Capítulo 18
Merche me llamó el miércoles a las once y me citó a las doce en el ayuntamiento, y a las doce y cuarto ya tenía cinco papeles boca arriba encima de la mesa.
—Te voy a enseñar los números y quiero que los veas tú, no que te los cuente yo.
Esa frase la tengo apuntada.
El primer papel era el convenio de suministro. Treinta y ocho mil euros al año, cuatro años, adjudicación condicionada. Es la romería, las rutas, las degustaciones institucionales y los packs del hotel.
—Ciento cincuenta y dos mil en cuatro años. Esto se licitó en octubre y lo tienes adjudicado condicionado. Condicionado quiere decir que todavía no está firmado.
—¿Condicionado a qué?
—A que el expediente aguante. —Pasó al segundo papel—. Y esto es tuyo, y lo tengo yo porque lo aportaste tú a la licitación.
Era mi carta del banco.
Sesenta y un mil cuatrocientos euros de saldo vivo. Novecientos cincuenta al mes. Y la oferta de refinanciación, diez años, seiscientos siete euros, condicionada a acreditar el contrato firmado.
—Vence el lunes 16 de febrero a las nueve. El lunes de después de la romería.
—Ya lo sé.
—Sé que lo sabes. Te lo digo porque quiero que sepas que yo también.
El tercer papel era la resolución de la subvención. Cuarenta y cinco mil euros de la Junta, línea de patrimonio inmaterial, con la justificación remitida al expediente.
—Si el expediente decae, esto se reintegra. Íntegro, y con lo que le sumen ellos. Y el que responde de eso ante la Junta soy yo, con mi nombre.
El cuarto era el patrocinio. Doce mil de Lisón, más el vino y el alojamiento de la prensa. Renovable en marzo, como me había dicho él mismo tomando un café.
Y el quinto era una lista.
—Esto lo hice yo el año pasado y no se lo he enseñado a nadie.
Eran nombres. Nombres de este pueblo, agrupados por conceptos, con un número de jornadas al lado de cada uno.
Veintidós en los puestos y el mercadillo. Catorce en hostelería, entre el bar, el hotel y los dos que abren solo en romería. Once en montaje y limpieza. Diez en comercio. Nueve entre guías y auxiliares. Ocho en alojamiento. Seis en transporte.
—Ochenta personas.
—Ochenta personas —dijo—, no ochenta puestos. Que esto se dice mal siempre. No son ochenta empleos anuales. Son ochenta vecinos que sacan entre tres y siete semanas de jornadas en seis semanas de temporada. Que para muchos es lo que les cuadra el año.
Me quedé con la lista en la mano más tiempo del que hacía falta, porque estaban Rocío y su madre, y estaban dos primas de Encarna, y estaba el hijo de Dolores Quirós.
—Merche, ¿esto para qué me lo enseñas?
Y aquí es donde Merche Pizarro me demostró por qué lleva ocho años de alcaldesa.
—No te lo enseño para que hagas nada. Te lo enseño porque llevas tres semanas con una cara rarísima y porque cuando alguien de este pueblo pone esa cara, luego pasa algo.
—Recogió los papeles y los ordenó dando dos golpecitos con el canto—.
Y prefiero que lo que sea que estés pensando lo pienses con los números delante y no sin ellos.
—No estoy pensando nada.
—Vale.
—De verdad.
—Vale, Candela.
Se levantó y me acompañó hasta la puerta del despacho, y en la puerta dijo la única frase de toda aquella mañana que no era aritmética.
—Si hay algo que yo tenga que saber, prefiero saberlo ahora que en febrero.
Y me dio la oportunidad. Me la dio entera, con la puerta abierta y sin testigos, y yo tenía en el cajón de los pedidos dos cartas de 1959 y una fotografía en el móvil de una franja de bronce atornillada en 2004.
—No hay nada.
—Pues muy bien.
Bajé las escaleras del ayuntamiento y crucé la plaza, y me acuerdo de que iba pensando en la lista. No en las cartas, ni en el párroco, ni en don Fernando Lisón con cincuenta y un años.
En la lista de los ochenta.