Capítulo 12
Terminé de emplatar las magdalenas a las veintidós y cuarenta, las tapé con film y las dejé en el arcón de la trastienda.
Fregué. Apagué el horno. Barrí.
A las once menos cinco me senté en el taburete del banco de trabajo, encendí solo el fluorescente de encima, saqué la carpeta del cajón y puse las dos cartas delante.
Antes de leer nada las miré, que es lo que hace uno cuando no se atreve.
Las dos con la misma letra. El sobre, de Sabadell, con matasellos de marzo de 1959 y con la dirección puesta a nombre de Srta. Aurora Berrocal Pinto, horno de la plaza, Cañadulce, Cádiz . La segunda no tenía sobre.
La primera es corta, tres cuartos de una cara.
Empieza contando cosas prácticas. Que ha llegado bien, que está en una fonda con otros dos de Ronda, que en la fábrica lo cogen a partir del día veinte y que no pasa frío.
Que Remedios llegó a Barcelona con su tía y que está bien, y que él no la ha vuelto a ver desde la estación, y que le escribió a la tía para saber y que la tía le contestó.
Y luego, en el último tercio, cambia.
No voy a copiar aquí lo que pone. Es de ellos. Diré lo que dice, que es distinto.
Le dice que sabe que no puede volver. Le dice que no se lo va a pedir a ella. Le pide, y esto lo pone con una educación que hace daño, que si algún día quiere escribirle, le escriba a esa dirección, y que si no quiere, que no lo haga y que él lo va a entender.
Y le dice una cosa que es la que rompe la leyenda entera de este pueblo, y que la rompe además sin querer, de pasada, como se dicen las cosas que las dos personas ya saben:
Que ella y él sabían lo que había entre ellos, y que Remedios no tenía nada que ver con eso.
Lo leí tres veces.
Ginés Ocaña Prieto, en marzo de 1959, desde una fonda de Sabadell, le escribió a mi abuela una carta de las que se escriben a la persona que se quiere.
Y de Remedios Otal habla como se habla de una conocida a la que has ayudado. Con respeto y sin nada más.
Me levanté, bebí agua del grifo y me volví a sentar.
Y aquí es donde tengo que pararme, porque sé perfectamente lo que está pasando por la cabeza de cualquiera que lea esto, que es lo mismo que pasó por la mía a las once y cuarto de aquella noche: la historia bonita. Los dos amantes de verdad. El amor imposible. Mi abuela esperando sesenta años.
Pues no.
Mi abuela vivió veintiún años con Serafín Lobato.
Desde el sesenta y nueve hasta que él se murió, en el noventa.
Yo lo conocí. Comí con él cuatrocientos domingos.
Era viudo, tenía las manos grandes y arreglaba relojes en una mesa camilla, y venía todos los días a las siete y media y se iban a andar por la carretera vieja, y en este pueblo no se casaron y nadie dijo nunca nada, ni a favor ni en contra, que es la manera que tiene Cañadulce de bendecir las cosas.
Yo no sé lo que sintió mi abuela en 1959 y no lo voy a saber nunca. Sé lo que dice una carta de un hombre que se acababa de ir. Una carta no es una vida.
Así que lo escribí en el cuaderno tal cual, para no engañarme luego:
La carta prueba lo que él sentía en marzo del 59. No prueba nada de después.
La segunda carta no tiene sobre y no tiene fecha completa. Arriba solo pone 18 , sin mes, con la misma letra pero peor, más apretada y con dos tachones.
Es más corta y es de otra clase.
Ahí ya no hay fonda ni fábrica. Ahí hay un hombre contándole a alguien las condiciones que le pusieron.
Dice que no puede volver a Cañadulce. Que si vuelve, lo denuncian. Y usa una palabra que yo he tenido que buscar después y que aquella noche no entendí del todo: rapto.
Dice que se lo dijeron delante y que no fue el padre de ella quien lo dijo.
Y dice quién lo dijo.
Dice que fue Lisón el que puso el precio, y que el precio era ese: que en el pueblo se contara que Remedios y él se querían y que se habían ido juntos.
Leí ese párrafo cuatro o cinco veces con el dedo debajo del renglón, como una niña.
Lisón.
En Cañadulce, Lisón es el hotel de la sierra.
Es el patrocinador de la romería. Es el señor del abrigo que estaba sentado en la primera fila del salón de plenos el jueves 8 pagando el vino, y que se llama Fernando igual que su abuelo, y cuyo apellido salió proyectado en una pared debajo de una fotografía en blanco y negro.
Me quedé mirando el fluorescente hasta que me hizo daño.
Y me obligué a hacer lo que sé hacer, que es contar.
Lo que dicen estas dos cartas, y lo escribí en el cuaderno esa misma noche con dos columnas:
Que Ginés quería a mi abuela y que Remedios no fue su novia. Que a Ginés le impusieron irse y no volver bajo amenaza de denuncia. Que la versión que este pueblo cuenta, la de los dos jóvenes que huyeron por amor, la puso como condición un hombre que se apellidaba Lisón.
Y lo que no dicen, que es más largo:
No dicen por qué se fue Remedios. No dicen quién más estaba en esa conversación. No dicen dónde se habló ni cuándo. No dicen qué pintaba un Lisón en el asunto ni con qué derecho ponía precios. No dicen una palabra de la choza. No dicen nada de los tres días.
Y sobre todo: son dos cartas de una sola persona, contando lo que le pasó a él, escritas a alguien que no las enseñó a nadie en sesenta y cuatro años.
Eso, en cualquier sitio donde se tomen las cosas en serio, se llama testimonio de parte.
A las doce y veinte las volví a doblar como estaban, las envolví en la tela encerada y las metí en la carpeta del cajón, debajo de las facturas, encima de mi copia de la adhesión.
Y me quedé pensando en una cosa que no venía a cuento y que no me pude quitar.
En la placa del mirador pone que los encontraron abrazados.