Capítulo 15
Diego me escribió el miércoles por la noche y me citó el jueves a la una en el hotel, que es la manera que tiene la gente de fuera de decir que va a hablar de dinero.
El Sierra Lisón está a dos kilómetros del pueblo, subiendo.
Tiene doce habitaciones, una terraza acristalada con vistas al valle y unos sillones de mimbre que no ha usado nunca nadie.
En enero está vacío y ponen la calefacción a veinticuatro grados, así que se entra desde el frío y se te empañan las gafas.
Diego había llegado antes y tenía la mesa puesta de papeles.
—He mirado lo de la placa.
—¿Y?
Giró un folio y me lo puso delante. Era la fotocopia de un acta de pleno.
—Junio de 2004. Punto seis. «Mejora de la señalética del mirador de los Candados y elementos complementarios.» Cuatro mil doscientos euros. Adjudicado a un taller de Ronda.
Lo leí dos veces.
—Aquí no dice qué elementos.
—No. Y no lo va a decir. —Se echó atrás en la silla—. Pero tienes una placa de 1984 con una franja atornillada, un acta de 2004 que paga elementos complementarios en ese mirador y ningún otro pago a ese mirador entre las dos fechas. Yo con eso, en un informe, escribo que la franja es de 2004.
—Y en un juzgado no.
—En un juzgado no. Yo no trabajo para juzgados.
Vino la camarera y pedimos dos cafés, y ahí Diego cerró la carpeta y me dijo para qué me había llamado.
—Candela, te voy a proponer una cosa y quiero que la escuches entera antes de contestarme.
—Vale.
—La campaña vuelve a imprimirse en septiembre.
Todo el material: folleto, cartelería, cajas, la web se toca cuando yo quiera.
—Fue contando con los dedos—. En esa reimpresión quito «mismo molde» y quito «mismo horno».
Se queda «misma casa» y «misma receta», que son verdad.
El guion de la ruta se reescribe en marzo, que es cuando se forma a los guías, y en la parada tres se cambia «los encontraron abrazados» por «los encontraron con vida al tercer día», que también es verdad y es igual de bonito.
Y en el folleto se añade una línea sobre la señora que los horneó, con su nombre, que hasta ahora no está.
Se paró.
—En dos años no queda nada de lo que te molesta y nadie ha tenido que decir en público que este pueblo mintió.
Yo me quedé mirando el valle por el cristal.
Lo peor de aquella propuesta es que era buena. Diego no me estaba proponiendo tapar nada. Me estaba proponiendo la única cosa que en su oficio se puede proponer, que es corregir sin quemar. Los destinos no sobreviven a un escándalo. Sobreviven a una corrección.
—¿Y lo de la nieve? —dije—. ¿Y lo de que se querían?
—Eso no lo puedo tocar.
—¿Por qué?
—Porque no tengo nada que lo contradiga. —Y me miró—. ¿Tú tienes algo?
Y aquí es donde tengo que contar exactamente lo que hice, porque es lo que me ha costado dormir después.
Tenía dos cartas en el cajón de los pedidos, debajo de las facturas, en una carpeta de gomas.
Dije que no.
Dije que no con la cara quieta, mirándolo, y él se lo creyó porque no tenía ningún motivo para no creérmelo.
—Entonces con lo que hay, mi propuesta es esa.
—¿Y qué te pasa a ti si la haces?
Se rio un poco.
—Que me cuesta unos nueve mil euros de reimpresión que no están presupuestados y que tengo que explicárselo a Merche.
—¿Y si no la haces?
—Si no la hago, no me pasa nada. Cobro igual. —Removió el café—. Te lo estoy proponiendo yo, Candela. No me lo ha pedido nadie.
Nos trajeron la cuenta y no llegó a la mesa, porque Fernando Lisón venía cruzando la terraza con el abrigo en el brazo y le hizo un gesto a la camarera antes de llegar.
—Eso está invitado.
—Fernando, no hace falta.
—Que sí, mujer. —Se quedó de pie, con la mano en el respaldo de la silla vacía, en esa postura que tiene la gente cuando no se sienta pero tampoco se va—. ¿Cómo va la temporada?
—Bien.
—He oído lo de las devoluciones.
—Cuatro.
—Cuatro son cuatro. —Sonrió con mucha educación—. Yo lo del patrocinio lo renuevo todos los años en marzo, ¿lo sabías? Cada año hay que volver a firmarlo. Es un poco engorroso, pero así todo el mundo sabe dónde está.
—No lo sabía.
—Pues ya lo sabes. Un abrazo a Rocío, que su madre estuvo trabajando en el hotel.
Y se fue.
Bajé al pueblo con la calefacción del coche puesta y llegué al obrador a las tres menos cuarto sin haberle contestado a Diego, y esa es la parte que me interesa.
No le dije que sí y no le dije que no. Le dije que me lo pensaba.
Y me lo pensé, y estuve dos días pensándolo, y lo que estaba pensando en realidad no era si su propuesta era buena.
Era que si yo aceptaba, en septiembre desaparecía lo del molde y lo del horno, que es lo único de esta historia que me perjudica a mí como profesional, y se quedaba en pie todo lo demás, que es lo que me da de comer.
Eso se llama de alguna manera y no me apetece escribirla.