El corazón de Cañadulce Capítulo 7
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Capítulo 7

A las seis y cinco estábamos ocho: Charo presidiendo, Merche, Yaiza con el ordenador, Diego, dos de la Comisión, la chica de la oficina de turismo y yo.

Y estábamos de buen humor, que es lo que hace falta entender de esa reunión. Esa mañana había salido la campaña.

El vídeo de Loli llevaba desde las nueve rodando y a las seis de la tarde tenía once mil reproducciones, que para Cañadulce es una cifra que no tiene con qué compararse.

Yaiza lo puso en el proyector nada más entrar, sin que se lo pidieran, y lo vimos otra vez los ocho.

El carné, el Renault, Barbate, el bocadillo mirando el agua.

—Once mil doscientas —dijo.

—Qué bonito —dijo la chica de turismo, que ya lo había visto seis veces.

—Y setenta y cuatro reservas nuevas para la romería —dijo Merche.

Y a continuación, con la misma alegría, Charo abrió el punto único del orden del día:

—Protocolo de devolución del corazón de Cañadulce.

Hubo un silencio corto y después empezó una de las dos horas más raras de mi vida.

Empezó bien. Diego, que es el que sabe de esto, dijo que había que separar dos cosas: un producto alimentario tiene garantías legales normales, y sobre eso no hay nada que discutir. Si un dulce sale malo, se devuelve.

—Perfecto —dijo Charo—. Fallo de fabricación. Se devuelve.

—El problema —dijo Diego— es que las reclamaciones no son por fallo de fabricación.

—¿Y por qué son?

—Por lo otro.

Y ahí es donde la reunión se cayó por el agujero.

Porque nadie en aquella sala quería decir en voz alta lo otro. En Cañadulce el prodigio no se dice. Se sabe, se vende y se cobra, pero se dice como se dice la humedad. Y de repente ocho personas tenían que escribir en un papel oficial qué pasa cuando no ocurre.

—Pon fallo del producto —dijo uno de la Comisión.

—No —dijo Merche.

—¿Por qué no?

Merche se quitó los guantes despacio, que hace siempre antes de decir algo que ha pensado.

—Porque si el ayuntamiento escribe fallo del producto, el ayuntamiento está diciendo que el producto promete algo.

Y si promete algo y no lo cumple, esto deja de ser un dulce y pasa a ser publicidad engañosa.

—Dejó los guantes encima de la mesa—. Y el que responde de la publicidad de este ayuntamiento soy yo.

Diego asintió como asienten los consultores cuando alguien les hace el trabajo.

—Además está el guion.

—¿Qué guion?

Yaiza lo buscó en el ordenador y lo leyó en voz alta, la parada cuatro entera, hasta la acotación: No prometer resultados.

—Llevamos diez años diciéndoles a los guías que no prometan nada.

—Y en la caja pone «un dulce, un recuerdo» —dije yo.

Se volvieron los ocho.

—En el reverso de la caja rosa. Lo pone desde 2016. «Un dulce, un recuerdo. Una sola vez.» Y las cajas las diseñó el ayuntamiento, no yo.

Charo apuntó algo. Merche no dijo nada durante unos segundos.

—Bien —dijo Charo—. Entonces no es fallo del producto. ¿Qué es?

Y a partir de ahí, durante hora y cuarto, ocho personas adultas intentaron redactar en castellano una definición de qué es que no te pase nada.

Salieron cinco categorías. Las apunté porque no me lo iba a creer al día siguiente.

Una: el que come y no recuerda nada.

Dos: el que ya había comido uno antes en su vida, aunque fuera en 1994, y viene a reclamar. Ese no tiene derecho y todo el mundo estuvo de acuerdo, y Diego preguntó cómo se comprueba, y nadie contestó.

Tres: el que dice que no ha recordado nada pero sí ha recordado algo y no lo quiere contar.

Cuatro: el que ha recordado algo y no le ha gustado.

Y cinco, que la trajo la chica de turismo y que fue el momento en que la reunión se convirtió en otra cosa:

—¿Y el que se acuerda de algo verdadero pero que no le viene bien?

—¿Cómo que no le viene bien?

—Pues eso. Que viene con su marido y se acuerda de otro.

Silencio de radiador.

—Eso no ha pasado nunca —dijo Charo.

—Eso ha pasado siempre —dijo Encarna, que no estaba en la reunión pero que había subido a por unas llaves y se había quedado de pie en la puerta con el abrigo puesto.

Nadie la echó.

—Y esa gente no reclama —siguió Encarna, desde la puerta—. Esa gente se va callada y no vuelve. La que reclama es la que no se acuerda de nada, que esa se siente tonta.

Y se fue con las llaves.

Estuvimos cuarenta minutos más. Se propuso poner «incidencia» en vez de «fallo», y se aprobó. Se propuso que el formulario no mencionara la palabra recuerdo, y se aprobó. Se propuso que lo entregara el obrador y no el ayuntamiento, y ahí levanté la mano.

—¿Por qué yo?

—Porque el producto lo haces tú —dijo Charo.

—El relato lo hacéis vosotros.

—El producto lo haces tú —repitió, sin subir la voz, y tenía razón otra vez, y me estoy cansando de que Charo tenga razón.

A las ocho menos veinte se aprobó por unanimidad un texto de once líneas que no dice absolutamente nada y que es, tengo que reconocerlo, una obra maestra.

Se llama Hoja de incidencia de producto artesanal.

Pregunta el nombre, el DNI, la fecha y la hora de la compra, el punto de venta, si es la primera vez que consume el producto y una casilla libre que pone Descripción de la incidencia .

En ningún sitio aparece la palabra recuerdo, ni la palabra prodigio, ni ninguna promesa.

Y termina con una línea que redactó Diego y que es la mejor frase que se ha escrito nunca en esta comarca:

El establecimiento devolverá el importe del producto. La experiencia asociada no forma parte de la garantía.

Se levantó la sesión a las ocho menos cuarto y todo el mundo se fue contento, porque el vídeo de Loli iba ya por trece mil.

Yo me quedé recogiendo mi copia y Charo me alcanzó en la escalera con una hoja más.

—Y esto.

—¿Qué es?

—El registro. Si el ayuntamiento tiene que responder de las incidencias, el ayuntamiento tiene que saber de qué producto habla. —Me la puso en la mano—. Fecha de elaboración, número de bandeja, persona responsable de la elaboración y destino. De cada hornada.

La miré.

Eran cuatro columnas.

Eran exactamente las cuatro columnas que yo había trazado con una regla en el cuaderno de encargos el martes por la mañana, sin que nadie me lo mandara.

—¿Desde cuándo?

—Desde ya. Y hacia atrás lo que puedas reconstruir.

Bajé las escaleras con las dos hojas y salí a la plaza, que estaba a dos grados, y no supe si lo que sentía era fastidio por el papeleo o alivio, que es una mezcla que no me había pasado nunca.