Capítulo 26
Voy a contar esto como se cuenta una prueba, porque es lo que fue y porque si lo cuento de otra manera parecerá que tuve una corazonada, y no tuve ninguna corazonada. Tuve un problema de producción y lo traté como trato los problemas de producción.
La masa. Una sola. Cuarenta y ocho piezas, hecha por mí a las cinco y veinte, con el mismo saco de harina, la misma manteca, la misma azúcar y el mismo huevo. La amasé yo entera y la dejé reposar entera. Esto es importante: si hubiera hecho dos masas, no habría prueba de nada.
Las bandejas. A las siete y media, cuando llegó Rocío, dividí la masa en dos y le pedí que formara y horneara la mitad.
—¿Y tú?
—Yo hago la otra.
—¿Por qué?
—Porque quiero ver una cosa de la merma.
Eso fue lo que le dije. No es exactamente mentira y no es en absoluto verdad.
Rocío formó veinticuatro piezas y las metió ella, con su tiempo y su punto. Yo formé las otras veinticuatro y las metí yo. Mismo horno, misma temperatura, veinte minutos de diferencia entre una hornada y otra.
Marqué las bandejas por debajo, en el borde, con rotulador. La suya, B. La mía, A. No puse nombres, porque si hubiera puesto nombres me habría fijado y a mí también hay que controlarme.
Los consumidores. Y aquí es donde la cosa se pone fea, y lo escribo entero.
Necesitaba gente que no hubiera probado uno en su vida. En Cañadulce eso no existe. Aquí lo ha probado todo el mundo, y el que no lo ha probado es porque no ha querido, como Manolo.
El sábado 7 llegó la empresa de montaje a poner la estructura del mercadillo, que viene una semana antes. Tres hombres de Ronda, en una furgoneta, con sus cascos y su termo.
A las once bajé con una fuente.
—¿Han probado ustedes esto alguna vez?
—Yo no.
—Yo tampoco.
—Yo he estado aquí en agosto, pero de esto nada.
Tres primerizos. Los tres de fuera. Los tres con hambre a media mañana.
El orden. Les di primero una pieza de la bandeja A. La mía.
Se la comieron de pie, apoyados en la furgoneta, y me dieron las gracias y siguieron descargando tubos.
No pasó nada. Nada de nada. Ni un segundo de cara ida.
Esperé veinte minutos y volví con la fuente otra vez.
—¿Otra?
—Mujer, si nos las da.
Les di una de la bandeja B. La de Rocío.
El primero se paró con el tubo en la mano y lo dejó en el suelo. El segundo se sentó en el escalón de la furgoneta. El tercero se dio la vuelta y se puso a mirar la fachada del ayuntamiento, que no tiene nada que mirar, durante quince segundos largos.
Y luego se lo contaron los tres, uno detrás de otro, sin que yo preguntara, que es lo que pasa siempre.
Uno se acordó de un partido de fútbol sala de 2011. Otro, de una noche en la puerta de un hospital, que dijo que era el día más feliz de su vida y que nunca lo había pensado así hasta ese momento. El tercero no lo contó y se le quedó una cara de bien que no se le fue en toda la mañana.
Subí al obrador y lo apunté en una hoja aparte, con la fecha, la hora, la bandeja, quién la horneó y el resultado, y arriba escribí: CONTROL. No sumar al registro de temporada.
Porque no se suma. Esos tres casos no son consumos de la temporada: son una prueba que he montado yo. Si los meto en el acumulado, me estoy inflando el numerador.
Lo que la prueba demuestra. Que en una misma masa, un mismo horno y una misma mañana, las piezas de una bandeja no hicieron nada y las de la otra sí. Y que la única variable distinta entre las dos bandejas era quién las formó y quién las metió.
Lo que la prueba no demuestra, y lo apunté igual de grande. El orden no se puede invertir.
Yo les di primero la mía y luego la de Rocío. Si lo hubiera hecho al revés, se habrían comido la de Rocío, habrían gastado su única vez, y después la mía no habría hecho nada de todas formas, y yo no habría sabido si era por la bandeja o porque ya estaba gastado.
O sea, que esta prueba solo se puede hacer en un sentido. Y una prueba que solo se puede hacer en un sentido es una prueba coja, y yo lo sé, y lo dejé escrito ese mismo día para que no se me olvidara.
Y ahora lo otro.
A las dos, cuando Rocío se estaba quitando el mandil, se lo conté.
—Te he usado.
—¿Cómo que me has usado?
—Lo de las bandejas de esta mañana no era por la merma. Era para ver si funcionaban las tuyas y las mías no.
Rocío se quedó con el mandil en la mano.
—¿Y funcionan las mías?
—Sí.
—¿Y las tuyas no?
—No.
Se lo pensó. Y entonces dijo lo que yo no había previsto en toda la mañana, porque yo, con toda mi tabla y todo mi rotulador, no había previsto que Rocío tuviera algo que decir.
—Me lo podías haber preguntado.
—Es que si te lo pregunto, no vale.
—Ya. —Colgó el mandil—. Eso te lo dices tú.
—Rocío.
—Que no, si lo entiendo. —Cogió el bolso—. Pero llevo cinco años aquí y hoy he sido un termómetro.
Y se fue, y no dio un portazo, que habría sido más fácil.
Y lo último, que es lo peor y que no se lo he contado a nadie hasta ahora.
A las dos y cuarto, sola en la cocina, con las dos bandejas delante y el papel del control en la mano, se me ocurrió.
Se me ocurrió entero, en un segundo, redondo y limpio como se ocurren las cosas que a uno le convienen: si las de Rocío funcionan, que hornee Rocío.
Que hornee ella la temporada. Que hornee ella la romería.
Que se ponga a hornear a las cinco de la mañana veinte días seguidos y yo llevo la tienda y el registro y las hojas de incidencia, y en el papel del ayuntamiento sigue poniendo obrador Berrocal, y el 16 de febrero a las nueve de la mañana yo firmo la refinanciación.
Estuve con eso en la cabeza cuatro o cinco minutos.
Y no lo dije. Ni ese día ni ninguno de los seis siguientes.
Esa noche, ya en la cama, junté por fin las dos cosas: el gráfico de los grumos y las dos bandejas.
Funcionó con mi abuela sesenta y dos años, con la leyenda de 1961, con la de 1984 cuando le pegaron San Valentín, con la de 2004 cuando le añadieron el abrazo y con la de 2015 cuando borraron al prometido. Cuatro versiones distintas y le funcionó con todas.
Así que no es la versión. Da igual lo que se cuente.
Falló con la chica de Ronda, que llegó en marzo y se fue en julio y a la que esta historia no le decía nada. Falló con mi madre, que estaba aquí contando los días para irse. Y falla conmigo desde el 9 de enero.
Lo que cambia no es lo que la gente cree. Es si la que lo hornea sigue estando con el pueblo o ya está en contra.
Y mi abuela lo supo todo desde 1959 y estuvo sesenta y dos años estando con el pueblo.
Eso es lo que llevo desde el sábado sin poder tragar.