El corazón de Cañadulce Capítulo 25
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Capítulo 25

Empecé por lo fácil, que era actualizar el registro.

Cuarenta consumos registrados en lo que va de temporada. Quince sin efecto.

Puse los tres pares en una hoja y me quedé mirándolos, porque hay una cosa en esos números que a mí me llamó la atención antes que ninguna otra y que no tiene que ver con la magia.

Van hacia la mitad.

Un veinte por ciento, un treinta, un treinta y siete y medio.

Si esto fuera una avería del horno o una partida mala de harina, no iría hacia la mitad.

Iría hacia arriba y se quedaría arriba, o se arreglaría de golpe el día que cambias el saco.

Una cosa que sube y se estabiliza en torno a la mitad de los casos es una cosa que tiene dos poblaciones dentro.

Eso lo sabe cualquiera que haya llevado un negocio con dos hornos.

Aquí no hay dos hornos. Aquí hay dos pares de manos.

Y a las siete de la tarde me di cuenta de que llevaba tres años teniendo delante el mejor conjunto de datos que se ha reunido en este pueblo sobre esto y no lo había abierto nunca por donde había que abrirlo.

La contratapa del cuaderno de mi abuela.

No es una contratapa. Son las guardas de atrás, las dos, y luego catorce hojas cosidas a mano al final del cuaderno cuando se le acabó el sitio, en 1974, con un hilo de bramante que ella misma pasó.

Empieza en 1961 y termina en septiembre de 2022, cuatro meses antes de morirse, con la letra ya temblona.

Y está en columnas. Mi abuela, que no pasó de la escuela, montó en 1961 una tabla de cinco columnas que yo he tardado sesenta y cinco años en mirar.

Fecha. Quién lo hizo. Para quién fue. Si sirvió. Y una línea con lo que contó la persona.

No están todos. Están los que volvieron a decírselo y los de las hornadas de la romería, que ella apuntaba enteras. Unas cuatrocientas entradas en sesenta y dos años, que para sesenta y dos años es poquísimo y para lo que yo necesitaba era una barbaridad.

Y no las voy a copiar aquí, que me lo han pedido y que no.

Lo que hice fue lo que se hace con un histórico. Cogí papel cuadriculado, tracé los años en el eje de abajo y fui poniendo un punto por cada entrada, negro si sirvió y rojo si no.

A las once de la noche tenía la hoja llena y una cosa evidente delante.

Los rojos no están repartidos. Los rojos están en grumos.

Hay un grumo en 1969, tres seguidos en cuatro meses. Hay otro en 1987, que es el año que yo tenía en la cabeza desde enero porque es el peor del que había apunte: tres en toda la temporada. Y hay un grumo gordo, once, entre marzo y julio de 1996.

Y entre medias, años enteros sin un solo rojo. Del 74 al 86, catorce años seguidos, ni uno.

Entonces me puse a mirar la segunda columna, la de quién lo hizo.

En 1996, entre marzo y julio, la columna de quién dice, once veces, la chica . Y hay una nota al margen en abril: la chica de Ronda, hasta que se ponga bien la mano.

En 1987, las tres veces, la columna de quién no dice Aurora. Dice Paloma .

Paloma es mi madre.

Me levanté y estuve dando vueltas por el obrador con el trapo en la mano, que es lo que hago.

Mi madre estuvo aquí de mala gana desde los diecisiete hasta los veintitrés, se casó, tuvo una hija y se fue a Sevilla en 1991, y de este pueblo lo único que ha querido en su vida es no volver. Eso no es un secreto ni es un drama. Es que hay gente que nace en un sitio y no le pertenece.

En 1987 le pusieron a hacer la temporada porque mi abuela se cayó en enero.

Y las tres únicas piezas que fallaron aquel año las hizo ella.

Volví a la mesa y escribí en la hoja, debajo del gráfico, con letra clara, porque a las once y media de la noche uno tiene que escribirse las cosas como si se las escribiera a otra:

Los fallos se agrupan por quién horneó, no por cuándo.

Y debajo, subrayado:

Esto no es una regla. Esto es una correlación. Con esto no se demuestra nada.

Y es verdad. Con eso no se demuestra nada. En 1996 la chica de Ronda era nueva y podía estar amasando mal. En 1987 mi madre tenía veinte años y podía estar amasando peor. Un histórico te dice dónde mirar. No te dice qué estás mirando.

A las tres y media de la mañana subí a casa sabiendo perfectamente lo que tenía que hacer y sin ninguna gana de hacerlo.