Capítulo 6
—Buenos días. Mire, esto.
Dejó la caja encima del mármol. Quedaban cuatro. Los dos que faltaban estaban comidos y él tenía miga en la solapa, así que no había venido de camino.
—¿Qué pasa con eso?
—Que no funciona.
Detrás de él, en la mesa del fondo, la Junta del Almíbar dejó de hablar de golpe. Eso es lo que tiene una mesa del fondo, que no hace falta que se vuelva nadie para saber que se ha vuelto todo el mundo.
—A ver, cuénteme.
Se llamaba Ismael, venía de Sevilla con su mujer, habían salido a las ocho de la mañana por la web del ayuntamiento y habían pagado cuarenta y dos euros entre la gasolina, la ruta guiada, dos candados y la caja de seis.
Los datos me los dio él, todos, con esa precisión que le sale a la gente cuando ha decidido que la han estafado.
—Mi mujer se comió el suyo en el mirador y se puso a llorar. Que se acordó de cuando nació el niño.
—Bien.
—Bien no. Yo me comí el mío al lado de ella y no me pasó nada. Y me comí otro por si acaso, en el coche, y tampoco.
—El segundo nunca hace nada.
—Ya me lo ha dicho la señora de los candados. —Se puso las manos en las caderas—. Lo que digo yo es el primero.
Y ahí tenía razón, y las dos lo sabíamos.
Le pregunté cuándo lo había comprado y me dijo que esa misma mañana, a las nueve y media, cuando abrimos. Le pregunté de qué bandeja y se me quedó mirando como se mira a alguien que pregunta una tontería.
Salí, miré la vitrina y lo supe sin mirar el cuaderno. A las nueve y media yo había puesto las dos bandejas del sábado, que se habían quedado sin vender por el frío, y a las diez menos cuarto Rocío había sacado las suyas del viernes. La caja de Ismael era de las mías.
—Le devuelvo el dinero de la caja.
—Es que yo he pagado cuarenta y dos euros.
—Le devuelvo los diecinueve de la caja. Lo demás no lo he cobrado yo.
Se lo devolví en efectivo, de la caja registradora, y se fue diciendo que ya escribiría dónde había que escribir.
Y escribió. A las siete de la tarde ya estaba en la página de la ruta, con dos estrellas y una frase que Yaiza me leyó por teléfono: Bonito pueblo.
El dulce mágico solo es mágico para la mitad.
Esa fue la cuarta.
Aquí conviene explicar cómo se cuenta esto, porque no se cuenta como cuenta un banco.
En Cañadulce el corazón no se vende y ya está.
La gente vuelve. Vuelve al día siguiente, o a la semana, y te lo cuenta en el mostrador, y a veces te lo cuenta llorando y a veces te lo cuenta de pasada mientras compra pan.
Mi abuela lo apuntaba todo en la contratapa del cuaderno desde 1961: la fecha, quién había horneado, para quién había sido la pieza, si había funcionado y una línea con lo que la persona había dicho. Sesenta y dos años de eso.
Yo lo he seguido haciendo porque me lo enseñó ella y porque no se me ha ocurrido dejar de hacerlo, igual que no se me ocurre dejar de barrer.
Así que de las primeras veinte que se sabían de esta temporada, las que la gente ha vuelto a contar o ha vuelto a reclamar, cuatro no habían funcionado.
Cuatro de veinte es mucho. En el ochenta y siete, que fue el peor año del que hay apunte, hubo tres en toda la temporada.
—Es la humedad —dijo Encarna desde la mesa del fondo.
—No es la humedad.
—Ha llovido cuatro días.
—Encarna, esto lleva lloviendo desde mil novecientos sesenta y uno.
—Pues será la harina.
Y esa sí era una posibilidad. Esa mañana me puse a trabajar como se trabaja cuando algo sale mal, que es hacia atrás.
Cambiamos de proveedor de harina en noviembre, así que saqué los albaranes y comprobé los lotes.
Comprobé la manteca, que es de la misma marca desde que yo estoy aquí, y las fechas de las dos partidas abiertas.
Metí el termómetro de sonda en el horno con la puerta cerrada y lo dejé cuarenta minutos, y el horno estaba donde tenía que estar, doscientos diez, con una desviación de tres grados que ese horno tiene desde 1988 y con la que llevo trabajando toda la vida.
Pesé una pieza de la vitrina. Ciento doce gramos. La que hacía mi abuela pesaba ciento diez, y ese error de dos gramos es mío, no del horno.
Rocío me miraba desde la mesa de trabajo sin decir nada, con las manos en la masa.
—¿Qué buscas?
—No sé.
—Pues eso es lo peor que puedes buscar.
Tiene veintinueve años y lleva conmigo desde 2021 y a esa hora todavía no habla, o eso creía yo hasta que empezó a hablar.
A la una, cuando bajó la gente, hice una cosa que ahora me parece que fue el principio de todo y que aquel día me pareció una manía.
Cogí el cuaderno de encargos, tracé cuatro columnas con la regla y puse en la primera fila: Fecha de hornada. Bandeja. Quién. Resultado.
Es lo que hace cualquiera que tiene un problema de producción y no sabe dónde está. Si no sabes qué variable falla, apuntas todas y esperas. Mi padre lo hacía con el motor de la furgoneta y yo lo hago con lo que sea.
Anoté las cuatro devoluciones. En la columna de quién puse mi nombre en las cuatro, porque las cuatro salieron de bandejas mías, y no le di ninguna importancia, porque yo hago aproximadamente la mitad de las bandejas y en cuatro casos la mitad y la totalidad se parecen mucho.
Charo llegó a las dos menos cuarto con la carpeta, que es como llega siempre, y ya venía sabiendo lo de Ismael porque en este pueblo todo el mundo sabe todo antes de la comida.
—Cuatro reclamaciones.
—Cuatro.
—¿Y qué protocolo tenéis?
—No hay protocolo. Le devuelvo el dinero de la caja y ya está.
Charo abrió la carpeta y se quedó mirando una hoja en blanco, que en ella es un gesto de amenaza.
—Eso no puede ser.
—Charo, es un bollo. Se devuelve como un bollo.
—No es un bollo, Candela. Es un producto sobre el que este ayuntamiento ha pedido una marca y para el que la Junta de Andalucía ha dado cuarenta y cinco mil euros. —Cerró la carpeta—. Y una señora acaba de escribir en internet que funciona la mitad de las veces.
—La mitad no. Cuatro de veinte.
—Eso, dicho en un pueblo, es la mitad.
Se fue a llamar a Merche desde la calle, porque dentro no hay cobertura, y yo me quedé mirando el cuaderno con las cuatro columnas y las cuatro rayas.
El jueves había comisión extraordinaria.