Capítulo 2
Al momento en que la incredulidad se había apoderado de los chamanes y los jefes de las tribus, estos observaban la reaparición de los híbridos en medio del camino serpentino.
Kamiakim apenas expresaba en su fuero interno sus plegarias a Aningan, dios de la luna, pues a causa de la impresión perdieron hasta el habla.
Las dos figuras plantadas sobre las piedras ardientes volvieron a ser visibles frente a sus ojos.
Pero no eran los mismos que ingresaron allí para librarse de una maldición que no les correspondía.
La tormenta cesó. Los aullidos, los bramidos y hasta los aleteos de las aves se volvieron a escuchar por la travesía terrestre y aérea del entorno nocturno. El paso de los seres superiores, los dejaron a todos con el pecho oprimido y las bocas abiertas, siendo conscientes de lo que presenciaron.
Con una pregunta interrogante, reflejada en su rostro, el jefe de la tribu Peaux noires, intercambiaba miradas desconcertadas con Ma-cheil, quien fue el primero en ser capaz de sacudir la cabeza, para asegurarse de no haber sido el único que se paralizó por completo.
Bendecidos todos por presenciar el descenso de los dioses.
Parpadeó, para salir del aturdimiento, y comprendió lo que Kamiakim trataba de preguntar; enseguida se encogió de hombros; lo que contemplaba lo hacía dudar de ofrecer una respuesta concreta. ¿Fallaron?
—¡Ángel, mi bebé! —Al verse liberada de las ataduras invisibles, Isabel corrió hacia el hijo menor y lo apretujó entre sus brazos, como nunca en su vida, llorando ella de felicidad y también de otro sentimiento que no quería expresar en cuanto sus ojos rodaron consternados hacia el hijo mayor.
El pequeño híbrido buscó el abrigo de sus progenitores, sonriendo con esa afabilidad que derrite corazones. Él estaba bien al igual que su hermano, que no lo abandonó durante el proceso. Eran almas gemelas que han nacido muchas veces y se han marchado juntas cuando el momento les llega.
—Mami, ya… —rogaba cansino a que Isabel dejara de besarle la frente y las mejillas mientras daba las gracias a las buenas personas que intervinieron en la invocación a los dioses.
Ángel, era ahora, el niño que debió ser en un principio; lucía en «sus cinco» en edad acorde a los años transcurridos desde su nacimiento: panza generosa, rostro redondo, estatura baja a causa de su ineludible condición genética, pero siendo el angelito curioso y bonachón que lo caracteriza.
Los ancianos se pusieron en pie, sin atreverse de acercarse a la familia real que se abrazaba y reía llorosa entre ellos.
Solo un motivo causaba incertidumbre, pero ninguno de los presentes era capaz de manifestarlo en voz alta para no echarles a perder a sus majestades el gran momento que los regocijaba.
El Alfa Supremo apretujaba a su primogénito entre sus brazos, ya con una diferencia considerable entre los dos, destacándose en uno, la experiencia de su casta, y en el otro, las ansias de recorrer su propio camino.
Las piedras que formaban la serpiente extendida en el suelo, no lastimaban a los que no enfrentaron el escrutinio de los dioses; las princesitas alzaban sus brazos para que, tanto el alfa como su descendiente, las levantaran, para ellas expresarles cariño.
El rojo volcánico y el humo del inframundo se extinguieron luego de que los híbridos fuesen liberados por los Guardianes del Tiempo.
A ninguno de la realeza lobuna quemaban sus pies, ni el calor que estos emitieron los sofocaban; las piedras se enfriaron como si jamás hubiesen recibido el «soplo ardiente de Anka».
Luego de obtener el valor de dirigir su atención hacia Erik, Isabel sollozó por la tristeza que le causaba que, en este, la invocación no tuvo efecto. No se lo devolvieron como un niño.
¿Por qué? ¡¿Por qué?!, se lo repetía en su mente, reclamando a esos seres invocados por los chamanes de las diversas tribus asentadas en Alaska. ¿Por qué lo dejaron así?, ¿por qué no le devolvieron su niñez? ¿Acaso estaría sentenciado a una vida corta?
