El corazón de Cañadulce Capítulo 14
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Capítulo 14

Cogí una caja de tortas de aceite, una de pastas de té y media docena de bizcochitos, los repartí en tres bolsas y me fui a ver a tres viejos.

En Cañadulce eso no se llama investigar. Se llama tener detalle. Se lleva algo, se pregunta por los hijos, se está media hora y se sale. Lo he hecho toda la vida con mi abuela y lo he hecho sola desde que ella murió.

La diferencia es que aquella tarde iba a otra cosa, y ellos no lo sabían, y yo sí.

Angustias Terrón , ochenta y ocho años, calle Nueva, viuda desde el noventa y siete, con la televisión puesta a un volumen que en su casa es normal y en la mía sería una agresión.

Me hizo sentarme. Me preguntó por el obrador y por la deuda, porque aquí todo el mundo sabe lo de la reforma. Le pregunté por la romería, y de la romería me contó tres cosas, y luego le pregunté por 1959.

—Yo tenía veintiún años.

—¿Y usted se acuerda?

—De la nieve me acuerdo. De la nieve se acuerda todo el mundo.

Y luego, sin que yo tuviera que sacarlo, dijo lo que llevaba yo dos semanas esperando que dijera alguien.

—Aquello fue un lío feo, hija. Porque la muchacha estaba prometida.

Bajé el mando de la tele sin darme cuenta.

—¿Prometida con Ginés?

—Que no, mujer. Prometida de casarse. De boda. —Se le puso la cara de estar oyendo una tontería—. Con un hombre.

—¿Qué hombre?

—Uno mayor.

—¿Mayor cuánto?

—Mayor. De la edad de mi padre o por ahí.

—¿Y cómo se llamaba?

Angustias se quedó con la boca un poco abierta y los ojos en la pantalla, buscando.

—Ay. Ahora mismo no te lo digo.

—¿Del pueblo?

—Del pueblo, del pueblo. —Y luego, en otro tono, más bajo—. Aquello no se hablaba.

—Angustias, ¿y usted eso cómo lo supo?

—Pues como se supo todo. —Me miró con una paciencia enorme—. Porque se leyeron en misa.

—¿El qué se leyó en misa?

—Las amonestaciones, hija. Las proclamas. Se leían tres domingos antes de una boda y las oía el pueblo entero. —Se recolocó en el sillón—. Yo estaba allí sentada. Se leyó la primera y ya no se leyó ninguna más.

—¿Por qué no?

—Porque no. —Me puso la mano en la rodilla—. Come una pasta, que están de las tuyas.

Dolores Quirós , ochenta y cuatro años, la casa de la esquina de la vereda, con un patio con seis macetas tapadas con plástico por el frío.

Dolores no habló de la muchacha. Dolores habló de su padre.

—Mi padre estaba en el Alcornocal. Se quedó allí encerrado con el temporal desde el domingo, con las cabras, y no bajó hasta el martes por la mañana.

—¿Y usted qué edad tenía?

—Diecisiete. Yo estaba aquí con mi madre.

—¿Y qué pasó cuando bajó?

—Que bajó, se enteró y dijo dónde había que mirar.

—Lo dijo con un orgullo intacto de sesenta y siete años—.

Porque llevaban dos días buscando por los caminos y por la carretera de Ronda, y mi padre dijo que un arriero con una mujer y mal tiempo no tira por el camino, que tira por la vereda y que para en la choza.

—¿Y él subió?

—Claro que subió. Subió el primero.

—¿Y le contó cómo los encontró?

Dolores se quedó pensando de verdad, no por educación.

—Dijo que estaban vivos. Que eso fue lo que dijo cuando entró por la puerta, que estaban vivos, y mi madre se echó a llorar. —Se encogió de hombros—. De lo demás no me acuerdo. Yo era una cría y aquello se contó mucho.

Aurelio Bornes , noventa y un años, el padre de Loli, en la casa de encima de la papelería, sentado en una butaca con una manta en las rodillas y una memoria que da miedo.

Aurelio tenía veinticuatro años en 1959 y estuvo en las dos batidas.

—Dos hubo. La del domingo y la del lunes. Y la del lunes fue por donde no era.

—¿Por dónde fueron?

—Hacia Ronda. Toda la tarde hacia Ronda, que ya te digo yo que allí no había nadie. —Se rio con un ruido de fuelle—. Cuarenta hombres andando en balde.

—¿Y usted subió a la choza el martes?

—Yo subí. Yo no entré. —Levantó un dedo—. Entraron dos. Yo me quedé fuera, con los demás.

—¿Y qué vio?

—Que los sacaron. Los sacaron andando, con las mantas por encima, y los bajaron al pueblo.

—¿Los dos juntos?

—Los dos, hombre, si estaban los dos.

—Digo si salieron juntos.

Aurelio me miró como se mira a alguien que pregunta rarezas.

—Salieron por la puerta. Uno detrás de otro, que la puerta de una choza es la puerta de una choza.

Estuvimos hablando media hora más y ya no le pregunté nada, porque Aurelio, cuando arranca, no necesita que le pregunten.

Me contó lo del cortijo, me contó lo que costaba un jornal en el cincuenta y nueve y me contó que a don Fernando le pagaron los hombres de la batida a peseta y media, cosa que él recordaba porque a él le tocó de las últimas.

Y entonces, sin ningún énfasis, colocando la manta, dijo:

—Y todo aquello venía de una deuda de la del Umbrío.

—¿De la qué?

—De la finca. El Umbrío. La que linda con el molino.

—¿Qué deuda?

—Yo qué sé, hija. Cosas de los mayores. Que los Otal debían y que aquello se arregló con la boda.

Y se puso a hablar de otra cosa.

Bajé la escalera de la papelería a las ocho menos cuarto con las tres bolsas vacías y el cuaderno en el bolso, y me paré en la plaza a escribir de pie, apoyada en el escaparate de mi propia tienda, porque no aguantaba hasta llegar a la cocina.

Escribí tres líneas y luego una palabra sola.

Angustias: había un prometido. Un hombre mayor, del pueblo. No dice el nombre. «Aquello no se hablaba.»

Dolores: su padre bajó del cortijo el martes y dijo dónde mirar. Entró. Dijo que estaban vivos.

Aurelio: dos batidas, la segunda por donde no era. Él se quedó fuera. Los sacaron andando. Don Fernando pagó a los hombres a peseta y media.

El Umbrío.

Y debajo, la cosa que me di cuenta al releerlo, ya en la cocina, con el abrigo todavía puesto.

Tres personas que estuvieron allí. Tres versiones que no encajan entre sí y que ninguna es mentira, porque cada uno estaba donde estaba: Angustias en el pueblo, Dolores en su casa esperando a su padre y Aurelio fuera de la choza con otros once hombres.

Y ninguno de los tres, en hora y media de conversación, me dijo la palabra abrazados.

Debajo de las tres columnas escribí dos líneas, que no son un plan porque yo no tengo planes, pero que son lo único de esa tarde que se puede ir a mirar a algún sitio.

Amonestaciones. Se leen en misa y se apuntan. Archivo de la parroquia.

El Umbrío. Es una finca. Las fincas están en el ayuntamiento.