El corazón de Cañadulce Capítulo 10
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Capítulo 10

—Media hora —dijo Yaiza.

Fueron cuatro horas.

—El molde original no se usa.

—Ya, para la foto.

—Es que no se usa, Yaiza. Está retirado.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que yo naciera.

Diego levantó la vista de la vitrina.

—Es que el folleto dice que se usa el mismo.

Y ahí estábamos los tres, a las once y cuarto de un lunes, mirándonos.

—El folleto dice muchas cosas.

—El folleto lo hicisteis vosotros —dije yo, y no lo dije con maldad, pero salió con filo.

—El folleto es de 2015 y yo llegué en septiembre —dijo Diego, que en eso tenía razón.

Rocío, que estaba boleando desde las ocho, no levantó la cabeza. Rocío tiene una manera de no levantar la cabeza que es una opinión completa.

Subí al altillo.

El altillo del obrador está encima del almacén, se llega por una escalera de mano y allí hay lo que hay en todos los altillos de todos los negocios familiares de España: una batidora de los ochenta, cajas de azulejos de la reforma, un cartel de chapa de Nestlé, y las cosas que no se tiran porque eran de alguien.

El molde estaba envuelto en un trapo de cocina, dentro de una caja de zapatos, encima de la balda del fondo. Lo bajé con una mano y la escalera con la otra, que es como se baja todo de todos los altillos.

Lo desenvolví encima del mármol y se hizo un silencio de esos que hacen los objetos.

Es de hojalata. Una plancha rectangular con dieciocho huecos, de los de fondo hondo, sin dibujo, sin molduras, sin nada.

Está oscura, tirando a gris de peltre, con una abolladura en la esquina de abajo a la izquierda que le dio alguien hace cincuenta años, y con una capa de óxido fino en las juntas que huele a sótano.

Y los huecos no tienen forma de corazón. Son redondos.

—¿Y esto? —dijo Yaiza.

—Esto es el molde.

—Pero si es redondo.

—Es que la forma se le da a mano. El corazón se hace en la mesa y el molde solo lo sostiene mientras hornea.

Diego se acercó, lo tocó con dos dedos y se los miró.

—¿Se puede meter producto ahí?

—No.

—Solo para la foto.

—Diego, eso lleva cincuenta años en un altillo. Tiene óxido, tiene una soldadura vieja en el borde y no tiene ningún tipo de recubrimiento. Yo tengo una licencia sanitaria colgada en esa pared y la titular soy yo.

—Es una foto.

—Es una foto de un producto alimentario dentro de una chapa oxidada.

Y esto es lo raro de aquella mañana: los dos teníamos razón, los dos éramos razonables, y estuvimos hora y media discutiendo como si no lo fuéramos.

Probamos a fotografiar el molde vacío, y quedaba lúgubre, porque un molde vacío y viejo parece lo que es, una cosa de un muerto.

Probamos con papel de horno dentro y los corazones encima, y Yaiza dijo que el papel se veía y que el papel arruinaba la idea.

Probamos poniendo el molde detrás y el producto delante, y entonces se veía que el molde era redondo y el dulce tenía forma de corazón, que era exactamente lo que no queríamos que se viera.

A la una y media apareció Charo, que se enteró porque estaban los focos encendidos y desde la plaza se veía el escaparate iluminado como un quirófano.

Miró el molde. Miró la mesa. Miró la lista de tomas de Yaiza.

—El problema no es la foto —dijo.

—Gracias —dije yo.

—El problema es que llevamos diez años diciendo en el folleto que es el mismo molde.

Nadie contestó.

—Y también decimos que es el mismo horno —añadí.

Se volvieron los tres.

—El horno de mi abuela era de leña y estaba donde está ahora el arcón. Este lo puso ella en la reforma del ochenta y ocho, y es un Salva de gas.

Silencio.

—Eso no lo digas fuera —dijo Charo.

Y aquí es donde hay que ser justa, porque a Charo Vega la he acusado de muchas cosas y no de la que no es. No dijo «eso no es verdad». Dijo «eso no lo digas fuera», que es otra cosa y que es la que ella cree que le toca.

Merche lo resolvió por teléfono, en cuarenta segundos, mientras Yaiza sostenía el móvil en alto en medio de la cocina.

—¿Cuánto cuesta reimprimir el folleto?

—Nueve mil doscientos, con el reparto —dijo Yaiza.

—Entonces el folleto se queda como está y el molde no sale en la campaña. Fotografiad las manos.

Y eso hicieron. Hora y media más de fotografiar mis manos y las de Rocío formando corazones sobre el mármol, con las uñas cortas, la harina y los focos.

Salieron muy bien. Son las fotos que están ahora en la web del ayuntamiento y en las cajas nuevas, y a mí me sigue pareciendo mentira que en una campaña sobre la autenticidad de un pueblo lo único auténtico que se pudo enseñar fueran ocho dedos.

Se fueron a las tres menos veinte. Cerré, barrí y me senté a comer un plato de lentejas de pie, apoyada en el mármol.

El molde se quedó donde lo habían dejado, en la punta de la mesa de trabajo, encima del trapo, con la abolladura mirando hacia arriba.

Era la primera vez en cincuenta y dos años que estaba fuera del altillo.