Capítulo 24
A las once entró Enrique Terrón con su mujer.
Enrique tiene sesenta y cuatro años, es sobrino de Angustias y lleva la asesoría de la calle Nueva.
Su mujer se llama Pepa. Entraron los dos juntos y él traía en la mano media caja de seis y una cara que yo he visto muchas veces en el mostrador de una tienda, que es la cara del que ha ensayado en el coche.
—Candela, yo vengo a reclamar.
—Dime.
—Que esto no está bien.
Pepa miraba el escaparate.
—¿Qué le ha pasado, Enrique?
Y aquí es donde el hombre se quedó parado, porque no tenía manera de decirlo.
—A mí me ha funcionado.
—Bien.
—No está bien.
Se hizo un silencio en la tienda y a mí se me puso el estómago de una manera concreta.
—Yo me lo comí el martes por la noche, en mi casa. —Dejó la caja en el mármol—. Y me acordé de una tarde del noventa y siete.
—Enrique —dijo Pepa.
—Que lo digo.
—Que no lo digas aquí.
—Que lo digo, Pepa, que hemos venido a eso.
No dijo el nombre. Eso quiero apuntarlo, porque el hombre no dijo ningún nombre y no lo va a decir nunca. Dijo una tarde del noventa y siete, dijo que fue en la playa de Zahara y dijo que estaba con una persona que no era su mujer.
Y dijo la frase que me tiene desde entonces sin poder mirar el escaparate de mi propia tienda igual que antes:
—Yo llevo veintinueve años sin acordarme de esa tarde. Y ahora ya no me la puedo quitar.
Pepa se había ido hasta la puerta y estaba de espaldas.
Le saqué una hoja de incidencia.
Se la rellené yo, porque le temblaba la mano, y él me la iba diciendo. Nombre, DNI, fecha y hora de la compra, punto de venta, primera vez que consume el producto, sí.
Y luego la casilla libre, Descripción de la incidencia , donde el ayuntamiento decidió el 15 de enero que no aparecería nunca la palabra recuerdo.
—Ponga usted lo que quiera —le dije.
Se lo pensó.
—Pon: el producto ha funcionado de manera incorrecta.
Lo puse. Y luego, al pie, la línea que redactó Diego y que se aprobó por unanimidad y que me pareció graciosísima el 15 de enero:
El establecimiento devolverá el importe del producto. La experiencia asociada no forma parte de la garantía.
Le devolví diecinueve euros de la caja registradora y se los di en billetes.
—Yo no quiero el dinero.
—Ya lo sé. Cójalo igual, que si no, no hay reclamación.
Lo cogió y se fueron los dos, él delante y ella detrás, y no se hablaron al cruzar la plaza.
Me quedé con la hoja en el mostrador.
Después miré el registro, porque ahora tengo un registro. Martes 3 de febrero, vitrina de la tarde. Bandeja de las diez y media. Responsable: Rocío.
Lo apunté con su nombre y no le di ninguna vuelta, porque la pieza había funcionado. La pieza había funcionado perfectamente. Ese era justo el problema.
Y a la una, guardando la hoja en la carpeta de las copias mensuales de la Comisión, caí en que esa hoja se la tengo que dar a Charo el día 28.
La leerá ella. Con su nombre, su DNI y su tarde del noventa y siete.
Aquí es donde alguien esperaría que yo dijera que el dulce castiga o que el dulce enseña.
El dulce no hace nada de eso. Le devolvió a un hombre de sesenta y cuatro años el momento más feliz de su vida, que resultó ser una tarde de 1997 en Zahara con una persona que no era Pepa, y no le preguntó si le venía bien.
No juzga. No premia. No avisa. Solo es exacto.
Y en Cañadulce llevamos cuarenta años vendiéndolo en una caja rosa con dos novios dibujados.
Cerré a las dos, subí, me senté en la cocina y saqué el cuaderno.
Escribí una línea, la subrayé dos veces y la tengo delante mientras escribo esto:
Antes de volver a abrir la boca: qué prueba exactamente, quién lo firma y dónde está el papel.