El corazón de Cañadulce Capítulo 23
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Capítulo 23

La mercería de Charo tiene el mostrador a la derecha, los cajones de botones al fondo y una silla junto a la puerta donde se sientan las señoras. Estaba ella sola, marcando etiquetas.

—Buenos días.

—Buenos días.

Y siguió marcando etiquetas.

Yo llevaba la noche entera preparando esto y se me olvidó todo, así que dije lo único que había decidido que no iba a llevar preparado.

—Charo, te pido perdón.

Levantó la cabeza.

—Ayer te acusé delante de doce personas de haber sacado un papel de un archivo. No tenía ninguna prueba. Ninguna. Tenía que tú tienes llave y que presidías una comisión hace veintidós años, y con eso no se acusa a nadie.

—No.

—Y no lo hice enfadada, que sería peor. Lo hice porque me pareció que era lo correcto. Y no lo era.

Charo dejó la pistola de las etiquetas en el mostrador.

—¿Ya está?

—Ya está.

—¿No hay un pero?

—No hay un pero.

Se quedó callada un momento. Y luego hizo lo que yo no esperaba, que fue contestarme a lo que le había preguntado en el bar.

—Mi padre estuvo en la batida del martes. Anselmo Vega. Subió con otros y se quedó fuera de la choza, en la puerta, con once más. Los que entraron fueron el pastor y Rafael Pinto.

—Ya lo sé.

—Y a mí, en toda su vida, mi padre me contó una sola cosa de aquel día. —Se apoyó en el mostrador—. Que salieron vivos. Eso me lo dijo treinta veces. Salieron vivos y traían los pies fatal.

—¿Y lo de que estaban abrazados?

—Eso me lo he creído yo, como todo el mundo. Está en la placa.

Me quedé quieta.

—¿Tú sabes cuándo se puso la franja?

—En mi época —dijo, y no le tembló la voz—. Yo era presidenta. Vino un chico de una empresa de Sevilla con la propuesta de la campaña y en el pleno se aprobó la señalética. Yo firmé el acta.

—¿La leíste?

Charo cogió otra vez la pistola de etiquetas.

—Cuatro mil doscientos euros de señalética del mirador. Eso es lo que ponía. Yo no vi ningún texto.

—Podías haberlo pedido.

—Podía. —Marcó una etiqueta—. Y no lo pedí.

Y ahí está la diferencia, y me ha costado un mes y una amistad entenderla.

Una cosa es esconder un papel. Otra es firmar un acta sin leerla porque llevas veintidós años firmando actas y confías. Y otra es defender durante cuarenta años una historia que te contó tu padre, que era un hombre que no hablaba y que solo te dijo que salieron vivos.

Yo las había metido las tres en el mismo saco delante de doce personas.

—Charo, ¿me perdonas?

—No.

Lo dijo sin dureza. Como se dice la hora.

—Te agradezco que hayas venido. Lo digo de verdad y te lo voy a decir a quien me pregunte. Pero lo que dijiste ayer en el Corcho lo oyeron doce personas y no se puede recoger, hija. Eso no se recoge.

Y volvió a las etiquetas.

Salí a la plaza y estuve un rato mirando el escaparate del obrador desde fuera, que no hago nunca.