Apenas fue capaz de ponerse en pie y abrir sus brazos hacia Erik, con su deseo inmenso de abrazarlo; sus piernas temblaban, sus lágrimas enturbiando la imagen de su hijo, tan alto y guapo como su padre.
Erik le sonrió entristecido, y, comprendiendo su realidad…
, bajó a su hermanita y acudió rápido hacia su progenitora.
Ambos lloraron por el destino en que, el dios de los lobos o el dios de los humanos, se empeñaba en hacerle cruzar.
Con Ángel se apiadaron.
Con él, no.
—¿Habrá que repetir? —Inola lanzó su inquietud a los demás chamanes, ya estos levantados del suelo y formulándose para sus adentros la misma pregunta. ¿Qué pasará con ese cachorro que ya no era cachorro?
—Eshkanu y Nuvak´ta ya manifestaron su decisión —Walela respondió lúgubre a la vez en que echaba por encima de su hombro izquierdo el manto de lana que la abrigaba del frío—. Llamarlos de nuevo sería provocar su furia. —Y esto desencadenaría desastres naturales del cual morirían miles de inocentes.
Kamiakim y Ma-cheil, asintieron pensativos, sería contraproducente repetir la invocación, se arriesgarían a que sus aldeas fuesen convertidas en cenizas por las llamaradas que recorrerían las regiones, acabando con sus viviendas, sus abrigos y sustento.
Más bien, debían agradecer lo que obtuvieron a cambio de poco.
A unos cuantos metros de ellos…
Oculta en la sombra más oscura de un álamo temblón, Zafira lloraba y sonreía al mismo tiempo.
Sus temores de perder para siempre a Erik, se disiparon en cuanto retornó la figura de este y la del hermano, en ese parpadeo extraño, de desaparecer y aparecer en segundos.
Quién sabe qué fuerzas extrañas intervinieron para atestiguar ellos semejante hecho sobrenatural; no existía tecnología ni poderes mágicos sobre la tierra que se le comparase.
Creyó estar inmersa en una pesadilla apocalíptica, pero estaba al pleno despierta.
Él estaba ahí…, siendo aún un macho adulto.
Si bien, tal vez era una señal de que algo iba mal con ese asunto de los conjuros e invocaciones, le agradaba observar que el reloj biológico de Erik Brankovic retrocedió hasta detenerse justo en sus veintes.
Zafira sufrió un ramalazo que recorrió su cuerpo en el instante en que él, elevó sus ojos marrones en dirección hacia ella, y luego este los desvió como si no hubiese hallado lo que deseaba hallar en aquella dirección.
La sonrisa que se había ensanchado en la asistente –por esa súbita emoción que la invadió– quedó marcada en su rostro como una mueca que no definía, si expresaba regocijo o decepción, porque ella era invisible para él.
—¿Por qué no cambié? —Erik se dirigió hacia su padre, quien bajaba a Winona de sus brazos, aún sin soltarla de la mano.
La pequeña se removió juguetona, y, con esa acción se libró de Everett, para ella saltar de alegría junto a Erika, por la nueva estatura de Ángel.
¡Era ahora un cachorro como ellas y se iban a divertir!
Aunque siempre fue su compañero de travesuras; al estar así, en igual estatura, podrían jugar a meterse por las madrigueras de los conejos; sacarlos de allí y hacerlos correr para ellos competir de ser el primero en atraparlos.
—Sí has cambiado —le dijo Everett, al menos aliviado de que en este no hubiese esas arrugas en sus ojos que antes notó—, ya no luces de cincuenta.
—Pero no soy como Ángel.
—No, no lo eres…
—¿Por qué?
—Esto se debe a que, el destino que habrás de cumplir, ya está escrito por la Tejedora —Ma-cheil se tomó el atrevimiento de responder por el rey de los lobos americanos, en vista de que este daba la impresión de carecer de una respuesta que calmara la ansiedad del primogénito.
—¿Y cuál es? —Erik pensó en una hermosa morena de piel de porcelana y mirada melancólica, y su corazón se aceleró de la emoción. Su destino estaba atado a ella. Él se había propuesto desposarla, y cumpliría.
El breve silencio que se tomó Ma-cheil, permitió que Isabel se acercara mientras, Ángel y sus hermanitas, corrían en torno al círculo de antorchas apagadas, persiguiéndose entre ellos en el juego infantil de lobos y liebres. Esta vez le había tocado el turno a Winona de ser la cazadora.
