Capítulo 9
Es un cuaderno de tapas negras de hule, de los de cuentas, con el lomo reforzado con esparadrapo dos veces, en dos épocas distintas, porque una tira está amarilla y la otra está gris.
Dentro hay de todo. Recetas, sí, pero también apuntes de proveedor, precios tachados, un teléfono de Ronda, la cuenta de una obra, dos recortes pegados con celo y las medidas de un mostrador. Los cuadernos de obrador son así. No son libros de cocina, son la memoria de un negocio.
Las recetas de mi abuela están escritas de una manera que no viene en ningún sitio y que yo aprendí de ella a los diez años.
Primero la cantidad total, arriba, subrayada.
Luego los ingredientes en columna con el peso a la derecha.
Y luego, abajo, en letra más pequeña, dos o tres cosas: el tiempo, la temperatura y una nota práctica.
Nunca escribe pasos. Los pasos se saben.
Está en el tercio primero del cuaderno, mano derecha, con el papel más oscuro por el borde. Y es una página normal.
Arriba, subrayado: Para 3 días.
Debajo, en columna:
Harina, 1 kg. Manteca, 400 g. Azúcar, 500 g. Miel, 200 g. Almendra molida, 300 g. Huevo, 4. Canela, sal.
Y abajo, en letra pequeña: Horno flojo. Que se seque bien. Que aguante.
Y en el margen inferior derecho, tres iniciales: A. B. P.
Estuve un rato largo mirándola sin hacer nada, porque no la entendía. Y no la entendía porque la estaba leyendo con los ojos de la ruta guiada y no con los míos.
Así que hice lo que tenía que haber hecho desde el principio, que fue coger la calculadora del cajón y ponerme a trabajar.
Dos kilos cuatrocientos de masa en total, contando el huevo. Con esa proporción y ese horneado, la merma es de un quince por ciento largo, así que salen unos dos kilos escasos de producto terminado. Si haces piezas de ciento diez gramos, dieciocho piezas. Si las haces más grandes, catorce o quince.
Ahora la grasa. Cuatrocientos gramos de manteca en un kilo de harina es una barbaridad. Yo, para el corazón de hoy, pongo doscientos veinte. El doble de grasa no lo pones para que esté más rico. Lo pones para que no se ponga duro.
Y el azúcar. Quinientos gramos más doscientos de miel es un cuarenta por ciento largo sobre harina. Otra barbaridad. Y la miel no es por sabor: la miel retiene agua y no cristaliza. Lo que hace esa proporción es que la pieza no se seque nunca del todo y que no se enmohezca.
Y la almendra molida, trescientos gramos, que es lo que convierte un dulce en comida.
Levanté la cabeza y me quedé mirando la pared del obrador, que está alicatada de blanco hasta el metro y medio.
Eso no es un dulce.
Eso es una ración.
Es lo que hace una mujer cuando tiene que dar de comer a alguien que va a estar fuera y no va a tener manera de calentar nada.
Grasa para las calorías, azúcar y miel para que aguante sin ponerse duro ni criar moho, almendra para que llene, horno flojo y mucho tiempo para que pierda agua, que es lo que se pudre.
Que se seque bien. Que aguante. No es una nota poética. Es una instrucción de conservación.
Y arriba, subrayado, la cantidad total no está en gramos ni en piezas. Está en días.
Para 3 días.
Dieciocho piezas de ciento diez gramos, para tres días. Seis al día. Tres por persona y día, si son dos personas.
Me levanté, di dos vueltas por la cocina y me senté otra vez.
Y aquí viene la parte que me puso de mal humor, y quiero explicarla bien porque es importante.
No había descubierto nada.
Lo que dice esa página lo dice el folleto turístico del ayuntamiento, edición de 2015, que está en un expositor a doce metros de donde yo estaba sentada. Lo dice literalmente: sin más equipaje que una manta y el dulce que una vecina les había horneado la noche anterior.
Provisiones para el camino. Eso es lo que cuenta la ruta. Eso es lo que llevo oyendo toda la vida. Y yo acababa de tardar hora y media y una calculadora en confirmarlo.
Me quedé con esa sensación tonta de haber hecho un trabajo para nada, y estuve a punto de cerrar el cuaderno.
Y entonces me di cuenta de dos cosas, una detrás de otra, y las dos me quitaron el sueño.
La primera es que el folleto lo dice bien.
En cuarenta años de contar esa historia, en cuatro paradas de ruta, en una placa, en una web y en una caja rosa, hay un detalle que está contado con una exactitud de manual: que aquello era comida de viaje. Y no está contado de refilón. Está contado con la frase justa.
Y yo llevo veinte años detrás de un mostrador y sé cómo funciona esto. Cuando un cliente te da una explicación larguísima y perfecta de por qué no ha pagado el mes pasado, lo que te está tapando no es el mes pasado.
Un pueblo que cuenta con esa precisión un detalle pequeño está tapando uno grande.
La segunda cosa fue más sencilla y más fea.
En esa página no hay una sola palabra romántica.
Ni una. No pone para quién es. No pone un nombre.
Y eso, en ese cuaderno, es rarísimo, porque yo acababa de pasar hora y media leyendo páginas que decían tarta Manolita , el encargo de los del molino , bautizo de la niña de Paca . Mi abuela escribía siempre para quién.
En la página que fundó una leyenda de amor no hay ningún nombre y no hay ningún destinatario.
Solo unas iniciales al pie, que son las suyas.
A las dos de la mañana hice una cosa que no había planeado. Encendí el horno, lo puse flojo, a ciento cincuenta, y pesé.
Un kilo de harina, cuatrocientos de manteca, quinientos de azúcar, doscientos de miel, trescientos de almendra, cuatro huevos, canela y sal. Tal cual. Sin tocar nada.
Amasé, formé dieciocho piezas de ciento diez y las metí.
Estuvieron cincuenta minutos y las saqué a las tres y cuarto de la mañana y las dejé enfriar en la rejilla.
No eran corazones.
Eran densas, tirando a pardas, con la superficie mate y un poco agrietada, y pesaban en la mano como pesa una piedra pequeña.
Partí una y por dentro estaba prieta, sin miga de verdad, casi como un turrón de los duros.
Le di un mordisco y estaba buena, y llenaba, y a las tres cucharadas ya no querías más.
Y no tenían forma de corazón.
Porque la página no dice la forma. No dice el molde. No dice nada de un molde.
Me senté en el taburete a las tres y media de la mañana con dieciocho piedras dulces enfriándose delante y con el cuaderno abierto por una página que confirmaba punto por punto lo que dice el ayuntamiento, y con la sensación exacta de estar mirando la única cosa verdadera de una habitación llena de mentiras.
Me comí media pieza. A mí no me hacen nada, claro.
Y me acordé de Manolo en el quicio de su puerta diciéndome que no me metiera en eso, que yo vivo de eso.