Capítulo 20
—A ver. ¿Qué buscas?
—Una finca. El Umbrío.
—Uy, el Umbrío. —Se levantó sin preguntar para qué—. Eso es una locura.
Lo dijo con alegría. A Paqui le gusta que le pidan cosas difíciles porque es lo único de su trabajo que no es un padrón.
El Umbrío son once hectáreas al norte, entre la vereda y el arroyo, que lindan con lo que fue el molino.
La familia Otal las llevaba arrendadas desde antes de la guerra.
En 1962 hubo un deslinde entre esa finca y la de los Lisón por una linde de agua, y ese deslinde es un expediente de tapas azules de seis centímetros de grosor con un plano doblado dentro.
Paqui me lo puso en la mesa a las diez y cuarto y me dejó sola con dos condiciones: guantes no, que aquí no somos la parroquia, y no sacar nada de la habitación.
Tardé dos horas en llegar a la hoja porque los expedientes de deslinde son así: notificaciones, comparecencias, un croquis, una certificación catastral de las de antes, y luego, sin ningún criterio, cualquier papel que alguien consideró que tenía que ver.
Está en el tercio final, cosida con las demás, entre una comparecencia y un recibo de contribución.
Es media cuartilla mecanografiada con una máquina que tenía la e alta.
En Cañadulce, a dos de febrero de mil novecientos cincuenta y nueve.
Don Cipriano Otal Bornes reconoce adeudar a don Fernando Lisón Guzmán la cantidad de veintidós mil pesetas, procedentes de anticipos y suministros de los años 1955 a 1958, gravando dicha deuda el arrendamiento de la finca conocida por el Umbrío.
Don Fernando Lisón Guzmán se compromete a dar por condonada la referida cantidad el día en que se celebre el matrimonio proyectado, dándose por saldadas todas las cuentas entre ambas casas.
Firman los dos. Y debajo, como testigos, Ambrosio Cabañas Nieto, alcalde, y el secretario del ayuntamiento.
Cuatro hombres.
Leí el papel entero cuatro o cinco veces buscando una cosa, y la cosa que buscaba no estaba.
Remedios Otal no figura.
No firma, no comparece, no se la nombra. Aparece una vez, de refilón, dentro de la expresión «el matrimonio proyectado», que es como se llama a una chica de diecinueve años cuando se está redactando lo que se va a hacer con ella.
Le di la vuelta a la hoja.
En el reverso, con tinta distinta y a mano:
Cancelada por acuerdo de las partes. 19 de febrero de 1959. Y una rúbrica.
Me eché para atrás en la silla y estuve un rato mirando el techo del semisótano, que tiene una mancha de humedad con forma de nada.
El día 19 de febrero de 1959, Remedios y Ginés llevaban dos días encontrados. La boda no se había celebrado ni se iba a celebrar. Y ese día alguien escribió que las cuentas quedaban saldadas por acuerdo de las partes.
Se saldó una deuda de veintidós mil pesetas sin que hubiera boda.
Eso no lo dice nadie. Eso está escrito.
Le pedí a Paqui dos cosas más y me las trajo en veinte minutos, porque las actas están bien.
El acta del pleno del 21 de febrero de 1959 es un párrafo de agradecimiento a los vecinos que participaron en las batidas por la desaparición, con el nombre del alcalde y once firmas. Y en la línea cuarta, la primera vez que yo he visto ese sustantivo escrito en un papel oficial de este pueblo:
...habiendo sido hallados los novios con vida en el paraje conocido por los Cuartillos...
Los novios. El 21 de febrero de 1959. Cuatro días después de encontrarlos y dos después de saldar la deuda.
Y el acta de 1984, punto tercero, creación de la Romería de los Novios de Cañadulce, a celebrar el fin de semana más próximo al día catorce de febrero, festividad de San Valentín. Aprobada por unanimidad. Alcalde-presidente, Manuel Cabañas Nieto.
Antes de irme le pedí a Paqui copia del expediente de marca completo, que es una cosa que puedo pedir porque soy la operadora, y me lo imprimió sin hacer preguntas.
Me lo leí en la mesa de la cocina esa noche, con el abrigo puesto, y en la última pieza, después de la memoria y del reglamento, había una hoja con el sello de la parroquia.
Se hace constar que en el archivo de esta parroquia no obra documentación que contradiga los hechos recogidos en la memoria histórica que acompaña a esta solicitud.
Y firmado, con su nombre y sus dos apellidos:
Encarna Pinto Berrocal.
Estuve un rato mirando la firma.
Y quiero apuntar aquí, ordenadamente, lo que aquella noche tenía y lo que no, porque a partir del día siguiente dejé de hacerlo y me costó caro.
El reconocimiento de deuda prueba que había una deuda y que la condonación estaba condicionada a la boda. No prueba que obligaran a Remedios a nada, porque Remedios no está en ese papel.
La nota del reverso prueba que la deuda se dio por saldada el 19 de febrero sin boda. No prueba a cambio de qué.
El acta del 21 prueba que la palabra novios se escribe por primera vez cuatro días después del hallazgo. No prueba quién decidió llamarlos así.
El expediente matrimonial prueba que había un prometido de cincuenta y un años. La anotación del 20 prueba que el párroco escribió una falsedad y la firmó.
Las dos cartas prueban lo que un hombre le escribió a mi abuela en 1959. Nada más.
Y la certificación prueba que alguien, en octubre de 2025, ha declarado por escrito que en ese archivo no hay nada que contradiga esto.
Eso último es lo único de toda la lista que pasa en el presente.