Capítulo 8
En la bolsa iba media docena de tortas de aceite, que es lo que se le lleva a un hombre de setenta y nueve años que ha dicho que no le gustan los dulces, y ese detalle lo pensé mientras las metía, y me di cuenta de que estaba montando una operación.
Manolo vive en la calle de Arriba, en una casa con dos ventanas y un zócalo de azulejo verde que le puso su padre. Llamé y tardó en abrir lo que tarda un hombre que está en la cocina con la tele puesta.
Abrió media hoja.
—Hola, hija.
—Manolo. Que le traigo esto.
Miró la bolsa.
—¿Y eso por qué?
Ahí ya me había ganado, porque en Cañadulce nadie te trae nada sin motivo y él lo sabía y yo sabía que él lo sabía.
—Por lo del otro día.
—¿Lo del otro día?
—Lo del salón de plenos.
—Ah. —Se pasó la mano por la cabeza—. Menudo bochorno.
—No fue ningún bochorno.
—Un hombre de mi edad llorando delante del pueblo. —Cogió la bolsa y me la agradeció con la cabeza—. Se lo he dicho a mi hija, que no me deje ir a esas cosas.
No me invitó a pasar. Se quedó en el quicio, con la puerta a media hoja y el frío entrándole en la casa, que es la manera educada de decir que esto va a durar poco.
Desde donde yo estaba se veía el pasillo. Y en el pasillo, enmarcada, una foto grande en color, de las de revelado de los ochenta, con la plaza llena de gente y cuatro autobuses aparcados en fila junto al olmo.
—Usted dijo una cosa.
—Yo dije muchas tonterías.
—Dijo que la niña de la leyenda no quería a ese hombre.
Manolo miró la calle. La calle de Arriba a las cinco de la tarde en enero no tiene nada que mirar.
—Es que a mí el azúcar me pone flojo.
—Se acordó de la romería del ochenta y cuatro con una precisión que yo no tengo del año pasado. Dijo cuatro autobuses. Dijo el banco del olmo.
—Es que vinieron cuatro.
—Ya lo sé. Los tengo ahí colgados en el pasillo.
Y ahí es donde se le movió la cara. Un cuarto de segundo, nada, pero se le movió, porque no esperaba que yo estuviera mirando el pasillo mientras hablaba con él.
—Candela.
—Dijo que mi abuela estaba en la esquina de la mercería con el mandil puesto y que usted le llevó un corazón y que ella le dijo que no.
—Eso no lo dije.
—Lo dijo delante de treinta personas.
—Pues estaría confundido.
Y ahora venía la parte que yo había ensayado en la cocina mientras metía las tortas en la bolsa, y la solté tal cual, que es como se sueltan las cosas ensayadas.
—Manolo, en la ruta guiada llevan cuarenta años contando que mi abuela repartió corazones aquel día. Lo pone en el folleto. Lo dice el guía en la parada cuatro. Yo he oído contarlo cuatrocientas veces.
Se quedó callado.
—Y usted estuvo allí. Y se acordó de otra cosa.
La puerta se cerró dos dedos. No de golpe. Dos dedos, que en la puerta de un hombre educado es todo un discurso.
—Tu abuela era muy suya.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que era muy suya. —Empezó a cerrar—. Dale las gracias a Rocío por las tortas.
—Las he hecho yo.
—Pues gracias.
Y entonces, con la puerta ya casi cerrada y sin mirarme, dijo la única cosa de aquella tarde que se me quedó dentro:
—Niña, tú no te metas en eso, que tú vives de eso.
Y cerró.
Me quedé en la calle de Arriba con las manos vacías, a dos grados, y tardé como un minuto en darme cuenta de lo que acababa de pasar.
Un hombre que no tiene nada que contar te dice que no se acuerda. Un hombre que no tiene nada que contar no te dice que no te metas.
Y no dijo «en eso» por decir. Dijo «que tú vives de eso», que quiere decir que hay un eso, y que ese eso y mi obrador son la misma cosa.
Bajé a la plaza por la calle del Horno. Estaba la ruta de las cinco terminando en la parada cuatro, doce personas con anorak alrededor de la guía, y la guía diciendo lo de misma receta, mismo molde, misma casa, con la voz de decirlo por cuarta vez ese día. Pasé por detrás sin pararme.
Abrí el obrador con mi llave, no encendí la luz de la tienda, subí al piso, cené de pie una tortilla del mediodía y a las diez y media bajé a la cocina, encendí solo la luz del banco de trabajo y saqué el cuaderno de mi abuela de la balda.
Ese cuaderno lo he abierto mil veces. Lo abro para consultar una proporción, para mirar cuánto tiempo daba ella al primer reposo, para acordarme de qué hacía con las yemas que sobran. Lo abro como se abre una herramienta.
Aquella noche lo abrí como se abre un cajón que no es tuyo.
Y empecé por el principio.