Capítulo 13
El mirador de los Candados es una explanada de tierra con una barandilla de hierro, un banco, una papelera, un panel de la Junta de Andalucía con las especies del entorno y, en la esquina de la barandilla, dos mil o tres mil candados atados unos a otros formando un bulto que ya no se sostiene solo, sujeto con bridas por debajo.
La placa está en un pedestal de piedra a la altura del pecho.
Yo la he visto quinientas veces. La he visto de niña, con mi abuela al lado. La he visto los días de romería con gente delante haciéndose fotos. Nunca me había parado a mirarla.
Es de bronce y pone:
A REMEDIOS Y GINÉS QUE EN FEbrERO DE 1959 SUBIERON A ESTA SIERRA ANTES QUE RENUNCIAR EL UNO AL OTRO
CAÑADULCE NO SEPARA LO QUE SE QUIERE
Y debajo, separada, hay otra pieza:
LOS ENCONTRARON AbrAZADOS AL TERCER DÍA
Y esa mañana, con la luz baja de las ocho dándole de lado, se veía perfectamente que no es la misma pieza.
Yo no sé de bronces. Sé de latón, de hojalata y de acero de obrador, y sé lo que hace el tiempo con un metal que está a la intemperie, porque tengo una veleta en el tejado que le puso mi padre y una barandilla en el patio que va por su cuarta capa de minio.
La placa de arriba está oscura. Tiene esa pátina parda y desigual del bronce viejo, más negra en los surcos de las letras y más clara en las partes que toca la gente, y le corre un chorretón verde desde el tornillo de arriba a la izquierda hacia abajo, que le sale al bronce cuando lleva cuarenta años lloviéndole encima.
La franja de abajo es más clara. Es de un amarillo apagado, uniforme, sin chorretones y sin verde.
Tiene las letras igual de limpias en el fondo que en la superficie.
Y por la parte de arriba, donde se junta con la piedra, hay una línea de tierra acumulada de un dedo, de las que se hacen cuando pones una cosa delante de otra que ya llevaba tiempo ahí.
Y luego están los tornillos.
La placa grande está sujeta con cuatro pernos de cabeza cuadrada, oxidados hasta el color del ladrillo, con la piedra manchada de herrumbre alrededor.
La franja está sujeta con cuatro tornillos de estrella, de cabeza plana, de acero inoxidable, brillantes.
Los toqué con la uña. No pasa nada, no se mueven. Simplemente son de otra ferretería y de otro siglo.
Le hice cuatro fotos con el móvil: las dos piezas juntas, el canto donde se encuentran, un tornillo de arriba y un tornillo de abajo. Con la mano al lado, para la escala.
Y me senté en el banco, con el frío subiéndome por la espalda, a mirar el pueblo desde arriba.
El dato más famoso de esta historia. El que dice el guía en la parada tres con el silencio detrás. El que está en la web, en el folleto y en las camisetas. El único detalle que hace que la gente se emocione y saque cinco euros para un candado.
Ese dato está atornillado.
Lo que no sabía yo, sentada allí a las ocho y veinte, era cuándo se había atornillado. Podía ser del ochenta y cinco. Podía ser del año pasado.
Bajé por la vereda y al llegar a la primera curva me crucé con Diego, que subía corriendo con ropa de correr, que en este pueblo en enero no hace nadie y que aquí se comenta.
Se paró. Se le veía el vaho.
—Buenos días.
—¿Tienes un minuto?
Le enseñé las fotos en el móvil. Tardó cuatro segundos.
—Es un añadido.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque se ve. —Amplió la foto de los tornillos con dos dedos—. Y porque esto lo he visto en cien pueblos. Se pone la placa cuando se crea la fiesta y se le va añadiendo lo que va funcionando.
—¿Puedes saber de qué año es?
Se quedó callado un momento, y le vi hacer la cuenta que hacen los consultores, que es la cuenta de a qué me estoy comprometiendo.
—Tiene que estar en algún acta. Todo lo que se paga está en un acta. —Se echó el aliento en las manos—. Te lo miro.
—Gracias.
—Candela. —Ya había arrancado y se paró otra vez—. ¿Esto para qué es?
—Para nada.
—Ya.
Y siguió subiendo.
Llegué al obrador a las nueve menos cuarto. Rocío había abierto, había puesto la vitrina y había vendido ya dos cajas.
—¿Dónde estabas?
—Andando.
—Tú no andas.
Me puse el mandil y me metí en la cocina.