Capítulo 11
A las cuatro y media, con la persiana echada, cogí el molde para volver a subirlo.
Y no lo subí, porque me dio pena guardarlo sucio.
Eso es todo. No hubo corazonada, ni presentimiento, ni nada de lo que la gente espera que le cuente cuando le cuento esto.
Hubo una mujer de treinta y ocho años a la que le dio reparo meter en una caja de zapatos una cosa de su abuela con óxido en las juntas.
Lo llevé al fregadero, saqué el estropajo de acero fino y el aceite de vaselina, y me puse a limpiarlo como se limpia la hojalata vieja, que es con paciencia y sin agua.
Empecé por dentro, hueco por hueco. Dieciocho. Después le di la vuelta y empecé por el borde.
El borde de un molde de hojalata de esa época es un borde enrollado.
Se le da la vuelta a la chapa sobre sí misma, a veces con un alambre dentro para que no se deforme, y queda un canto redondo y liso que no corta.
Se hacían así en todas las hojalaterías de España hasta que dejaron de hacerse.
Yo tengo cuatro moldes de mi abuela con ese borde y los he limpiado todos.
En el lado largo, el de la abolladura, había una línea.
La noté antes de verla. Pasé el pulgar por el canto y donde tenía que haber liso había un resalte, una crestita de nada, de las que se sienten y no se ven.
Me puse las gafas de leer de mi abuela y me lo llevé debajo de la luz del banco.
Era estaño.
Una línea de estaño de unos doce centímetros, corrida a mano, con esa superficie tirando a gris mate y con dos gotas más gruesas en los extremos, donde el que suelda levanta el hierro y deja el bulto. Estaba oscurecida por el tiempo, pero era estaño y era de otro color que la chapa.
Y ahí sí que me quedé quieta.
Un molde de hojalata con borde enrollado no lleva soldadura en el borde. No la necesita. El borde enrollado es precisamente lo que evita tener que soldar nada. Si en un molde así hay estaño en el canto es porque alguien abrió el canto y luego lo volvió a cerrar.
Cogí una linterna y miré el resto del perímetro. Los otros tres lados, limpios. Solo ese.
Lo dejé encima del mármol y me fui a la trastienda a por el soplete de la crema catalana y un destornillador plano de los pequeños.
Aquí conviene decir que no soy hojalatera.
Lo que sé de esto lo sé porque cuando tienes un obrador se te rompen cosas y no siempre viene el técnico.
Sé que el estaño funde por debajo de los trescientos grados y que la hojalata aguanta bastante más, y sé que si le das calor a una soldadura vieja se ablanda antes de que le pase nada a la chapa.
Le di calor con el soplete a media llama, moviéndolo, sin pararme en un punto. Tardó menos de un minuto. Cuando la línea se puso brillante metí la punta del destornillador en la gota del extremo y el canto cedió, no de golpe, se abrió como se abre un dobladillo.
Dentro no había alambre. Dentro había un hueco de dedo y medio de ancho, hecho a propósito, con la chapa retirada hacia dentro para dejar sitio.
Y dentro del hueco había un paquete plano envuelto en tela encerada, atado con hilo de bramante.
Lo saqué con unas pinzas de emplatar. Estaba tibio del soplete y olía a cera y a cerrado.
Lo dejé encima del mármol y me lavé las manos, que las tenía de vaselina y de estaño, y me las sequé bien, y solo entonces lo desaté.
Dentro había dos cartas.
Dos hojas dobladas en cuatro, papel de barba fino, escritas por las dos caras con tinta azul y con letra de hombre de aquella época, que es una letra que se parece a la de todos los hombres de aquella época. En una esquina, una mancha marrón redonda que podía ser de café o de cualquier otra cosa.
Y en el reverso de la primera, doblado con ella, un sobre pequeño con matasellos de Sabadell.
No las leí.
Voy a explicar por qué, porque me lo he preguntado muchas veces después y creo que la respuesta es de las tres cosas a la vez.
La primera es que a las cinco menos cuarto sonó el teléfono del obrador y era Charo para decirme que el acta de la comisión ya estaba y que pasara a firmarla cuando pudiera. Estuve seis minutos al teléfono.
La segunda es que llamó a la puerta el repartidor de la manteca, que viene los lunes, y hay que abrirle, y hay que contar las cajas, y hay que firmarle el albarán y darle conversación porque lleva viniendo once años.
Y la tercera es que después me acordé de que tenía cuarenta magdalenas para el entierro de la señora de los Terrón, que era al día siguiente a las once, y que las magdalenas hay que hacerlas la víspera.
Metí las cartas en la carpeta del cajón de los pedidos, debajo de las facturas, que es donde meto las cosas que voy a mirar cuando tenga tiempo.
Y me puse a hacer magdalenas.
Estuve hasta las diez y media. Cuarenta magdalenas, cuatro bandejas, dos hornadas.
En algún momento, alrededor de las ocho, me di cuenta de que estaba haciendo las cosas más despacio de lo normal y de que llevaba media hora sin poner la radio.
No era el trabajo. Era que me daba miedo.