Hermosa! ¿Dónde está ella?».

El anciano comprendió.

Dhalia se decepcionó.

—Lo vimos solo en la playa… Había una caja de madera que fue arrastrada a la orilla.

Caja… ¿Y el bote?

Sus manos hacían que giraba un timón invisible a ojos de los humanos, pero no para la imaginación del muchacho angustiado por su amada. La mano derecha navegaba sobre «aguas» que surcaban el aire.

La expresión apenada del viejo pescador y la sonrisa afligida de la chica paralizaron a Jevrem.

—No había ninguna embarcación a la vista, solo la caja…

Allí está… —el humano señaló hacia el rincón de la sala—.

Aún no la hemos abierto. No sé si hubo un naufragio; aunque es obvio que sí, usted hizo lo posible por sobrevivir...

Lo siento, a la isla no llega información de ningún tipo, y nosotros carecemos de medios para conectarnos con el continente.

La desolación ensombreció el rostro de Jevrem. Oh, Licaón… Ninguna embarcación.

Solo lo hallaron a él y a la caja que usaban para el contrabando de aquellos bandidos. Y si no avizoraron ningún tipo de madera que perteneciera al bote, es porque este debió tomar rumbo a las costas de Kenai. Por extensión, ningún tiburón alcanzó a Anna.

Ahí la zozobra lo atenazó. ¿Ella sabía navegar?

En caso contrario, el bote se habría mantenido a la deriva. Ella tuvo que haber pedido ayuda a través de la radio. Alguien debió haberse dado cuenta; sus hombres presenciaron lo que sucedió en la casa; se separaron durante la persecución; él fue el primero en rastrear al maldito que raptó a Anna.

Pidió papel, para escribir, pues con señas le tomaría una eternidad por no darse a entender.

Dhalia removió en el cajón superior de una cómoda que parecía reservada para ella, porque era el único mobiliario en la cabaña que tenía mejor apariencia con respecto a las sillas rotas y la mesa manchada por el paso de los años.

Extrajo una libretita roja, anillada, y un bolígrafo negro, y enseguida se lo entregó con una sonrisa apenada.

Le gustaba tanto que no se atrevía a mirarlo a los ojos. ¿De qué ciudad provenía?

Jevrem observó la libretita, viajando él por los recuerdos de su pasado, cuando escribió aquella carta en la que se despedía de Anna.

Deslizó la cubierta hacia atrás, y escribió. «¿Dónde estoy?». El anciano le había dicho que en una isla. Pero ¿exactamente en cuál de las tantas que había en las Islas Aleutianas se hallaba?

Los dos humanos intercambiaban miradas, y un debate silencioso se manifestó entre ellos.

—En Pulk[1] —el anciano reveló—. Aquí hay pocos habitantes. Están del otro extremo de la isla.

Jevrem hacía memoria de lo aprendido en la escuela y de las veces en que él y sus amigos circunnavegaron las cadenas de islas volcánicas, y no recordaba que alguna se llamara de esa manera.

Aunque existían cientos de estas, deshabitadas; el nombre en sí de la isla podría ser bautizada por algún isleño a su propio juicio; el anciano y la chica daban la impresión de no ser sociables con el resto del mundo.

Mostró el papel con su puño y letra[mm1] :

«¿En la aldea hay teléfono?»

—No —respondió el anciano que se acomodó en una de las sillas del comedor de dos puestos. Su camisa abierta, mostrando el los pelitos canosos de su pecho broncíneo—. ¿Recuerda algo de lo que le sucedió?

Jevrem se encogió en el camastro.

Enfrentamiento. Gruñidos. Caída al mar. Tiburones. Mordidas. Sangre.

Sí, recordaba todo.

«Tormenta —Por supuesto, una mentira escrita para sacar mayor información, no iba a revelarles lo que era él, se aterrarían—. Estoy preocupado por mi amiga. No sé nada de ella. ¿Nadie en la aldea ha sabido nada de nada?».

—Nadie —para el anciano sí hubo una víctima: la chica desaparecida en las aguas del Pacífico—. Ay, joven, lamentamos no saber de ella…

Dhalia se marchó a la cocina, muy pendiente del nombre que escuchó una vez de los labios del náufrago cuando estuvo convaleciente. Ahora ni era capaz de mencionarlo.

Jevrem se lamentó para sus adentros, su mirada perdida. A Anna la raptaron de su propia casa, y él no pudo impedirlo por estar dormido.

«¿Divisó algún bote?»

Escribió con mayor rapidez, ya el humano le había dicho que no, pero él quería asegurarse. Por desgracia, este sacudió negativa la cabeza.

«Nada más vio lo que el oleaje trajo a la playa?».

—Solo a usted… —Ahí al anciano le atizó la curiosidad—. Perdone, ¿quién es usted? Mi nieta y yo nos lo hemos estado preguntando.

Mostró el papel, luego de escribir con fluidez.

«Jevrem Brankovic».

Del Clan Brancovic.

Hijo de Damir y Radojka Brankovic.

Sobrino del aclamado Soberano Everett Brankovic.

Pero lo calló. ¿A quién le importaba su linaje si estaba tirado en un camastro?

«Soy de Kenai».

—Mucho gusto —el anciano sonrió—. Yo soy Noé Bummer y mi nieta es Dhalia. Nuestra vida aquí es sencilla: vivimos el día a día…

La sartén sonó ruidosa al ser depositada de manera tosca en la estrecha encimera de la cocina. Dhalia lucía malhumorada.

El humano miró por encima de su hombro hacia la joven, y esta evadió su mirada recriminatoria. Los bacalaos ya caían sobre cada plato; a Jevrem lo atacaba el hambre, y si no se alimentaba pronto, terminaría por tragarse a los dos humanos. Y esa no sería la primera vez que lo hiciera.