El corazón de Cañadulce Capítulo 22
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Capítulo 22

Entré en el Corcho a las ocho y media y estaban en la mesa grande del fondo, la de ocho, con el programa de la romería desplegado y cuatro cafés.

Charo, dos vocales de la Comisión, la chica de turismo y Loli Bornes, que estaba de paso y se había sentado. En la barra, Curro y dos más. Doce personas contando a todo el mundo, y las he contado después muchas veces.

Yo iba a preguntarle en privado. Eso lo tengo claro y lo pongo aquí porque es verdad y porque no me sirve de nada.

Lo que pasó es que llegué a la mesa mientras Charo estaba hablando.

—Eso del año pasado no lo pongas —le estaba diciendo a la chica de turismo, con el bolígrafo señalando una línea del programa—. Ponlo como en el veintitrés.

—Es que este año hubo la queja de los del autobús.

—Ya. Y por eso no lo pones. Ponlo como en el veintitrés y ya está.

—Vale.

Y siguió con lo siguiente.

Yo me quedé de pie al lado de la mesa. Nadie hacía nada malo. Estaban maquetando un programa de fiestas y quitando de un folleto una queja de unos autobuses. Es lo que hace todo el mundo en todos los pueblos de este país y no tiene la menor importancia.

—Charo. ¿Tienes un momento?

—Dime.

—Fuera.

—Es que estamos con esto.

—Es un momento.

—Candela, hija, que llevamos aquí desde las siete. —Y no levantó la vista del programa—. Lo que sea, dilo, que aquí somos todos de la Comisión.

Y lo dije.

Lo dije de pie, sin sentarme, con el abrigo puesto, delante de doce personas, y lo dije entero.

Dije que en el expediente de marca hay una certificación de la parroquia que dice que allí no hay nada que contradiga la historia oficial.

Dije que yo había estado en ese archivo hacía una semana y que allí hay un expediente matrimonial de 1959 en el que consta que Remedios Otal iba a casarse con don Fernando Lisón, que tenía cincuenta y un años.

Dije que las dos cosas no pueden ser verdad.

Y dije que ella tiene llave de la sacristía, que presidía la Comisión el año que se puso la franja del mirador y que fue ella la que validó la parte histórica.

Y entonces dije la frase, que es la que me han repetido después, con esas palabras, cuatro personas distintas:

—Charo, ¿tú has sacado algo de ese archivo?

El bar se quedó como se quedan los bares.

Charo dejó el bolígrafo encima del programa. Muy despacio, alineado con el canto del papel, que hace ella siempre.

—¿Que si yo he sacado algo.

—Sí.

—¿El qué?

Y ahí es donde se me cayó todo, y tardé cuatro segundos en darme cuenta, y esos cuatro segundos los oyó todo el mundo.

—El qué, Candela. Dime qué papel dices tú que falta.

No lo sabía.

No sabía qué papel faltaba. Sabía que había una certificación que decía que no faltaba nada y sabía que había un documento que contradecía la versión, y ese documento seguía allí, en su legajo, atado con su cordel, porque lo había tenido yo en las manos el lunes 26.

Estaba acusando a una mujer de haber quitado un papel que yo no podía nombrar.

—No lo sé —dije.

—Ya.

Charo recogió el programa, lo dobló por la mitad, se levantó y se puso el abrigo. Y no gritó. No me llamó nada. Se lo digo a quien me pregunte: Rosario Vega no levantó la voz.

—Yo llevo veintidós años en esa Comisión —dijo, abrochándose— y he firmado todo lo que he firmado con mi nombre. Y a mi padre lo sacaron de la cama a las cinco de la mañana para subir a la sierra a buscar a esa muchacha.

—Charo.

—Buenas noches.

Y salió, y detrás salieron los dos vocales, porque en un pueblo la gente sale detrás.

Me quedé de pie al lado de una mesa con cuatro cafés a medias y un programa de fiestas.

Loli Bornes me tocó el brazo al pasar y no me dijo nada, que fue peor.

Y lo último, que es lo que me ha costado escribir.

Yo no fui allí enfadada. Fui a preguntar. Y en el momento en que la oí decir «ponlo como en el veintitrés», decidí que en este pueblo las cosas se arreglan por lo bajo y que la única manera de que no la arreglaran por lo bajo era decirlo delante de gente.

Eso fue lo que pensé. Con testigos ya no se puede corregir.

Que es exactamente lo que hicieron con Remedios Otal, pero al revés.

Alguien decidió por ella qué versión se contaba, para protegerla o para protegerse, y no se lo preguntó. Y yo decidí sola, en cuatro segundos, delante de doce personas, qué le tocaba a Charo Vega.