—Solo los dioses lo saben —finalmente respondió el jefe de la tribu yakaramath—: ellos pautan cuándo hemos de nacer, qué misión debemos cumplir en la vida y cuándo nos toca partir...
Si no te devolvieron, para ser de nuevo un cachorro, es porque dejaste de serlo.
Tu mente maduró y tu cuerpo ahora siente como adulto.
No van a reestablecer lo que tú mismo dejaste atrás por tu propia voluntad.
—Entonces, ya no soy un cachorro —Erik celebraba para sus adentros, procurando no demostrarlo en su rostro. Su padre fruncía el ceño, en apariencia renuente a este hecho, y su madre curvó los labios hacia abajo, a punto de llorar por el bebé que le arrebataron hacía mucho.
El cabeceo leve de Ma-cheil le indicaba que así era: meses atrás el joven había pasado por su primera transformación; siendo un punto de quiebre entre los cachorros y los lobatos, y estos últimos con los adultos.
Sus huesos, sus músculos y arterías evolucionaron para ser capaces de amoldarse a la anatomía primigenia de los grandes lobos.
Del lado este de la aldea, se aproximó Tyson, uno de los guardaespaldas de mayor confianza de Everett.
El hombretón de clase beta sostenía el móvil en su mano, vadeando con agilidad a los chamanes y demás guerreros que seguían allí, hasta que el Supremo les ordenara marcharse de los linderos del bosque de altas planicies.
Tras una reverencia a sus majestades, Tyson extendió el aparato hacia Everett, a la vez en que le informaba del interlocutor que aguardaba a que atendieran la llamada.
—¿Qué sucede? —Everett pegó el aparato a su oreja, y al instante se giró hacia un punto en el que daba la espalda a los demás, pues la persona que le hablaba del otro lado de la línea telefónica lo sacó abrupto de su tranquilidad.
Isabel fue capaz de notar que el movimiento cadencioso que hacían los hombros de Everett, al respirar, de repente se detuvieron como si él se hubiese convertido en piedra.
De nuevo se giró hacia ella; su mirada endurecida, ni parpadeaba; sus labios apretados, tensos, conteniendo una palabrota. ¿Qué le informaban?
Ma-cheil y Kamiakim conjeturaban para sus adentros de que el nieto de Dragan había recibido malas noticias, de quién sabe dónde.
El aparato moderno de comunicación a distancia que los blancos solían utilizar como si su vida dependiera de ello, poseía un dispositivo que actuaba de barrera que bloqueaba el alcance auditivo de los lobos bípedos y otras tecnologías que captaran lo que otros, en lugares lejanos, al señor de los lobos le informaban.
Sin ningún tipo de gesto, Everett devolvió el móvil a Tyson, y a este lo mandó de vuelta a los jeeps, para que sus hombres se prepararan a partir de inmediato a Montana.
—Es sobre Camila —anunció a su esposa, quien enseguida palideció. Debieron haberla traído a pesar de la negativa de las tribus—. Al parecer, tuvo una recaída, y Conroy se la llevó al hospital. Pero…
—¿Qué…? —Isabel odiaba que él se tomara una pausa, su mirada lúgubre denotaba lo peor. Si murió por ella no insistir a los chamanes, no se lo iba a perdonar.
—Ese no fue el destino. Anna los acompañaba, le escribió a su padre. Volaron a Nueva York.
—¡¿Qué?! —Erik exclamó, atónito, e Isabel se llevó la mano a la boca al jadear por la impresión. ¡¿A Nueva York?! ¿Tan al borde de la muerte estaba Camila para que Conroy Spencer se arriesgara de llevarla a terrenos belicosos?
¿Por qué se precipitó de esa manera, siendo consciente de todo el equipo y el personal médico de primera clase que tenían a disposición?
—¡¿Por qué lo hizo?! —Isabel, chilló, anegándose rápido en lágrimas—. ¡En la villa pudieron atenderla de emergencia! —La impulsividad del humano ponía en peligro a Camila y a Anna Morris.
Everett pensó en los nexos que el humano sostenía en aquella ciudad, y una certeza lo preocupó al instante. Conroy haría lo que sea para no perder a su esposa.