El corazón de Cañadulce Capítulo 21
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Capítulo 21

Las dos cosas no pueden ser verdad a la vez.

Se lo dije a Rocío mientras boleaba, porque a esa hora ya habla.

—O sea, que Encarna firmó una mentira.

—No.

—¿No?

—No, Rocío. Encarna firmó en octubre. Yo vi ese expediente el mes pasado. —Iba pesando mientras hablaba—. Si en octubre ese papel no estaba donde tiene que estar, ella firma de buena fe y no ha hecho nada malo.

—¿Y por qué no iba a estar?

—Porque los archivos se mueven.

Rocío me miró un segundo de más y volvió a la masa. Tiene una manera de volver a la masa que también es una opinión completa.

Y aquí voy a ser honrada, que para eso escribo esto.

Encarna Pinto me da de cenar desde que yo tengo cinco años.

Es sobrina de mi abuela. Fue ella la que vino a la residencia todos los martes los dos últimos años, cuando yo no podía por el obrador.

Encarna abre la iglesia a las ocho, se sienta en la mesa del fondo a las nueve y me dice que saco poca cosa para ser el primer día.

Cuando vi su firma en aquella hoja no pensé ni medio segundo que hubiera firmado a sabiendas. Pensé: es una formalidad. Le habrán puesto el papel delante y lo habrá firmado como se firman las cosas de la parroquia, sin leerlas, porque las firma don Julián y ella solo pone el sello.

Eso me dije. Con esas palabras. Una formalidad.

Y a partir de ahí me puse a buscar a otra persona, que se hace cuando uno ya ha decidido a quién no quiere encontrar.

El lunes por la tarde fui a la casa de la cultura a pedir el acta de 2004 en papel, para verla yo y no en la fotocopia de Diego. Charo no estaba. Me atendió la chica de la sala de estudio.

—Está en el archivo de la Comisión.

—¿Y eso dónde está?

—Lo lleva Rosario. Ella tiene las llaves.

—¿De aquí?

—De aquí, del almacén de arriba y de la sacristía. —Y lo dijo sin ninguna intención, buscando en el ordenador—. Por lo de la cofradía, que lleva las cuentas desde no sé cuándo.

Salí a la calle y me quedé parada en la acera.

Vamos a ponerlo en orden, que es como yo lo puse aquella tarde, y vamos a ver dónde está el fallo, porque el fallo está y yo no lo vi.

Uno. Charo Vega tiene llave del archivo parroquial desde hace años, por las cuentas de la cofradía.

Dos. Charo Vega presidía la Comisión de la Romería en 2004, que es el año en que se atornilló la franja del mirador.

Tres. Charo Vega es la que validó la parte histórica del expediente de marca. Lo dijo ella en el salón de plenos el 8 de enero, delante de sesenta personas, y pidió que constara. Que conste.

Cuatro. Charo Vega redacta las actas y decide lo que entra y lo que no.

Yo tenía dos hechos y dos maneras de ser de una persona, y con eso monté una teoría en una acera a las siete de la tarde de un lunes de febrero.

La teoría era que Charo había sacado de aquel archivo lo que estorbaba antes de que Encarna firmara.

No tenía un tercer indicio. Y no es que se me olvidara buscarlo. Es que lo busqué, el lunes por la noche, durante dos horas, y no había ninguno, y decidí que eso no cambiaba nada.

Tener llave no es haber entrado. Presidir una comisión no es escribir un texto. Redactar un acta con criterio no es esconder un papel.

Todo eso lo sabía. Lo he sabido toda mi vida. Se lo he dicho a Rocío cuando ha querido devolver un saco de harina porque el albarán tenía un número raro: acceso no es autoría, y sospecha no es prueba.

Y aun así, el martes por la tarde cogí el abrigo y bajé al bar a preguntárselo.